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El más increíble de los goles

Durante una vida entera, Cesáreo Juan Onzari pateó corchos, chapitas, hojas secas porque faltaba la lluvia, ramas caídas porque abundaban tormentas, medias reunidas con forma redonda, aires que no eran aires y sí esferas en su imaginación de crack, botellas debajo de la luna y pelotas verdaderísimas en las canchas verdaderísimas dentro de las que cualquier pibe hubiera querido jugar. Sin embargo, solo una de sus patadas, desde un rincón que podría haber sido anónimo pero se volvió famoso, cambió el mundo. Eso: el mundo. Eso: una patada desde un rincón que cambió al mundo. El 2 de octubre de 1924, en una Buenos Aires que apenas comenzaba a palpitar la primavera, igual de certero que las matemáticas y tan histórico como las revoluciones, ejecutó el más perfecto de los córners que cabe en los archivos y convirtió lo que de aquí a la eternidad será el primer gol olímpico. “Olímpico” es una palabra que no viajaba nunca hacia los tímpanos del chico Onzari, alumbrado en 1903, en casi todas las edades que precedieron a ese gol. Movimiento de arraigo en la antigua Grecia y reconstituido hacia finales del siglo XIX al compás de las redefiniciones del modo de ser varón que había estimulado la Revolución Industrial, el olimpismo reconoce su hito bautismal en 1894 cuando un puñado de señores, varios enraizados en las monarquías de Europa, parió al Comité Olímpico Internacional (COI). La argentinidad volcó su granito de arena para ese suceso a través del aporte, a la distancia, más simbólico que real, del pedagogo entrerriano José Benjamín Zubiaur. Aun así, el barón Pierre de Coubertin, padre a ritmo incesante del COI y conocido de Zubiaur desde su primer intercambio en un foro para propagar la actividad física enmarcado en la Exposición Internacional de París de 1899, no aceleró la incorporación activa de competidores de otros costados del planisferio. Y, además, hacia 1910, selló un corto mano corto fierro con la Argentina porque el sucesor de Zubiaur, Manuel Quintana –claro, el hijo del presidente de la Nación entre 1904 y 1906–, respaldó la nominación como Juegos Olímpicos del Centenario a las actividades deportivas por el primer siglo de la patria y se apropió de un adjetivo bendito que no le pertenecía. Conclusión: salvo algunos deportistas sueltos, el país de Onzari anduvo lejos de los Juegos Olímpicos hasta 1924 a pesar de que núcleos de la oligarquía se esmeraban por reparar ese abismo y hasta conseguían que el Poder Legislativo autorizara dineros para ir hacia donde no era posible ir.

Por lo tanto, flaco e inspirado, wing izquierdo mejor que los defensores que procuraban frenarlo, Onzari moldeó sus velocidades y sus gambetas en Sportivo Boedo, en el club Mitre y en el Huracán que lo tornó prócer mientras, en los bares circundantes, las gentes hablaban sobre la urbanidad creciente, los hijos que vinieron o vendrían, lo que habían dicho en la radio o algún tango flamante que sonaba especialmente bien. De marchar hacia los Juegos Olímpicos no parloteaba nadie y de lo que había ocurrido allí, cada cuatro años desde 1896, tampoco. Recién el 31 de diciembre de 1923, luego de gestiones largas de ablandamiento de Coubertin, fue instituido el Comité Olímpico Argentino (COA). El jefe de Estado era el radical Marcelo Torcuato de Alvear, acaso el más sportsman de todos sus colegas presidentes. Hasta algún diario usó el vocablo “sportsman” –“distinguido sportsman”– cuando, en las notas sociales, se anunció su boda de 1907 con la cantante de ópera Regina Pacini. Fue piloto de las carreras inaugurales de autos, socio del Jockey Club –en cuya gestación había estado su papá, Torcuato de Alvear–, esgrimista, golfista, nadador en la Playa Grande marplatense y, antes de sentarse en la Casa de Gobierno, embajador argentino en Francia, instancia en la que quizás entibió las broncas de Coubertin hasta primero obtener un sí del francés y después suscribir el decreto fundacional del olimpismo argentino. El mandatario inicial del COA fue Ricardo Aldao, el dirigente más emblemático que tuvo Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, tanto que lo presidió durante cuatro decenios –y eso que ejerció como legislador y fungió como ministro– y residió sus últimos años como inquilino en uno de los inmuebles del club.

