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El poeta que no fue

Ya es un lugar común decir que en algunos de los cuentos y ensayos de Jorge Luis Borges se pueden encontrar fulguraciones poéticas más intensas que en sus libros de poesía. En su relato “El fin”, escribe: “Hay una hora en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos y es intraducible, como una música…”. Hay muchos ejemplos más en El Aleph, en El informe de Brodie, en los ensayos y aún en espontáneos golpes de sonido y sentido que se pueden rastrear en su oralidad de conferenciante y entrevistado.

No se puede negar, sin embargo, que exista un Borges poeta o, más estrictamente, un Borges dedicado a trabajar con intensidad y frecuencia el género poesía. Pero ese Borges es, en su calidad y en sus opciones estéticas, intermitente. Su relación con los versos, sin embargo, fue de las más leales y continuas de toda su vida. Con la poesía comenzó su aventura literaria –Fervor de Buenos Aires (1923)– y con la poesía concluyó su obra –Los conjurados (1985)–.

El más temprano vínculo del bardo ciego con la poesía se da en la casa familiar. Allí escuchó de la voz de su padre “El ruiseñor” de Keats, allí escuchó, recitado por Evaristo Carriego, “El misionero” de Pedro B. Palacios, Almafuerte. Criado en un ámbito plenamente literario, bisoño e indiscreto asaltante de la biblioteca paterna, atento escucha de los comentarios del iconoclasta Macedonio Fernández, Georgie se armó muy tempranamente de los atributos nobiliarios del vate. Había digerido también al estadounidense que pisó lejos con la forma y el canto entre eglógico y civil, Walt Whitman, a su vez tan apto para espolear juventudes con la exaltación vital.

Por supuesto que el aspirante a escritor ya tenía cargada su valija de lecturas con los clásicos que retendrá en su memoria para toda la vida. Alrededor de sus veinte años, un viaje a Europa con su familia le aporta un cruce fundamental, a saber, el acercamiento a las vanguardias que bullían en España. Los vanguardistas querían, sobre todo, dejar atrás el modernismo acicalado con las plumas y pétalos del Modernismo que en el español llevaron a su cumbre y luego al empalagamiento el nicaragüense Rubén Darío y su discípulo argentino, Leopoldo Lugones.

En las tertulias de Sevilla y Madrid, donde vivió el veinteañero Borges, prestó oídos a las renovaciones que proveía el ultraísmo. El creacionismo del chileno Vicente Huidobro era la nave insignia. Los contertulios del café y el carajillo como Rafael Cansino Assens, Guillermo de la Torre, Ramón Gómez de la Serna y Juan Larrea formaban el primer pelotón de innovadores. Borges discutió con ellos, escribió manifiestos y supo de las transgresiones juveniles de la época. El ultraísmo se proponía darle protagonismo a las metáforas, abolir los nexos ripiosos, dejar de lado las exaltaciones con signos de admiración, apresurar movimientos de síntesis en la escritura para limar la verborrea y desterrar la rima y el sonsonete. Como ya era aceptado en el resto de Europa la actualización también pasaba por degollar golondrinas, podar rosales y decapitar cumbres nevadas a cambio de nombrar los objetos que acercaba el industrialismo: los motores, los engranajes, los automóviles y el globo aerostático, en suma, la vida eléctrica y veloz que erotizaba también a los creadores mientras aceleraba el siglo pasado.

Cuando regresa a Buenos Aires Borges desparrama el credo ultraísta entre los escritores argentinos y ve en su dilecto Macedonio Fernández las cualidades para convertirlo en líder de la vanguardia criolla en ciernes. Macedonio estaba rodeado por una aureola transgresiva ante el neoclasicismo lugoniano y se lo consideraba el primer autor en verso libre, con un poema escrito en 1905.

En Borges, el gesto desarreglado se trasladó a su primera etapa como poeta édito y esos ademanes contaminaron la política con un grupo de poemas que alabaron y defendieron la revolución rusa. Estaba muy lejos por entonces de hacer su peor literatura con la desdorosa imagen de las “épicas lluvias de septiembre”.

Tras una etapa donde Borges mixturó el aire vanguardista con la intención de un idioma argentino, tal como consta en “El tamaño de mi esperanza” y en “El idioma de los argentinos”, arrió las banderas, así en las marcas transgresivas de la literatura como en la política. Tendió a formas clásicas pero aquel pasaje juvenil y ultraísta lo marcaría para siempre en uno de sus rasgos fundamentales: el aliento poético y la síntesis volcada en el mismo trazo.

LA VUELTA DEL POETA

Con su desbordado depósito literario, Georgie vuelve a la poesía en 1960, despojado de criollismo, con aquel aliento clásico que aspira a una perfección formal sin sorpresas y la apuesta en un decir “profundo”. En los ecos de los versos pueden estar Poe, Valéry, Verlaine y, en el andarivel del estilo, el venerable respeto a lo consagrado: la métrica impecable, la acentuación como una clara música, la imagen transparente. El fracaso en el amor –como en el poema “1964”–; la filosofía, de Platón a Schopenhauer parando en todos; Buenos Aires –el presente dolorido y un pasado mítico tajeado por cuchilleros–; las viejas rosas ya marchitadas por la poesía universal ingresaron a sus páginas en una profusa colección de títulos con desniveles tan perceptibles como sus momentos restallantes.

Se dio alguna vuelta más por el criollismo aunque ya muy estilizado. A Abelardo Castillo se le debe una ingeniosa frase dedicada al poeta de Palermo: “Para mí que no vio un compadrito ni en foto, pero que escribe lindo, escribe lindo”. Su búsqueda de conexión con un público que ya excedía la curiosidad literaria lo llevó a escribir sus poemas Para las seis cuerdas. Astor Piazzolla se jugó a musicalizarlos y a grabarlos con su grupo y la entonación perfecta y cavernosa de Edmundo Rivero. Hay en ese trabajo logros memorables como la “Milonga para Jacinto Chiclana”. Pero don Jorge Luis tenía en su memoria los rasgueos del mundo rural y de los suburbios lentos del entresiglo XIX y XX y la suave experimentación piazzollesca –mucho menos radical que en el resto de su obra– le disgustó.

Insistió con los versos hasta su fin. Con la poesía llegó a dar cuenta del desconcierto por la Guerra de Malvinas (“Juan López y John Ward”). Aun con momentos cumbres, no están en su poesía sus mejores obras, ni jugó a fondo con los desafíos del género al que se animaron contemporáneos como Olga Orozco, Oliverio Girondo o Enrique Molina. Pero hay versos suyos que algunas personas saben de memoria. Un poeta no puede aspirar a mucho más.

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