Adolfo Colombres enseña sus libros en su casa de Villa Urquiza y atesora sus caminos con la literatura y la antropología descolonizadoras: “Soy un sobreviviente. Tengo que agradecer a la vida, porque mis investigaciones me llevaron por los cinco continentes. Hasta presencié las guerras africanas”, cuenta. El 10 de septiembre recibirá el segundo Premio Kónex de su vida. En 1994 lo había obtenido por sus aportes al folklore, y ahora, a los 80 años, como reconocimiento en el área Ensayo Antropológico y Sociológico (junto a Pablo Alabarces, María Carman, Rita Segato y Pablo Semán).
Tan prolífico como inabarcable, Adolfo Colombres nació en Tucumán el 10 de mayo de 1944 y desde los años 60 publicó más de veinticinco libros antropológicos y veinte novelas, siempre alrededor de sus indagaciones en torno de la teoría transcultural del arte, la literatura y el cine, los estudios del imaginario, el colonialismo y la descolonización, la emergencia civilizatoria de América latina y las culturas populares. “Llegar a los 80 años es una novedad demasiado seria. Hacer todo lo que hice y vivir para contarlo es recibir demasiado. Pero también creo que lo devolví a través de mis obras.”
El ensayista, narrador y filósofo (que se formó originalmente como abogado entre Tucumán y Buenos Aires) tiene el pelo blanco, lacio y espeso, con raya al costado, y su rostro parece acariciado por las huellas de los pueblos primigenios de América latina. Sobre la parte superior de su profusa biblioteca se disponen muñecos de barro de distintas tradiciones y civilizaciones: las herencias de sus viajes, desde Tucumán y Buenos Aires al resto del mundo. Sobre su escritorio hay más libros; Colombres sonríe y los abre junto a Caras y Caretas.
Las búsquedas y los caminos
¿Qué incógnitas y búsquedas lo desvelan a los 80 años? ¿A dónde se refleja para seguir en movimiento? “Pienso en lo sagrado, que es aquello que está en casi todas las culturas. La incursión por lo sagrado me parece fundamental, pero entendiéndolo de una manera terrenal y de gran densidad simbólica, muy lejos de la visión vertical del cristianismo”, dice. Y abre la mirada territorial: “Mis viajes por América latina, África y Asia me hicieron entender cómo actúa realmente el colonialismo. La mirada europeísta llama universal a lo suyo y particular a lo nuestro”.
En sus libros de antropología, Colombres aunó la búsqueda de lo americano con los ritos y los mitos sin fronteras, denunció la colonización cultural de los indígenas, postuló una crítica de la estética y de la razón occidentales (por su pretensión universalista) y hasta reformuló el concepto del arte a la luz de las prácticas simbólicas de los pueblos americanos. “Adolfo Colombres es un buceador de aguas profundas que navega entre las corrientes conflictivas del mito y de la historia”, lo definió alguna vez el periodista y analista cultural Jorge B. Rivera.
Los legados de Colombres son faros reflexivos, estéticos y éticos para las y los investigadores de las culturas subalternas de Latinoamérica, pero él nunca mistificó la idea ahistórica de lo popular. “Sí existen matrices culturales que comparten la misma situación de subalternidad –explica– y verlas meramente como populares es una definición negativa, porque se basa en una carencia, en un estado de dominación, y no en su lado positivo. Son identidades que tienen un nombre, una historia, y tienen mucho que ofrecer, o ya ofrecen, al país y la humanidad.”
Aquí, Colombres explora su propia condición de lo sagrado, de lo popular y de lo universal. “Lo sagrado para mí estaría en mi literatura –concede–. Tengo novelas que transcurren en la Argentina y en diversos países de América latina, pero hay otras que suceden en puntos lejanos de África. Al incursionar en otros mundos siempre busqué ir más allá de la idea de la otredad que se impone desde Europa y Occidente. Hay costumbres africanas que son comunes a otras culturas y también podrían ser vistas como universales.”
Una obra desbordante
Entre sus vastos títulos antropológicos hay varios que resuenan siempre que se habla de Adolfo Colombres: La colonización cultural de la América indígena (1977), Sobre la cultura y el arte popular (1987), Celebración del lenguaje. Hacia una teoría intercultural de la literatura (1997), Seres mitológicos argentinos (2001), América como civilización emergente (2004), Imaginario del paraíso (2012) y Poética de lo sagrado (2015). Pero estas menciones apenas reflejan su trabajo en todos los órdenes de la antropología simbólica, la filosofía latinoamericana y la denuncia sobre la mercantilización en la era de la razón neoliberal.