DEBUT OLÍMPICO

Argentina, entonces, debutó orgánicamente en los Juegos Olímpicos en la cita de París de 1924. Con el saldo de una medalla dorada en polo, dos plateadas en boxeo –Héctor Méndez y Horacio Copello–, otra plateada en atletismo –el saltador triple Luis Brunetto– y dos más de bronce en boxeo –Alfredo Porzio y el actor Pedro Quartucci–, mandó 93 hombres pero ninguno transpiraba como futbolista. Por una razón política: desde 1919, el poder institucional del fútbol permanecía fragmentado en dos organizaciones, que eran la Asociación Argentina de Football y la Asociación Amateurs de Football. El historiador Carlos Aira puntualiza: “Aldao estaba cansado de las luchas intestinas del fútbol y le puso plazo a la participación olímpica: si en marzo no existía unidad, no habría equipo en París”. Justo Aldao, que en 1912 había obrado como motor para una escisión anterior. Alvear y el ministro de Educación y Justicia, Antonio Sagarna, insistieron infructuosamente. Unidad no hubo y, en consecuencia, lo que hubo fue ausencia. Uruguay, contraparte nítida, concurrió y se quedó con el título de ese torneo olímpico al arrasar a Suiza por 3 a 0 en un 9 de junio rutilante y en el estadio Colombes (“Por los barrios / más remotos / de Colombes / y Amsterdam” enuncia, sin casualidades, la canción “Los olímpicos” del uruguayo Jaime Roos). Un Mundial, como verifican los revisionistas de esta era, dado que a ese torneo lo monitoreaba la FIFA y para que empezaran los mundiales todavía restaban seis calendarios. Si las cosas en el Río de la Plata hubieran funcionado al revés, muy probablemente Onzari habría sido olímpico en 1924. Y quién sabe si campeón.

Pero las memorias del planeta igual le concedieron un sitio cumbre.

La edificación de ese sitio requirió que Uruguay fuera campeón olímpico, que trajera esa condición de campeón olímpico a la Argentina luego de exhibirla en su tierra con un empate 1 a 1 también con Argentina) y que el partido en el que luciría esa condición cambiara de fecha. Lo rescató, muy a su manera, Ricardo Lorenzo, Borocotó, el más mítico de los cronistas de El Gráfico: “El partido debió jugarse un 28 de septiembre, pero fue tal la afluencia de público que penetró a la cancha limitándola. Por ese episodio se suspendió el juego a los pocos minutos y se disputó el lance cuatro días después, colocándose entonces un alambrado en torno al field. Por eso al alambrado que ahora circunda los campos de juego se lo llama ‘olímpico’. Ya ven cuántas cosas, además de la importancia del partido y el resultado favorable para los nuestros, determinaron que nunca se olvidara ese es tadio de Sportivo Barracas”. O sea que el codiciado adjetivo “olímpico” expandiría sus acepciones, desde esa tarde, al clásico alambrado que distancia a públicos de futbolistas. Onzari, desde luego, rebelde a las lógicas y al ancho de los adjetivos, le añadiría un significado más.

QUISO EL DESTINO

Nacido en 1913 al calor del intenso fervor asociativo que llenó a la Argentina de clubes en el amanecer del siglo XX, Sportivo Barracas sacudió las modorras de la existencia porteña con el estadio al que le abrió las puertas en 1919. Allí se disputaron dos campeonatos sudamericanos, montones de desafíos clave y un cruce entre el combinado argentino y el Genoa italiano en el que el saque del medio lo efectuó el presidente Alvear con una eficacia tan insospechada que sus connacionales desestimaron formalidades y prosiguieron la jugada hasta marcar un gol que escandalizó a los rivales. Era un escenario grande, pero imposible para albergar los 50 mil cuerpos que, mediante ventas y reventas de entrada, pretendieron acomodarse en las gradas aquel domingo en el que debieron enfrentarse argentinos y uruguayos. La invasión al césped fue imparable, los futbolistas huyeron como pudieron y la fiesta se esfumó con sustos, detenidos y heridos.

