En la mañana del miércoles 14 de agosto de 1974, la presidenta María Estela Martínez concretaba su primer recambio de gabinete tras la muerte de su esposo, Juan Domingo Perón. En un acto transmitido por la cadena nacional de radio y TV, asumían los nuevos ministros de Educación, Oscar Ivanissevich; de Defensa, Adolfo Savino, y del Interior, Alberto Rocamora. También desembarcaban José María Villone en la Secretaría de Prensa y Antonio Cafiero como interventor de la provincia de Mendoza. El Gobierno se reacomodaba un poco más hacia la derecha ante el vacío de poder que dejaba la ausencia del líder. Pocas horas después, lejos del movimiento en la Casa Rosada, fallecía el poeta Raúl González Tuñón.
Decenas de familiares, amistades y representantes de la cultura despidieron a González Tuñón, primero en la sede de la SADE y luego en el cementerio de la Chacarita: de Osvaldo Bayer a Davis Viñas, de Tato Bores a María Vaner, de Osvaldo Pugliese al Tata Cedrón, de Fulvio Salamanca a Hamlet Lima Quintana, de Carlos Alonso a Pedro Gaeta.
Tampoco faltó la plana mayor del comunismo nacional, partido al que González Tuñón abrazó hasta el último día de su vida desde su adhesión en la década del 30. Sin embargo, las férreas convicciones del poeta no impidieron que lo lloraran desde distintas vertientes ideológicas.
Las crónicas registraron que muchos jóvenes se acercaron para expresar su adiós. Quizá gran parte de ellos participaba de las ocupaciones de varias facultades de la UBA que se habían multiplicado en las últimas jornadas en defensa de la educación pública y ante una creciente amenaza macartista. La situación se había precipitado con la salida del rector Vicente Solano Lima y el asedio fascista contra su reemplazante, Raúl Laguzzi.
“El camarada Tuñón”, según Nuestra Palabra, el periódico oficial del PC, también era evocado por los diarios peronistas. En Mayoría, el encargado fue otro poeta, Horacio Salas: “Ayer de pronto la ciudad sufrió un golpe de frío inexplicable, parecía que nevaba. Acaso nadie se dio cuenta, o lo supieron después. Era culpa de la tristeza de Buenos Aires porque a esa misma hora se le había muerto uno de sus grandes poetas: Raúl González Tuñón”.
Noticias, por su parte, destacaba su condición de “uno de los representantes más característicos de la llamada generación ‘martinfierrista'”, “caminador inagotable y paseador de medio mundo”, que se mantuvo “fiel a Buenos Aires” y que “articuló su poesía en torno a un eje profundamente enraizado en esa peculiar visión de la ciudad entrevista como territorio del silencio y del bullicio”. Esas características se concentraban en su alter ego, Juancito Caminador, el personaje que creó inspirado en el whisky Johnnie Walker.
El matutino de Montoneros resaltaba “la originalidad y la calidad poética e imaginera” de sus primeros libros –El violín del diablo, Miércoles de Ceniza, entre otros– y de la obra surgida de “la necesidad militante de brindar respuestas frente a la tragedia del pueblo español” durante la guerra civil –La rosa blindada, Ocho documentos de hoy, Las puertas del fuego–. Quizá por falta de espacio, el anónimo redactor no ahondó en la trayectoria posterior del poeta y se limitó a cuestionar que su obra “se entrampará más tarde en el formulismo repetidor de una literatura de circunstancias”.
Combatiendo al coronel
Es casi seguro que por disciplina partidaria González Tuñón haya votado al Frejuli en las elecciones que consagraron a la fórmula Perón-Perón. Así lo había dispuesto el XIV Congreso del PC realizado en 1973, en un giro táctico que había comenzado incipientemente durante la llamada “Revolución Libertadora”. Seguramente lo hizo a regañadientes, como muchos otros de su generación que habían sufrido la persecución anticomunista del primer peronismo. Era imposible que los viejos militantes se despegaran de una imagen oscura que forjaron desde la aparición de Perón en la vida política nacional. ¿Cómo iban a sentir empatía por un militar surgido de una dictadura que tendía lazos a la Alemania nazi, la Italia fascista y la España franquista?
Para los comunistas, aquellos fueron tiempos de enfrentar al “naziperonismo” con todas las armas. En el caso de González Tuñón, con la poesía y el periodismo. Desde Chile, donde se había radicado durante la segunda mitad de la Década Infame, embistió contra Perón en notas publicadas en El Siglo, el diario del PC trasandino. Allí hablaba del “brutal y ambicioso coronel Perón”, integrante del “Grupo de Oficiales Unidos… a Hitler”; del “exespía nazi en Chile”; de “Perón y sus Cuarenta Ladrones” (“Alí Babá Perón”) y de la “rata Perón-Farrell”.
Su poesía reflejó también una beligerancia que sintonizaba con las directivas partidarias. Los poemas aparecidos en El siglo contenían menciones explícitas. Un ejemplo: en el poema “Canto al general San Martín” hablaba sobre “un pequeño Perón que morirá sin paz, gloria ni sueño”. Cuando ese poema fue incluido en el libro Primer canto argentino, publicado en Buenos Aires en 1945, sufrió cambios para evitar la censura: “Un pequeño coronel que se irá sin paz, gloria ni sueño”.
