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Caras y Caretas

           

El loco, el mago y el rockstar

El primer gol olímpico se lo hizo el seleccionado argentino al uruguayo, que venía de consagrarse en los Juegos Olímpicos unos meses antes. ¿Quiénes conformaban ese equipo soñado, que con pases de magia se había vuelto invencible? Aquí un repaso de su historia y sus principales figuras.

El largo remate combado que se filtró en el arco de Andrés Mazali aquella tarde de 1924 en Barracas fue para la historia y contra la historia también, porque si el gol olímpico estaba siendo creado por Cesáreo Onzari, la vuelta olímpica ya había sido inventada por el equipo al que se lo estaba marcando.

Fue el 30 de junio de ese mismo año. Uruguay terminaba de golear 3-0 a Suiza en la final de los Juegos Olímpicos de París y, conmovido por la ovación que llegaba de las tribunas del estadio de Colombes, José Nasazzi, capitán del equipo, decidió encabezar a sus compañeros en una columna que recorrió el perímetro de la cancha, retribuyendo a los asistentes.

Hay imágenes donde lucen un orgullo aplomado, mientras desfilan bajo una lluvia de sombreros y algún ramo de flores que son lanzadas desde las gradas. Es un cuadro romántico (casi un ejercicio de Belle Époque), los campeones se manifiestan caballerosos, y lo son, detrás de un líder que parece preparado para tomar la palabra cuando los homenajes lleguen.

Se habían lanzado a la aventura y estaban completando una proeza, que no fue solamente deportiva. Eran carpinteros, marmoleros, repartidores de hielo, obreros fabriles, funcionarios públicos y, ese día, además, épicos. Un puñado de ignotos jóvenes sudamericanos que sabían bailar tango, frecuentar cabarets, apostar a los caballos y encandilar París. Tres de ellos hablaban francés. Calle, bohemia y vanguardia; un equipo que jugaba como eran sus jugadores. La expresión más cabal del Uruguay de principios del siglo XX que representaban, joven, exuberante en posibilidades, aluvional en ideas.

EL ROCKSTAR

La de Uruguay era una verdadera generación dorada en la que descollaba el primer futbolista negro que los europeos vieron jugar.

José Leandro Andrade era hijo de un esclavo fugitivo que había llegado huyendo de Brasil. Una figura con temple de rockstar y excesos maradonianos que amaba el baile, los tamboriles y el carnaval.

La vida no le había dado mucho durante su infancia, pero el destino le había concedido algo: un cuerpo privilegiado de un metro ochenta centímetros de estatura y una facilidad para usarlos que dejaría sin palabras a media Europa.

Andrade no solo jugaba bien, además enamoraba. Regresó de París recién cuando sus compañeros de equipos pudieron arrancarlo de los brazos de una condesa que lo retuvo por semanas en su palacete parisino. Para entonces ya lo conocían como la “maravilla negra”, el nombre que le daban los diarios. Tiempo después, la condesa viajaría a Montevideo para recuperar lo que alguna vez había sentido suyo, pero ya era tarde, las maravillas negras también se casaban.

Murió ciego, solo y loco, gritando “soy Andrade, soy Andrade”, por los pasillos de un hospital de Montevideo, asegurando a quien quisiera escucharlo que había bailado un tango con Joséphine Baker.

Si la historia de Andrade es de leyenda, la del equipo que jugó aquel día frente a la Selección Argentina no lo fue menos.

Los Juegos Olímpicos los ganó goleando, su racha de triunfos por partidos oficiales fue de 17. Era un equipo invicto y fundante, cuya participación en Francia globalizó el fútbol y le dio forma a un nuevo canon, superando para siempre el prototipo inglés, valiéndose para hacerlo de una técnica que era un adelanto, con la que combinaba la eficacia y el lirismo.