En su último libro hasta ahora, Los bajos fondos del arte. Sobre la forma, la sombra y la ausencia (2022), Colombres cruza la literatura con la reflexión filosófica y antropológica para recobrar las sombras de donde emerge la forma artística. “La filosofía es la que garantiza el descenso a lo profundo –señala–. La antropología es el descenso a la otredad. Y la literatura viabiliza las bellas palabras. No tenemos por qué rendirnos al cientificismo en el que a menudo cae la filosofía occidental, sin dejar respiro a la otredad. Desvestir la filosofía y la antropología puede llevarnos a un bello viaje a lo profundo de las culturas.”
En el terreno ficcional, Colombres editó obras imprescindibles como Viejo camino del maíz (1979), Sol que regresa (1981), Karaí, el héroe (1988), Tierra incógnita (1994), La eternidad (2016) y La marea de la sombra (2019). Su última novela fue Esa luz que ciega (2021). ¿En qué está trabajando ahora? “Tengo dos novelas inéditas. Una es El viento de antes: transcurre en el Noroeste argentino y trae muchos temas relacionados con los caudillos. La otra es El borde afilado de la tierra. Las novelas fueron siempre mi casa. Cuando trabajo en ellas no me siento a la intemperie. Si la antropología es la escritura del deber, la literatura es la escritura del placer.”
Y rememora: “En Tucumán, ya a mis ocho o diez años empezaba a escribir pequeños cuentos e historias. Antes de cumplir veinte ya tenía tres novelas de doscientas páginas, que encuadernaba mi padre. La ficción me permitió explorar múltiples universos y territorios e ir al fondo de la condición humana”. ¿Y la antropología? “En mi último libro, Los bajos fondos del arte, quise tomar ese concepto no como lo que está degradado, sino ir en busca de lo luminoso. Es una visión crítica de la idea del arte que impone el capitalismo, centrada en el mercado y en el consumo. La antropología nos muestra que existen otras visiones.”
La era del totalitarismo digital
Escribe Colombres en Los bajos fondos del arte: “El universo de las mercancías diluye los lazos de solidaridad, así como los de la amistad y el amor: son todos precarios, fugaces, relativos. Hasta los mismos cuerpos se vuelven consumibles. La conexión no es más que un simulacro de la comunicación real”. Y remarca: “El modelo civilizatorio del neoliberalismo no se alimenta de valores, sino que por lo general los estereotipa o esquiva, pues precisa que toda nuestra libido se canalice hacia ese bosque atiborrado de marcas de mercancías estetizadas, que suplantan al arte en su empeño de alcanzar la comercialización integral de la vida”.
También analiza allí: “Estamos entrando en la era del totalitarismo digital, manejado por las empresas cibernéticas radicadas en Silicon Valley (California), las que avanzan hacia una duplicación digital del mundo, creando una humanidad paralela que persigue como una sombra cada rastro de la realidad para monetizarlo y devorarlo, sometiéndolo al Big Data, la forma actual del Gran Hermano”. Frente a ello, “el pensamiento y el arte huyen de este imperio de la banalidad y se guarecen en sus grutas simbólicas, como restos desechados del viejo proyecto humano”.
En su blog, el antropólogo presenta su “cronobiografía”, desde sus primeros años en Tucumán, su ida a Buenos Aires para terminar la carrera de Derecho y sus viajes y trabajos en Ecuador y en México en plena dictadura de 1976-1983. “Fueron seis o siete años afuera del país –evoca–. Al regresar, tuve que estudiar un poco para volver a ser argentino, porque todo lo que llamamos ‘argentinidad’ había quedado para mí un poco desvaído. Entonces me sumergí en una lectura antropológica de todo tipo, como quien entra en el fondo de la cultura popular, y, a la par, no dejaron de aparecer las novelas.”
Aquí, ahora, “Los bajos fondos del arte fue la culminación de una serie de cinco libros, que arrancó con Teoría transcultural del arte, de 2005, y siguió, entre otros, con El resplandor de lo maravilloso o el reencantamiento del mundo, de 2018″. Todos fueron publicados por Colihue. “Son como un cierre. A veces me vienen ganas de meterme en otro ensayo, pero después creo que nadie va a tener tiempo ni ganas para leer tanta cosa. Aunque luego recuerdo mis viajes, y todo lo que tengo para decir, y pienso: ‘¿Cómo no seguir adelante?’.”