González Tuñón regresó de Chile para la campaña electoral que desembocaría en las elecciones generales de febrero de 1946. Fiel al partido, aceptó el último lugar como precandidato a diputado nacional por la Capital Federal, pero quedó afuera de la nómina tras el cierre de la “lista de unidad” entre comunistas, demócratas progresistas e independientes, dentro de la Unión Democrática.
Como parte de las actividades proselitistas, González Tuñón tenía agendado participar de un acto en la Federación Argentina de Box el 17 de octubre de 1945 a las 19.30. No hay registro de que ese acto se haya realizado; a esa hora, una multitud colmaba la Plaza de Mayo reclamando la presencia de Perón.
En 1949, ya con Perón como presidente, publicó la crónica de viaje “Entrada a la realidad tucumana” en el periódico del PC Orientación. Allí relataba que cerca de la estación Ranchillos se detuvo “ante una de esas increíbles viviendas: una estrecha habitación en la que milagrosamente caben dos catres sobre los cuales deberá dormir toda una familia y una cocinita”. Y continuaba: “Podemos ver, en el fondo de esa covacha, colgado en la pared, sobre uno de los catres, un retrato del entonces coronel Perón en su gesto habitual durante la campaña electoral previa al 24 de febrero… El anciano que está sentado sobre un tronco, junto a la puerta, nos pregunta de súbito:
–¿Qué está mirando, mozo?
–El retrato… –le decimos.
Sonríe el viejo.
–Ah… Entonces era cuando nos prometió vivienda y tierras… Todavía estamos esperando…
Y no dice más nada. Se encierra en un mutismo elocuente…”.
Durante aquel viaje por el norte argentino llegó a la provincia de Salta, “el pago de Güemes”. Junto a una crónica de su recorrida incluyó el poema “Epitafio”, que lleva como epígrafe “Aquí yacen cuatro obreros peronistas asesinados por el escuadrón de seguridad del gobierno peronista de Salta”. “Aquí yace el 4 de junio”, son las palabras finales del poema, que aluden al día del golpe de Estado de 1943. Dos décadas más tarde, ese poema aparece con algunos cambios en su libro La veleta y la antena. El título se transformó en “Epitafio para cuatro tumbas” y el epígrafe en “Aquí yacen cuatro obreros asesinados por el Escuadrón de Seguridad del Gobierno de Salta (1948)”. Salió la referencia al 4 de junio de 1943 y entró la metáfora golpista de Leopoldo Lugones: “Aquí yace la Hora de la Espada”.
El miedo a una nueva dictadura
Entre enero y junio de 1973, Horacio Salas mantuvo con González Tuñón una serie de entrevistas publicadas dos años más tarde en Conversaciones con Raúl González Tuñón, cuando el poeta ya había fallecido. Salas le preguntó sobre su postura ante el peronismo y González Tuñón respondió sin apartarse del ideario comunista de la década del 40: minimizó la histórica manifestación del 17 de octubre –”la verdadera revolución nunca se hizo”–; reiteró su rechazo a Perón, pero no a sus seguidores, e interpretó que el peronismo “sigue siendo un movimiento de gran importancia, pero se ha visto a través de ciertos acontecimientos últimos que al carecer de un programa decididamente concreto y claro su base no es todo lo sólida que debería ser”.
Dentro de esas inconsistencias que señalaba González Tuñón, podría apuntarse el decreto firmado por el presidente provisional Raúl Lastiri que restringía la importación de libros que atentaran “contra el espíritu republicano”, una medida que se amplió a posibles exportaciones. En esa lista negra figuraba La calle del agujero en la media. Oportunamente, la SADE le envió una carta a Perón para que diera marcha atrás con la censura. Es muy probable que veterano líder no tuviera ni idea de quién era el autor de uno de los mejores libros de la poesía argentina de todos los tiempos.
González Tuñón murió un mes y medio después que Perón, a los 69 años. Unas semanas antes, la revista Así publicó quizá la última entrevista con el poeta y periodista. Allí trazaba un recorrido biográfico a partir de anécdotas, meditaciones y recuerdos en primera persona. El encuentro se desarrolló en la casa alquilada en la que el poeta vivía con su esposa, Nélida Rodríguez Marqués, y su hijo, Adolfo Enrique, sobre la calle Amenábar, en el barrio porteño de Colegiales.
Así presentó a González Tuñón con un despliegue de elogios que lo elevaban a la altura de Jorge Luis Borges y Juan L. Ortiz, “el trío de poetas argentinos –vivos– más conocidos en todo el mundo”. Y acertaba en la caracterización: “La natural modestia de Tuñón, unida a una coherencia política y vital insoslayable, han conspirado, muchas veces, para que su figura no obtenga el reconocimiento que se merece”.
“El periodismo me cambió la vida, me definió. Soy un soldado de la cultura sin remedio para cambiar”, reflexionaba en esa entrevista. Los temas políticos fueron evitados –ni se menciona su militancia comunista–, en contraste con los encuentros guiados por Salas. “¿A qué cosa le tenés miedo?”, le había preguntado en esas jornadas agitadas por la efervescencia del gobierno de Héctor Cámpora, el regreso de Perón y la violencia creciente. González Tuñón se había limitado a responder: “A que gobierne la Argentina un gobierno militar”. Poco después, ese miedo se convertiría en realidad.

