Quizá la conclusión más sorprendente a la que llegué luego de transcribir las clases de literatura inglesa de Borges en la Universidad de Buenos Aires (recopiladas en el libro Borges profesor) fue que el discurso oral de Borges tenía exactamente la misma complejidad y elegancia que su palabra escrita. Para la época en que las dictó, el escritor ya estaba ciego, de modo que no podía apoyarse en ningún libreto o ayuda escrita. Todo lo que decía surgía de su inspiración y su memoria. Y sin embargo, sus clases reproducen la arquitectura de sus relatos y ensayos: suelen comenzar con una introducción histórica o cultural, cuya relevancia no siempre resulta –en un principio– del todo clara, continúan con una serie de afirmaciones anidadas que el oyente intenta integrar, y llegan por último a una conclusión, a la vez inesperada y reveladora. Lograr ese nivel de cohesión en una exposición oral improvisada requiere una inteligencia abrumadora. Y sin embargo, Borges realizaba esta hazaña con tanta humildad y naturalidad que toda esa complejidad queda “detrás de bastidores” y el resultado es una serie de clases tan amenas y originales como fáciles de entender.
Borges descreía de las escuelas literarias, de las reglas de estilo y de la literatura guiada por cualquier otra cosa que lo que él llamaba el sueño o el mito. Quizá por esto decidió forjar su propia mitología para Buenos Aires y, para hacerlo, se basó en fuentes orales. Lo que él mismo dice de Evaristo Carriego en el libro que escribió para recordarlo vale también para él mismo. Borges conoció primero al compadrito Nicolás Paredes, un “asesino jubilado”. Luego, a través de él, el escritor conoció a otra “gente cuchillera de la sección”. Cuando Borges describe a estos guapos en sus páginas, no pasan de ser figuras del destino,
pero en los hechos eran personajes peligrosos: como él mismo los describió, “gente con mucha muerte encima”. Juan Muraña era, según Paredes, “una verdadera máquina de matar”. Los hermanos Iberra eran hombres “de truco y de taba, de cuadreras y de copas” que sabían contar historias “de cuando el fierro brillaba”. Jacinto Chiclana, otro compadrito, era “capaz de no alzar la voz, y de jugarse la vida”. Y así siguiendo. ¿Qué habrán pensado esos “prófugos y rufianes” de ese joven de veintipico de años que se acercó a ellos para registrar sus recuerdos? Es importante señalar que Borges no solo quiso escribir los recuerdos de esa gente (sin duda marginales para la sociedad de la época) para elevarlos a la categoría de mitos, sino que sentía un verdadero aprecio por ellos, y trabó con varios (especialmente con Paredes) una sincera amistad.
LA BÚSQUEDA DE LO ESENCIAL
Se preguntará el lector a cuento de qué viene esta descripción de ese afán documental de Borges. Y es que otro rasgo de sus clases es que –como en sus escritos– siempre va a lo esencial. En un texto titulado “La trama”, recuerda la muerte de Julio César. Apuñalado por muchos, reconoce entre sus atacantes a Marco Bruto, “su protegido, acaso su hijo”, y entonces exclama: “¡Tú también, hijo mío!”. Acto seguido afirma:
“Diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ‘¡Pero, che!’”
Y a modo de conclusión agrega:
“Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.”
sta búsqueda de lo esencial a través de los continentes y los siglos ocurre también en su curso universitario. En la quinta clase de su curso, por ejemplo, Borges compara al héroe anglosajón Beowulf, famoso por sus combates con dragones y otros monstruos, con los habitantes del viejo Buenos Aires. Afirma:
“Beowulf se parecía a nuestros compadritos de Monserrat o del Retiro. Beowulf quería jactarse de su valor.”
Para explicar esta jactancia medieval, Borges pasa a compartir con sus (acaso atónitos) estudiantes, las coplas recitadas por los compadritos porteños que décadas antes él mismo escuchó de Nicolás Paredes:
“Soy del barrio ́e Monserrá
donde relumbra el acero
lo que digo con el pico
lo sostengo con el cuero.”
O bien:
“Yo soy del barrio del alto
Soy del barrio del Retiro
Yo soy aquel que no miro
con quien tengo que pelear,
y aquí en el milonguear,
ninguno se puso a tiro.”
Beowulf, matador de monstruos y dragones cuyos orígenes se remontan a las nieblas del tiempo de la antigüedad germánica, queda así inesperadamente vinculado con el sur de la ciudad de Buenos Aires y asimilado a los compadritos que la habitaban.
Otro rasgo notable era el programa de estudios, profundamente idiosincrático: estaba conformado, exclusivamente, por los textos que le habían producido a él más curiosidad o placer. En sus propias palabras: “[En mi cátedra] lo menos importante eran las fechas y los nombres propios. Pero logré enseñarles el amor de algunos autores y de algunos libros […] lo que hace un profesor es buscar amigos para los estudiantes. El hecho de que sean contemporáneos, de que hayan muerto hace siglos, de que pertenezcan a tal o cual región, eso es lo de menos. Lo importante es revelar belleza, y solo se puede revelar belleza que uno ha sentido”.