Todo eso quedó plasmado en las crónicas de la época –“Elementos revoltosos”, abrevió el Buenos Aires Herald como causa– porque podría haber sido un desastre y porque el fútbol avanzaba hacia su instalación como foco central de la industria de la comunicación. Si El Gráfico había aparecido en 1919 con tópicos diversos, viró a la exclusividad del deporte en 1925, pero para 1924 ya esparcía mucho fútbol, mucho deporte y ubicaba jugadores en su tapa (el primero fue Américo Tesoriere, invariablemente arquerazo de Boca, estandarte en la Selección en el partido del gol de córner de Onzari). Si el diario Crítica iba por todos los segmentos de consumo, había robustecido su área deportiva, en particular la futbolera, con un espacio engrosado y presentando firmas como las del escritor Pablo Rojas Paz –El Negro de la Tribuna, en sus artículos de fútbol– y Hugo Marini, quien sería el enviado especial del medio a la gira europea que en 1925 realizó Boca y de la que, como invitado, tomó parte Onzari. No obstante, si algo dio constancia directa de los hechos graves que impidieron aquel Argentina-Uruguay, fue la garganta de Horacio Martínez Seeber. Radioaficionado y audaz, procuró informar fútbol. Tuvo paciencia: cuatro tardes más adelante se le dio. Tal cual: el jueves caluroso en el que el fútbol albergó su primer gol de córner también posibilitó la primera transmisión de un partido. Martínez Seeber emplazó un puesto tribunero, distribuyó tres micrófonos, con uno ofició de relator casi sin mencionar a los jugadores, le ofrendó otro a su comentarista Atilio Casime y dejó un tercero para atrapar el ambiente. Enrique Telémaco Susini, uno de los nada locos de la azotea que en 1920 había conducido la transmisión que abrió la historia de la radio en el planeta, andaba por allí. Dentro del campo, los artistas intentaban tirar paredes; en los márgenes, a través de la radio, más o menos lo mismo hacían el fútbol y la cultura de masas.

UN ASOMBRO COLECTIVO

A los quince minutos de la primera mitad del promovidísimo choque rioplatense, la tierra tiritó. Decenas de miles de hinchas se quitaron sus sombreros y se aflojaron las corbatas, algún distraído miró para abajo o para arriba porque un córner no era más que un córner, los carteles publicitarios de la cerveza Quilmes y de los cigarrillos 43 flamearon, el arco más próximo a la calle Río Cuarto descubrió que el fútbol suele empecinarse en fabular algo nuevo, el plantel uruguayo entendió y no entendió esa extrañeza, Onzari movió el pie como cuando era ese niñito que pateaba corchos o chapitas esperanzado en que hubiera un porvenir en el que los estadios lo aplaudieran. Un instante apenitas en el imparable devenir del tiempo. Un instante entre infinitos instantes con casi seguro destino a la nada o al olvido. Y, de golpe, porque sí, porque el córner, porque Onzari, otro desenlace: la eternidad. La pelota entró.

Un asombro personal es una fugacidad sobre saliente. Pero un asombro colectivo acaricia el cielo de lo extraordinario. Pasó eso.

Onzari afirmó durante su existencia completa que no hubo azar y, perplejo ante las resonancias, transcurrió sorprendido esa existencia. “Salió por que tenía que salir. No hubo otra cosa. Nunca más pude hacer otro gol igual”, resumió sin pomposidades. Se trata de una tesis simple y provista de razón: de haber impulsado el balón con esa parábola pocos meses antes, nada hubiera valido. El gol de córner fue legalizado por la todavía joven FIFA –surgida en 1904– el 14 de junio de 1924. Individuo informado, el árbitro uruguayo Ricardo Vallarino lo legitimó de inmediato aquel 2 de octubre, desairando las protestas de quien fuera. Incluso las de los muchachos olímpicos que se quejaban de una presunta infracción. “El autor oficial fue Onzari. El autor intelectual fue (el delantero Manuel) Seoane, que lo sacó con un ‘caballito’ al arquero (Andrés) Mazzali de su lanzamiento hacia la pelota”, asumió, más adelante, el periodista Dante Panzeri. Pero Onzari pateó fenómeno.

