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Borges y Bioy: el arte de la conversación

Para Samuel

Si resulta cierto aquello de que la amistad sabe anidar en las entrañas de la conversación, el vínculo fraternal que unió a Jorge Luis Borges y a Adolfo Bioy Casares tuvo como puntapié un diálogo –como no podía ser de otra manera– literario. Rondaba el año 1931 (tal vez el 32), y en una caminata de Buenos Aires a San Isidro Borges le preguntó al joven por sus autores preferidos. Bioy, incapaz en ese momento de esbozar una oración bien construida, lanzó un par de nombres correctos, obvios. Lejos de amonestarlo o de espetarle alguno de sus elogios ponzoñosos, Borges prosiguió con la charla porque intuía, probablemente, que tenía a su lado a un auténtico compañero de aventuras; de las únicas que verdaderamente le importaban, claro: las literarias.

En enero de 1940 Borges asistió como padrino a la boda entre Bioy y la escritora Silvina Ocampo. A partir de entonces, la amistad cobró una frecuencia de trato cotidiano. Georgie cenaba casi todas las noches en la casa del matrimonio. Estos encuentros diarios terminaron por convertirse, justamente, en el diario íntimo más polémico de la literatura argentina: el Borges de Bioy, que, al cuidado de Daniel Martino, se publicó en 2006 y proyectó un perfil del autor de Ficciones gobernado por la malicia y el despotrico contra poéticas en general y autores en particular.

LA SOCIEDAD LITERARIA

Unos años antes, en 1935, había surgido el primer trabajo conjunto. Instalados en Rincón Viejo, la estancia familiar de los Bioy, en Pardo, escribieron el folletín publicitario sobre lo que sería el antecesor del yogur, la leche cuajada (“La cuajada de La Martona”). Una ilustración de Silvina Ocampo ganaba la portada del singular cuadernillo de 16 páginas en octavo menor. “Aquel folleto significó para mí un valioso aprendizaje –escribió Bioy–. Después de su redacción yo era otro escritor, más experimentado y avezado. Toda colaboración con Borges equivalía a años de trabajo.” Pero fue en diciembre de 1942 cuando apareció su hoy célebre, aunque por entonces significativamente ninguneado, Seis problemas para don Isidro Parodi, el primero de los libros de Honorio Bustos Domecq, autor apócrifo en el que se traslucen las mañas y diabluras de estos amigos que se desternillaban con la verborragia hilarante de sus personajes. Parodi –como lo indica su apellido– personifica la parodia a un género que tanto Borges como Bioy (al menos en su faceta inglesa) consumían y admiraban: el policial. Tal la capacidad analítica de este “detective sedentario” que puede ufanarse de estudiar y resolver los casos desde el interior de la celda 273 en la que está preso. Vendrían luego Un modelo para la muerte, de 1946, a cargo de Benito Suárez Lynch (otra fabricación autoral) y, posteriormente, retomando las riendas el primero de los escritores ficticios, llegarían Crónicas de Bustos Domecq (1967) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977).

Vale la pena demorarse unos instantes en un cuento escrito en 1947 (esto es, a un año de acceder Perón al poder), publicado por primera vez en 1955 en el semanario uruguayo Marcha. Se trata de “La fiesta del monstruo” (que integrará, luego, los Nuevos cuentos de Bustos Domecq). La fiesta del título se refiere a uno de los acontecimientos populares más importantes del siglo XX: el desplazamiento de obreros y “cabecitas negras” hacia la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945 para pedir por la liberación del fundador del justicialismo. Más allá de sus virtudes lingüísticas, el relato no deja de ser un testimonio de la denostación de Borges y Bioy por el peronismo y por cualquier forma de agrupación popular. Un innominado hombre le cuenta a su compañera, Nelly, los planes que tiene con sus compadres al dirigirse a la plaza. Antes de ir por voluntad propia, dice, son en verdad obligados a concurrir a la manifestación; les facilitarán armas para hacer de las suyas, aunque el narrador, de cualquier manera, ya urde otra trama (delictiva, por supuesto): venderlas y regresar a su casa con lo recaudado. El plan se frustra, pero el grupo avanza en micro hacia la plaza de todas maneras, en un raid de tropelías in crescendo: roban una bici, incendian un micro y, por negarse a reverenciar al Monstruo (alusión a Perón, jamás nombrado en el cuento), apedrean hasta la muerte a un joven judío, que remite en verdad al unitario intelectual asesinado escarnecidamente a manos de los bárbaros rosistas de “El matadero”, de Esteban Echeverría.

EL LENGUAJE DE LA AMISTAD

La colaboración entre los dos amigos se extendió también al cine. Entre otros guiones, coescribieron Invasión, en la que metió sus narices, también, Hugo Santiago. Se estrenó en 1969 y es considerada, hoy, un film de culto. La sinopsis que ofreció Borges en su momento no podría ser más borgeana: “Invasión es la leyenda de una ciudad, imaginaria o real, sitiada por fuertes enemigos y defendida por unos pocos hombres, que acaso no son héroes. Lucharán hasta el fin, sin sospechar que su batalla es infinita”. Se llevaban unos quince años (Borges había nacido en 1899 y Bioy, en 1914), pero la pasión por la literatura y la intimidad que brotó de ella le permitió a Borges abrirse y escuchar sin condescendencia al que se convertiría en el más cercano de sus amigos. Como cierre no estaría de más traer a colación uno de los últimos poemas del autor de El Aleph, “El principio”, publicado en Atlas, de 1984. En él, dos griegos conversan, dice Borges, de temas abstractos. No polemizan ni pretenden persuadir. Aluden a ciertos mitos, pero lo cierto es que no creen en ellos, tampoco en la magia. Solo mediante la plácida conversación pareciera, quizá, alcanzarse algún tipo de verdad. Podrían ser, aquellos dos hombres –conjetura la voz poética–, Sócrates y Parménides, intercambiando opiniones. Podrían ser, acaso, Borges y
Bioy en los albores de su amistad, fatigando las calles de Capital o San Isidro. Podrían ser, por qué no. Es sabido que al destino le agradan las repeticiones.

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