“No hay merienda si no hay Capitán”, canta Fito Páez en el “Tema de Piluso” en su emblemático disco de regreso a la raíces, Circo Beat (1994). En esa estrofa condensa uno de los guiños más característicos de aquel personaje de televisión que invitaba justamente a “tomar la leche”. Para entonces, hacía seis años que su intérprete, el cómico Alberto Olmedo, había encontrado violenta muerte en un oscuro episodio en Mar del Plata, al descolgarse del balcón de la habitación del edificio donde se alojaba, mientras hacía temporada de verano (“¿Cómo, es Alberto, volar al más allá?”, pregunta la letra al final). Pero mucho tiempo más hacía que el personaje de Piluso se había despedido definitivamente de los escenarios, tras el fallecimiento de su eterno partenaire encarnado por Humberto Ortiz, que se ponía la pilcha del inefable Coquito, marinero de agua dulce, igual que su capitán.
Parecía un buen momento para rendir tributo al personaje, al actor que lo encarnó y a la infancia dejada atrás, y la canción, que tuvo alta rotación radial, se convirtió en un clásico del repertorio del músico rosarino.
Si Olmedo fue mucho más allá de Piluso, y construyó un estilo propio de humor popular en televisión, cine y teatro, Piluso se nutrió y destacó del resto del rubro infantil, por la misma impronta rupturista y transgresora que impuso aquel como marca registrada, al romper los límites entre pantalla y espectador.
También, por primera vez, los chicos no eran sujeto de domesticación, sino que se integraban como aliados en un juego de complicidad.
En la prehistoria de todo el fenómeno, se ubica otro personaje destinado al público infantil, Joe Bazooka, auspiciado por la famosa marca de chicles, producidos en la Argentina por la empresa de golosinas Stani, y que Olmedo hizo durante tres años por Canal 7, hacia fines de la década de 1950.
Así nació el Capitán
Por eso, cuando Edgardo Borda, un antiguo conocido con quien había compartido labores técnicas en el canal estatal, asumió un cargo importante en el flamante Canal 9 y lo convocó para presentar un micro de dibujos animados, el cómico en ascenso pensó en cierto colega, Humberto Ortiz, como coequiper, que además tenía capacidad para escribir los libretos.
Olmedo disimuló su incipiente calvicie debajo de un gorro playero, se colgó una gomera al cuello y se calzó al cinto un par de cartucheras eternamente vacías. Ya era Capitán por nombramiento espontáneo, pero todavía no tenía nombre. El bautismo lo resolvió Manuel M. Barda, el capo del canal, quien confiaba el motor de su auto a un mecánico apellidado Piluso. El combo se completó con el vestuario de marinerito para Ortiz, casi una réplica de añejos álbumes de fotos familiares.
El micro original se extendió pronto a media hora, luego a hora entera, y para entonces los dibujos eran lo de menos y la dupla conformada por Olmedo y Ortiz, es decir, Piluso y Coquito, ya era dueña absoluta del espacio.
De entonces datan dos yeites típicos del esquema lúdico: el saludo inicial de Coquito a su “superior”: “¿Co’ te va, Piluso?”, que prologaba un disparatado diálogo telefónico, en gran parte mérito del autor. Y el gong, el llamado “a tomar la leeeche” que rubricaba la voz de la supuesta abuela de Piluso, siempre fuera de cámaras, y que pertenecía a Inés Jaroslavsky, hermana de la primera esposa de Olmedo, Judith.
El éxito de la fórmula comenzó a rendir dividendos y Piluso saltó de la pantalla para un evento especial. Una pelea de lucha libre contra Martín Karadagián, campeón mundial de catch, en el Luna Park.
Se trataba de un ardid promocional del canal, y debía generar la suficiente expectativa para el lanzamiento de una todavía insegura apuesta a futuro, Titanes en el ring. Piluso fue calentando el ambiente en su programa, anunciando que “lo iba a romper todo”. Entre sus íntimos, Karadagián decía algo parecido, pero a él, que había lastimado seriamente al desahuciado José María Gatica en un enfrentamiento en la cancha de Boca, no era para tomarlo tan en broma.