Con todos los condimentos del caso, lo innegable es que ese gol de córner insólito y supremo fue migrando hasta abarcar miles de circunstancias. Tan impactante Onzari que, como detalla Ernesto Sabato en su novela Sobre héroes y tumbas, se erigió en figurita difícil para los pibes que aspiraban a llenar un álbum. Tan córner todo que, precisamente en 1924, la literatura argentina incorporó su primer y novedoso poemario futbolero, Penúltimo poema del fútbol, con la autoría del santiagueño Bernardo Canal Feijóo, quien incluye unos versos bajo el título “Córner”: “Los jugadores se reunieron a dar la bienvenida / Como de un lejano horizonte / se levanta la pelota del córner / abriendo su vuelo de serpentina”. Tan mágico gol, tan mágico Onzari, que, muchas temporadas después, en su novela El vendedor de pájaros, el escritor chileno Hernán Rivera Letelier anotaría así: “El año pasado nomás, un fanático del juego de pelota le había comprado un jilguero con el único propósito de bautizarlo como Olímpico, por el gol que semanas antes un futbolista argentino, un tal Cesáreo Onzari, había marcado en lanzamiento directo desde el banderín del córner, sin que la pelota tocara a ningún otro jugador. Era el primer gol de esa laya acaecido en la historia del fútbol”.

AUTOR DE LO INCREÍBLE

Destacado jugador, maestro de talentos y forjador junto con César Luis Menotti de la Selección que ganó el Mundial juvenil de 1979 con Diego Maradona como capitán, Ernesto Duchini puso sus huesos de 14 años aquella vez en Sportivo Barra cas. Se lo narró al periodista Tomás Sanz en la revista Mística: “La segunda vez llegué varias horas antes de que empezara el partido y estaba muy bien ubicado, justo detrás del arco donde Onzari hizo el gol. Como hasta ese momento no se cobraban los goles de córner, fue una sorpresa para todos. Pero, más allá de la anécdota, fue un gol importantísimo para el fútbol argentino porque permitió que la Selección le ganara al campeón olímpico y que se nos considerara, desde entonces, entre los mejores del mundo”. Todo exacto: vencer a Uruguay, que continuaría acumulando campeonatos, representaba muchísimo. Para dimensionar algo parecido, habría que aguardar a una victoria nítida en el Sudamericano de noviembre de 1929, que motivó un célebre relato de Roberto Arlt: “Ayer vi ganar a los argentinos”.

El día del gol olímpico Argentina se impuso por 2 a 1. Pedro Cea descontó para los uruguayos y Domingo Tarascone embocó el segundo. Aunque, en rigor, el duelo jamás se acabó. Adolfo Celli, figura de Newell’s, se fracturó en un choque con Cea y el brillante José Leandro Andrade golpeó mal al mismísimo Onzari. La hinchada se enojó, tiró botellas y piedras como si esos lanzamientos también fueran un deporte olímpico y el capitán oriental, José Nasazzi, envió al camarín a su tropa cuando el reloj se arrimaba al final. Las líneas de El Gráfico conjugaron la tristeza con la indignación: “Las escenas de combates de guerrilla entre los campeones olímpicos y el público, (el uruguayo Héctor) Scarone peleando contra oficiales de policía, no tienen precedentes en los partidos rioplatenses. ¿Cómo pudo suceder esto? ¿Cómo lograron ambos equipos y los hinchas generar esto?”. Una guerra con unas cuantas infamias. Bastante congruente si se recuerda que el puntapié inicial de aquella ocasión lo había transpirado, trajeado, el ministro argentino de Guerra, Agustín P. Justo, quien sería presidente con votos fraguados entre 1932 y 1938, lo cual evidencia su papel central en un período al que muchos libros de historia denominan Década Infame. Onzari se retiró en 1933, tres años antes de que un decreto de Justo viabilizara préstamos para que River y Boca construyeran los estadios que, entre otros, desplazarían al de Sportivo Barracas, demolido en 1942, como sede de los partidos internacionales.

Onzari no pudo gozar de transformarse en olímpico en 1928, cuando Argentina sí fletó una delegación de futbolistas a los Juegos de Amsterdam para escalar hasta una final en la que fue derrotado, vueltas del fútbol, por Uruguay. Hubiera sido lindo, pero no lo necesitaba. Su espacio en las respiraciones populares ya estaba cristalizado. Y se fortalecería, como una ilusión o como un milagro, en toda oportunidad en la que alguien emprendiera el ritual del córner en los cien años que seguirían. “Cada vez que un tiro de esquina sacude la red sin intermediarios, el público celebra el gol con una ovación, pero no se la cree”, sinceró, corazón de cancha, uruguayo y universal, Eduardo Galeano. Maestro Onzari: hizo lo increíble. El más olímpico de los goles siempre será el suyo.

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