“Amamos a Tita”, dice una chica después de contarle a una amiga que ya consiguió el tapado para ser la Merello de Amorina en una fiesta con temática argentina. La rima no es ociosa ni casual. Tita Merello es música y signo, insignia de mujer fuerte, de feminismo eterno con la prepotencia ardorosa para cruzar las décadas con la palabra en la boca y convertirla en un atributo del presente.
Tita Merello nació en 1904 y murió en 2002. Cada generación que creció mirándola guarda su propio recuerdo: un peinado, una escena de Los isleros, la palabra carancha, la palabra rea, un consejo de salud, un dolor de amor, una sangre, un perro que se llamaba Corbata, una estrofa.
Son pocas las actrices argentinas que consiguieron ese trofeo inmortal que borra modas y edades, glamorosas en la pantalla no pudieron mantener su nombre en la memoria ajena. Tita pudo. Qué pena Mecha, Delia, Zully… ¿Llegará el día de una fiesta para ustedes?
Tita Merello es el estilo que una chica quiere imitar en una fiesta patria, es su aire compadrón y lo que se dice de las mujeres, es un cover en un mensaje por teléfono y también uno sobre el escenario.
Cuando un cinéfilo vio a Ángela Molina sufrir en un personaje almodovariano, dijo que agrietada hasta tener un aire a Tita Merello era siempre irrevocablemente bella como lo era Jeanne Moreau en Querelle. Arrojándolas a lo sublime sin rozarlo, las dos actrices eran Tita y su circunstancia de víctima, de mera mortal, con su pelo de rabia, su mirada extraída y su boca única.
Tita eterna, Tita amplificada. ¿Cómo pasó? ¿Fue por el tango que supo actuar y cantar cuando la que cantaba y componía era Azucena Maizani? ¿Y Rosita Quiroga? ¿Y Mercedes Simone? Y Ada Falcón?
LAS RAZONES DE TITA
¿Cómo se convirtió la corista de trece años que debutó en una zarzuela primero en una vedette de El Bataclán y después en Tita Merello, la voz del verso que se recuerda? ¿Fue por esa noche en l Maipo cuando cantó “Trago amargo” y “Pedime lo que querés”? ¿Cómo pasó? Tita no era la única, muchas mujeres fueron sus pares, sus compañeras y compartieron esas luces “¡y cantaban mucho mejor!”, dicen los que no se resignan y recuerdan la primera versión de “La morocha” cantado por Flora Rodríguez de Gobbi y grabada en París. Por qué Tita, la mujer que cantaba tangos sin haber aprendido a cantar ni a actuar, la que decía que el arte dramático estaba en la calle Corrientes y que se aprendía de noche cuando se la caminaba sin tener a dónde ir a dormir. ¿Por qué ella? ¿Importa esa pregunta o alcanza con recordar que vivía llena de miedos y que fue en esa desesperanza donde aprendió el zigzag de la cadera, las pausas, el tempo y el tono?
En los años 20 del mil novecientos, la farándula era “un trabajo forzado” con varias funciones diarias, el percal, la seda y la panza vacía. Mientras se bailaba el tango y nacían las cancionistas de pelo y polleras cortas todas querían cantar. Todas, las actrices también (Eva Franco cantó “Pobre milonga” en abril de 1923). Detrás de Manolita Poli, María Esther Podestá, Pepita Cantero y tantas otras, llegaron Rosita Quiroga, un mito que abandonó los escenarios –igual que Ada Falcón, quien en 1942 eligió irse a vivir en un convento en Salsipuedes, Córdoba– y que grabó cientos de discos; Azucena Maizani, la ñata gaucha, que cantaba en teatros y también en el balcón que Juan de Dios Filiberto tenía en su casa de La Boca; Mercedes Simone, la dama del tango, y Libertad Lamarque.
Relampagueaba el cine sonoro y se vivía un furor por esas jovencitas cantoras que les disputaban a los varones el fraseo arrabalero. Una lista incompleta que no olvida a la directora de orquesta rosarina Ebe Bedrune ni a la bandoneonista de Villa Crespo, Paquita Bernardo, nombra a Amanda Ledesma, Dorita Davis, Sabina Olmos, Maruja Pacheco Huergo, Nelly Omar, “la Gardel con polleras”, y claro, cómo no hacerlo, también nombra a Tita Merello. A Tita, la que estrenó en 1926 “¿Qué vachaché?”, de Discépolo, a la Tita de Noches de Buenos Aires, a la intérprete audaz de rancheras y tangos, a la “voz humorista” de “Qué careta” y “Che, bacana”, a la que deschavaba al que vendía la piel del oso antes de haberlo cazado, a la actriz de Filomena Marturano (Luis Mottura, 1950) y a la mujer triste tristísima de Amorina (Hugo del Carril, 1961), esa mujer que una chica de veinte años reinventa con tapado prestado en una fiesta temática. Una recreación y una dicha porque los relatos y las voces que cuentan leyendas tienen, como las anécdotas, el don de regalar a los hechos la dulzura y la certeza que los hechos se olvidan de reservar.
¿Por qué Tita? Cuando no tenemos respuestas, podemos seguir enunciando preguntas. Algún camino imponen antes de que la ruta se llene de olvido.

