Hay vidas que hacen carne una época, una lucha, una forma de rebeldía. La de Tita Merello es una de ellas: mujer pobre, curtida al calor de la calle, trabajadora, que se abrió paso en un mundo reinado por hombres para transformarse en una estrella que brilla en lo más alto de la cultura argentina. Irrumpió primero en el teatro; luego se abrió camino en el tango haciendo suyas canciones como “Se dice de mí”, y escribiendo clásicos como “Arrabalera”; siguió como estrella de cine y participó en ¡treinta y cuatro películas!, entre ellas ¡Tango!, el primer largometraje sonoro de la Argentina. Con todos estos éxitos a cuestas, nunca abandonó su identidad proletaria y la irreverencia de haberse formado en la calle, en la mitológica avenida Corrientes.
“Soy una mujer débil, miedosa, melancólica como buena libriana, llena de miedos, y para pasar en la vida, para pelearla a la vida, tenés que demostrarle a la vida que sos guapa. Porque la vida con los flojos no pelea. Pelea con los bravos la vida.” En esta frase de Tita en una entrevista con Antonio Carrizo de 1984 para el programa Los grandes está la cifra de su vida (la entrevista puede verse entera en YouTube y vale la pena tomarse el rato). Tal vez sea una obviedad, pero las personas no nacen guapas ni irreverentes, sino que forjan su guapura con valentía. Cada vida es un universo, son muchos los recorridos que definen a un artista; basta con leer biografías o ver series que repasan sus vidas. El mito de origen de Tita es la calle. En la entrevista con Carrizo lo dice bien claro: “¿Yo imposté la voz? No. ¿Yo aprendí canto? No. ¿Yo fui a estudiar arte dramático? No. El arte dramático está en la calle Corrientes, cuando caminás toda una noche sin tener dónde ir a dormir. Ahí se aprende el drama. Ahí se aprenden las pausas, el tono. En la oración, en la desesperanza se aprende”.
Su infancia marca a fuego esta realidad: nació en San Telmo en 1904, hija de Santiago Merello, chofer que falleció por tuberculosis, y de Ana Gianelli, uruguaya, que trabajaba como planchadora. Con apenas cinco años tuvo que ir a un orfanato porque su madre no podía cuidarla y a los doce volvió al conventillo de origen. Las calles porteñas fueron su amparo desde chica, hasta que se encontró con un escenario hecho a su medida: el teatro Bataclán, donde se exhibía un “género alegre”, como versaba el cartel de la entrada, sobre la calle 25 de Mayo. Tita se refería a ese espacio como “el viejo cabaret”.
En 1925 estrenó ¡Leguisamo solo!, de Modesto Papavero, obra en la que se presentaba una escena de mujeres jóvenes vestidas de jockeys montadas sobre caballos de cartón. El periodista Edmundo Guibourg definió en el diario Crítica al grupo de chicas que hacían del Bataclán un espacio único: “Nuestras girls porteñas, improvisadas bailarinas que quemaron todas las etapas de la profesión. Ellas, ‘las caras bonitas’, los cuerpos gráciles, las pobres bataclanas de catorce horas de gimnasia diaria y ciento cincuenta pesos mensuales de sueldo, sin contrato y sin defensa societaria, ellas han sido los verdaderos puntales de todas las revistas porteñas”.
ARRABALERA CON VOZ DE BANDONEÓN
En el seno de ese grupo de mujeres trabajadoras y vanguardistas, se destacó Tita. En su libro Damas y milongueras del tango, Estela Dos Santos subraya una frase que muestra la singularidad de Merello: “¿Sabe en qué consiste mi insolencia? En mi fealdad. Esa verdad tantas veces contemplada con impavidez me da la pauta de mi propio valor. A lo que he llegado fue por mí misma”.
El Bataclán fue testigo de sus primeros tangos, cuando el género todavía estaba alejado de los salones burgueses, y se imponían a fuerza de la picaresca, el ritmo ligero y los fraseos populares. El primero que cantó, en 1923, fue “Tango amargo”. A partir de entonces grabó temas marcados por el humor y la crítica social, como “Sos una fiera” o “¡Qué careta!”. Cantados por ella, estos tangos cobraban otra investidura, como si recién en su voz encontraran el cauce preciso. El caso emblemático será, por supuesto, “Se dice de mí”. La música de esta milonga fue compuesta en 1943 por el director de orquesta uruguayo Francisco Canaro, con letra del poeta argentino Ivo Pelay. La primera grabación estuvo a cargo de Carlos Roldán en ese mismo año, pero el éxito y la trascendencia llegó gracias a la voz y la interpretación de Tita, en 1954. Merello no la cantaba, hacía carne la letra, como si hubiese sido escrita solo para ella.
Su consagración llegó con el peronismo. Si bien la postura de Merello sobre el gobierno de Juan Domingo Perón fue ambivalente, el contexto de reconocimiento y emergencia de lo popular, el protagonismo del pueblo trabajador desde 1946, fue la caja de resonancia perfecta para su impronta. Podría pensarse incluso como una figura análoga a la de Evita: la líder espiritual del peronismo fue en la política lo que Tita Merello fue en la cultura nacional, con su irreverencia, su actitud avasallante y, sobre todo, al postular un modelo de mujer totalmente distinto al que se acostumbraba a mediados del siglo XX.
Fue en esos años cuando aparecieron sus mayores éxitos cinematográficos. La avenida Corrientes que tanto había caminado ahora colmaba las pantallas de cine con sus películas: La historia del tango (1949); Morir en su ley (1949); Filomena Marturano (1950); Arrabalera (1950); Los isleros (1951); Vivir un instante (1951); Pasó en mi barrio (1951); Deshonra (1952); Mercado de Abasto (1955) o Para vestir santos (1955). Esas películas combinaban dos factores centrales: el éxito comercial y la popularidad, a lo que se sumaba una presencia de mujeres en los elencos sin precedentes en el cine argentino.
La obra de Tita Merello es enorme; su legado, infinito. En los últimos años se ha destacado su feminismo implícito, su figura como mujer luchadora en un mundo machista. Ese feminismo siempre fue, en suma, popular. Tal vez sea “Arrabalera”, un tango escrito por ella, el que mejor condensa su espíritu, y también la mejor forma de cerrar este texto: “Arrabalera / Como flor de enredadera / Que creció en el callejón / Yo soy propia hermana entera / De chiclana y compadrón / Si me gano el morfi diario / Qué me importa el diccionario / Ni el hablar con distinción / Llevo un sello de nobleza / Soy porteña de una pieza / Tengo voz de bandoneón”.