Anunciado para el 12 de noviembre de 1961, el espectáculo comenzó con la llegada en helicóptero de Piluso, mientras su segundo lo hacía en auto descapotable, porque le daba espanto la altura. Miles de chicos y grandes los esperaban ya en el histórico galpón de Bouchard y Corrientes, y otros tantos afuera, porque las entradas estaban largamente agotadas.
La sorpresa preparada por Piluso/Olmedo era un árbol de cartón madera, al que recurrió en un pasaje para emprenderla a golpes contra el rival, árbitro y todo el que pasase cerca. El fallo salomónico, como era esperable, decretó empate.
El personaje también solía hacerse presente en escuelas para repartir juguetes, lo que se transmitía por Radio Belgrano. Y de la pantalla que le quedaba chica a la grande, incursionó en el cine con Las aventuras del Capitán Piluso (en el castillo del terror), de 1963, con guion de Ortiz, como no podía ser de otra manera.
En total, el programa atravesó toda la década, y se mudó de Canal 9 al 7 (1965) y de ahí al 2 (hasta 1969). Pero todavía le quedaba aire para un primer regreso, en los 70 (Canal 11) y otro en los 80 (Canal 13), con lo que daría la vuelta completa al dial de los televisores analógicos de la época.
Según pasan los años
La dictadura instaurada desde marzo de 1976 no vio con buenos ojos a aquel capitán pacifista y le fue recortando atributos. No volvió a lucir su inofensiva gomera, porque podía incitar a la violencia infantil, y además lo degradó a Piluso a secas. Coquito dejó de usar traje de marinero, porque así se menospreciaba a las Fuerzas Armadas.
Con todo, se las arreglaron para seguir haciendo de las suyas y, más adelante, Olmedo se probó el traje de superhéroe bizarro y tercermundista, con Pilusman.
En medio de esos sinsabores, hubo una revista de historietas, que develaba el hogar flotante de ambos, el barco “Belinda”, una deuda pendiente con sus fans que ya se escalonaban en varias generaciones. Fructificó el merchandaising, que patentó el cubrecabeza como “gorro Piluso”. Incluso, llegó el disco Piluso es bueno (1976), coro de niños de fondo.
En tanto Olmedo ya era un capocómico consagrado –solo o en yunta con Jorge Porcel–, su coequiper encontró un hueco para colar su impronta más personal en programa propio, En la casa de Coquito, a la que su amigo llegaba de visita una vez por semana.
A comienzos de la década de 1980, con crujidos en el régimen militar, pero aun escasos atisbos de apertura democrática, la dupla volvió a tener alguna oportunidad de regresar al circuito, restituidos grado y uniforme, pero con cierto lógico desgaste.
En 1982, afectado por un cáncer de laringe, mientras todavía trabajaba en guiones para proyectos y actuaba con esfuerzo en ciclos televisivos tan exitosos como No toca botón, Humberto Ortiz falleció y se llevó a Coquito al país de los recuerdos más entrañables. El Capitán Piluso pasó así al retiro definitivo y Olmedo quedó profundamente conmovido por la pérdida de un hermano de la vida.
Tiempos modernos
Aquellos guiones originales, conservados primorosamente por Christian Ortiz, hijo de Humberto, fueron el sostén de un tardío intento por recrear la magia, en los albores del nuevo siglo.
En medio del programa ¡Qué espectáculo!, conducido por Maby Wells y Leo Montero, el dúo, ahora interpretado por Carlos Belloso y Hernán Jiménez, vestía los emblemáticos atuendos por unos breves minutos, casi una reminiscencia de los lejanos comienzos.
Christian Ortiz, quien heredó no solo el archivo, sino la capacidad para la escritura (trabajó profusamente para televisión y teatro, en varios rubros), mantiene la ilusión de volcar aquel legado en un formato 3D.
La canción de Fito no fue la única que tributó a la nostalgia. Luis Alberto Spinetta también se hizo eco y escribió e incluyó en su disco San Cristóforo (1998), la canción que dice “Piluso y Coquito/ la leche tomarán/ Escuchan a su abuela/ Y cintas de Popeye han de mirar”, y fue justicia.
Después de todo, “no hay merienda si no hay Capitán”, pero tampoco hay Piluso sin Coquito.

