Sentada en un estudio de televisión con lentes de sol, un blazer negro y camisa blanca, el pelo canoso. No pierde la intempestad, ya no se pierde en ella tampoco. Emerge un terremoto que alguna vez pudo poner pausa. El terremoto habla: “He vivido toda la vida añorando ternura, porque es el mejor de los sentimientos: comprende amor, pasión. La ternura, Carrizo. Me tratan bien y consiguen de mí lo que quieren”.
Tita nunca se casó, nunca tuvo hijos. Lo que sí tuvo, fueron muchos romances. “…Tita era lo que se consideraba una mujer liberada, capaz de decir a los cuatro vientos y sin titubear cuánto le gustaba un hombre”, escribió en su biografía Néstor Romano. Hay un mito que dice, incluso, que Tita entró a un restaurante, se acercó a la mesa de un grupo de varones y dijo: “De los que están acá, no me faltó nadie”.
Pero hubo uno, de todos esos romances, que tuvo más profundidad que el resto. Luis Sandrini era actor, y conoció a Tita Merello en la grabación de ¡Tango!, en el año 33. Él estaba casado, ella ya había sido alguna vez amante de alguien, pero aparentemente, no pasó nada entre ellos hasta años después. Fue en 1942 cuando recién la pareja empezó a mostrarse en público, pero parece que llevó muchos años formalizar el vínculo; se habían ido a vivir juntos –quien habría presionado ahí habría sido la Merello– y en el mundillo del espectáculo se rumoreaba que eran el uno para el otro. Había un solo problema: a Sandrini lo perdían las mujeres, así lo justificaban los amigos. Tita se enteraba reiteradas veces de las infidelidades del actor, aunque también se dice que ella hacía de las suyas. Nunca se casaron: “Nunca me ofrecieron casamiento. No soy mujer de estar casada. Eso me lo señaló la vida desde muy niña. Tuve que mirar a la vida de frente, soportando hambre y frío. Cuando se pasan esas necesidades, cuando no se puede soportar más, cuando ni trabajar de doméstica se puede porque no te quieren ni para eso, hay que llegar a cualquier cosa. Porque necesidades lógicas como abrigarse y comer deberían ser satisfechas a todos los seres humanos. Pero no sucede así. Eso da origen a que crezcan injusticias”.
En 1946 Merello y Sandrini estuvieron viviendo unos meses en México; a él le habían ofrecido filmar tres películas, y ella decidió acompañarlo. Se dice que Luis se sentía un poco opacado por la estelaridad y el éxito de Tita, ella ya era conocida. Acompañarlo le significó relegar unos meses su popularidad en la Argentina, y a su regreso, el ego de Sandrini se había equilibrado luego de la favorable experiencia mexicana.
Tita, por entonces, era la Actriz de la Nación, de modo que a su regreso la esperaban distintos proyectos de los cuales elegir. Llegó 1948 y a ella le llegó el ofrecimiento que la llevaría un escalón más arriba. Le ofrecieron hacer Filomena Marturano, una obra de teatro del italiano Eduardo de Filippo, que saldría a escena durante el verano. Le gustó el proyecto y aceptó. En simultáneo, a Sandrini le ofrecieron filmar una película en España, Olé Torero.
–Nos vamos a España.
–No puedo, Luis, me ofrecieron hacer Filomena Marturano.
–¿Qué es eso? ¿Quién conoce esa obra? Y en verano no te irá a ver nadie. Nos vamos a España. Si no venís conmigo, lo nuestro se termina.
Y lo de ellos se terminó. Tita se consagró con Filomena Marturano, y a ese éxito que además de teatral fue cinematográfico le siguieron otros. Sandrini continuó con su vida, al tiempo se casó con la actriz Malvina Pastorino y tuvo dos hijas. En el documental Soy del Pueblo: Tita Merello, la actriz Virginia Innocenti arriesga una lectura: “Yo creo que él no quería a esa mujer, él quería lo que esa mujer era, pero lo quería para sí. Y yo creo que ella se dio cuenta de eso. Eso no significa que no quedó absolutamente rota porque creo que lo amaba y me parece que además era una gran pasión, hizo cosas que no se explican”.
EL PERONISMO Y DESPUÉS…
En 1955 se estrena la película Mercado de Abasto, protagonizada por Tita Merello y Pepe Arias. En el film canta la famosa versión de “Se dice de mí”. Su manera de vivir la vida, quizás, comienza a entremezclarse con el arte; en algunos casos la llaman para protagonizar papeles que de algún modo se relacionan con lo que le ocurre a ella fuera de cámara. Si charlo con Luis, con Pedro o con Juan, hablando de mí los hombres están…
Doce años después, Tita seguía llorando el dolor a través de sus canciones. “Llamarada pasional” fue grabado en 1960, con la orquesta típica de Héctor Stamponi. “La voz de un hombre me persigue en el recuerdo… / En el recuerdo tormentoso del ayer, / Era una voz que suplicaba a mi conciencia: / ¡Que fuera buena!… ¡Que lo quisiera bien!… / Son mis sentidos que te gritan que regreses / Es mi tormenta la que aflora con tu voz, / Es llamarada el quererte y no tenerte / Saber que late, para ti, mi corazón. / ¡Llamarada!… Es oír desde las sombras / Esa voz que a mí me nombra, Que la busco y que no está. / ¡Llamarada!… Es sentir sobre mi boca / Todo el fuego de tu boca, Que me quema y que se va… / ¡Llamarada!… Es oírlo que me nombra… Y es correr tras una sombra, ¡Imposible de alcanzar!”
“Necesitaba hacerlo, gracias por ayudarme a llorar con música”, le dijo la Merello a Stamponi. Esa relación fue un parteaguas para la vida de Tita, que si bien tuvo romances y pasiones posteriores, nada pudo compararse con lo que sintió por Sandrini.
Malvina y Tita se cruzaron en el living de Susana, en 1992, doce años después de la muerte de Sandrini. El encuentro fue muy ameno: “Nunca nos hemos presentado, nunca hemos hablado. Sin embargo yo guardo un gran respeto por doña Tita Merello”. “Ni doña ni nada, venimos a que esto sea un símbolo –continúa Tita mientras le agarra la mano–. Hay mucha gente, Malvina querida, que está enclaustrada, que está sola, no hay que encaracolarse en la propia soledad de uno”. Le agarra la cara, la mira fijo a los ojos –sabe manejar las pausas dramáticas– le recuerda que es joven, le da un libro con hojas de laurel y le dice que no se encierre en su soledad.
Su amigo Eduardo Diosito cuenta que así como te decía “te quiero”, te echaba. Pasaba del enojo a la risa. Tenía un carácter fuerte, era ácida. El último tiempo de su vida abrazó con fervor una fe religiosa, René Favaloro le dio una habitación en su Fundación, en la que murió en la Navidad del 2002. Nunca pudo entender el suicidio del médico, en 1996. Allí no solo encontraba tranquilidad en cuanto a su salud, que ya estaba frágil. Sino que también encontró cariño y apoyo emocional.