Su capitán, Nasazzi, tenía 21 años; Andrade, 22. Todos eran unos jóvenes tan aseñorados como la época se los exigía, de bien ganada fama pero, al fin y al cabo, bailarines de milonga, vecinos, trabajadores, que mal podían imaginar que los planteles serían galácticos alguna vez, mainstream o prepagos.

Aunque muchos se peinaban como las estrellas de ahora, ninguno jugaba para después poder vivir sin trabajar; por el contrario, jugaban para conseguir trabajo estable y reposar como guerreros en las sillas de las dependencias estatales, muchas menores, donde apagaron sin estridencias vidas que entrarían en la historia.

EL LOCO

Ubicado en la parte más adelantada de esa legendaria formación se colocaba un jugador al que apodaban “el Loco”.

Fue el primer “endiablado”, pero su nombre era Ángel. Romano, que sabría vestir la camiseta de Boca, era más que un jugador, era un tipo de juego en sí mismo, capaz de servirse sus propias jugadas, enlazándolas en un plano secuencia que se abría y se cerraba entre los oponentes con una rara habilidad para el cambio de ritmo. Cuando Romano parecía detenerse, en realidad se lanzaba.

Un crack de época nato, de aquellos que al hacer famosas sus jugadas convertían en célebre una boina.

Dos enormes responsabilidades recayeron sobre él: brillar en la cancha y ser el comisionado por Nasazzi para dar con Andrade cuando ya llevaba semanas sin que se supiera dónde estaba.

Lo logró siguiendo la pista de una dirección que el propio Andrade le había entregado antes de desaparecer. Romano atravesó la ciudad hasta encontrarse frente a las puertas de una lujosa residencia y cuando ya pensaba haberse equivocado una mucama de cofia, ceremoniosa, le pidió que aguardase mientras lo anunciaba con “Monsieur Andrade”, quien lo recibió de bata.

Europa estaba encantada con ellos y ellos con Europa. En los mismos barcos que sus padres y abuelos habían emigrado a Sudamérica, muchos remontaban el viaje para retornar coronados y famosos.

Algunos volverían en giras con sus equipos; otros, como Héctor Scarone, con el apodo de “Mago” y para jugar, por contrato, en el Barcelona.

EL MAGO

Las ideas estaban claras. Asociación, pases cortos para lograrla y repentización para alcanzar el desequilibrio, pero alguien tenía que darle coherencia a esta nueva cultura de juego y hacerla funcionar.

Héctor Scarone, el Mago, cumpliría esa tarea con un estilo tan práctico como enigmático, que lo elevaba, y es que era imposible saber cómo sería la jugada que estaba pensando.

Sus contemporáneos le adjudicaban una superioridad a su juego y un aire de encantamiento a su figura. No era uno más. No imponía destreza, la concedía, como si jugar fuese actuar. Era el divo de aquella ópera.

Decisivo, artístico, cautivó a los dirigentes del Barcelona que lo contrataron. Anunciaron su fichaje con el orgullo de haber incorporado al “mejor jugador del mundo”; era, en rigor, el “primer” mejor jugador del mundo –uno que ya no terminaba en Europa–, inaugurando para siempre esa categoría.

Magos, rockstars, locos, sus logros fueron únicos pero la moraleja que los acompañó al final que la de siempre; llega el día en que la gloria es efeméride y solo queda recordar.

El 4 de abril de 1967 el Mago murió. El capitán Nasazzi cumplió nuevamente una de las tareas para la que el destino lo había preparado y tomó la palabra en nombre de sus compañeros. En una sola frase resumió el sentir de una generación de propios y adversarios que a los goles los marcaba olímpicos y a los triunfos los traía de París. “Éramos jóvenes, éramos ganadores, estábamos unidos, creíamos que éramos indestructibles.”

Después volvieron al retiro de sus casas, el sosiego de sus jubilaciones y la camaradería de los homenajes, donde gozar de esa mirada embelesada que solo se les concede a los héroes.

Escrito por
Martín Generali
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