Protagonista, espectador privilegiado y documentalista del movimiento artístico de los 60, Pedro Roth pasó de ser el fotógrafo preferido de los artistas plásticos a ser él mismo uno más dentro del amplio y vanguardista entorno del Instituto Di Tella. Nacido en Budapest, Hungría y naturalizado argentino, con 86 cumplidos Roth se esmera por mantener el legado de aquellos días, no solo en la práctica, sino también conservando en su propia casa de la ciudad de Buenos Aires una impresionante cantidad de obras de los artistas que conoció, fue amigo, y con algunos de los cuales hoy sigue manteniendo relación. “Una colección de esa época más importante que el Museo de Bellas Artes”, asegura.
–¿Cómo llega usted al Instituto Di Tella?
–Yo era el fotógrafo de todos, de Marta (Minujín), de Jorge Grunberg, Ruth Benzacar, estaba metido en el medio de todo eso cuando empieza la movida.
–¿Y cómo lo vivió?
–Yo ahora que me doy cuenta de todo lo que hice, me doy cuenta de lo importante que fue lo que yo hice. Porque cuando lo hacía eran fotos, nada más. Ahora me interno los miércoles en (la Fundación) Proa, donde estamos digitalizando mi archivo, y yo mismo me asombro de todo lo que yo había hecho. Pero en su momento era un trabajo más. Yo era parte de esa vida. Por ejemplo, sigo siendo el fotógrafo de “Yuyo” (Luis Felipe) Noé. Yo fui el que le presenté a Ruth a (Luis) Benedit, que yo era su fotógrafo y me había ido con él a Venecia. Había relación con todos.
–¿Era un ambiente de mucha actividad
–Fue un ambiente muy importante Buenos Aires para el arte contemporáneo y nosotros nos dejamos igual dominar por Estados Unidos, o sea que nunca nos tomaron en serio porque éramos como una sucursal de Nueva York.
–¿Eso por la influencia de Andy Warhol?
–Y vos fijate que Marta se hace famosa porque lo entrevistó a Warhol, y no porque era Marta. Eso es lo que pasó.
–Pero el arte de acá estaba al nivel de aquellos.
–Sí, y cuando Di Tella terminó desapareció el Di Tella y se llevaron todo a Miami.
–¿Cómo recuerda la vida cotidiana en esa época?
–Yo entré en el Di Tella por dos caminos. Uno porque era el fotógrafo de Marta. Porque en el Di Tella había un fotógrafo que no era yo, que perdió todos los negativos y ahí empiezo a trabajar para gente que estaba dentro del Di Tella y que terminaron siendo amigos míos. Armamos un grupo de pintores entre los que estaba Federico Peralta Ramos y Pier Cantamessa. Y por otro lado porque fui parte del primer grupo que fue luego Les Luthiers, que se llamaba I Musicisti.
–¿Usted ya era amigo de Roberto Plate cuando fue censurada su obra Baño público?
–Sí, él hizo el baño en una muestra (Experiencias 68) que era nada más que una pared con dos puertas, para varones y mujeres, y adentro era todo lo mismo. Y la gente empezó a escribir cosas en contra de (el dictador Juan Carlos) Onganía. El gobierno aprovechó eso y clausuró el Di Tella. Roberto sacó su baño público a la calle Florida y todos se adhirieron y empezaron a sacar todas las obras del Di Tella y terminó todo destruyéndose.
–¿Qué produjo en la sociedad ese episodio?
–En ese momento nada, lo consideraban una “boludez” más de lo que hacía el Instituto Di Tella, pero ahora todo el mundo se lamenta de no haberlo tomado en serio. Y nosotros nos reunimos en el Florida Garden todos los sábados a la mañana con un grupo de sobrevivientes de todo eso. Somos los últimos que quedan de esa época.
–¿Cuándo dejó de estar vinculado al Di Tella?
–El Di Tella terminó antes que yo, pero yo ya estaba trabajando como fotógrafo de Ruth Benzacar, que fui quien le consiguió el sótano donde puso la galería.
–¿Ve la huella del Di Tella en el arte contemporáneo?
−Lo que se logró de alguna manera es tipos que se copiaron de esa gente y por otro lado otro grupo que ignoró todo eso. Fueron dos corrientes. Durante los años que fue parte del agite cultural del Di Tella, Pedro Roth no fue considerado parte “formal” del Instituto, ni fue galardonado con un premio o invitado a exponer. Y sin embargo, su profuso recorrido junto a los artistas más destacados y su propia carrera fue finalmente reconocida el año pasado cuando el Salón Nacional de Artes Visuales lo galardonó con el Premio Nacional a la Trayectoria. Hoy día mantiene su actividad con su grupo Estrella del Oriente, que fundó junto con Daniel Santoro, Juan Carlos Capurro y Nano Herrera, con el que sigue produciendo obras “de vanguardia”, como las califica. Durante la pandemia, acogió en su casa de Palermo Viejo a su amigo Roberto Plate, quien reside hace años en París, y ambos realizaron una serie de pinturas que quedaron registradas en videos en el canal de YouTube Canal Roth.
–Hace poco usted montó una muestra en un supermercado del barrio, en la idea de que el arte tiene que acercarse al pueblo. ¿El Di Tella fue un poco eso?
–Yo siento que de alguna manera lo que hizo el Di Tella fue abrir una puerta a la gente, al público. Que eso no pasaba antes de esa experiencia, porque antes estaba el Jockey Club en la calle Florida, casi llegando a Lavalle, y los artistas se ponían ahí cerca porque por ahí pasaba la gente que iba al Jockey, toda la paquetería, que eran sus clientes. Era una rama que empezaba en San Telmo y se expandía hacia el Barrio Norte. Una rama que se fue secando. Porque cuando pusieron la bomba en el Jockey Club (fue incendiado en 1953) se fue a Barrio Norte y esa zona quedó un desierto. Entonces el Di Tella se pone en esa zona por donde pasaba todo el mundo, justamente. Se insertó en un movimiento, un mundo, y todo esto tenía un significado porque en la calle Florida estaba la agencia de publicidad de Siam. Todo pasaba por la calle Florida.
–Es decir que lo que hizo fue institucionalizar ese movimiento.
–Ese movimiento que de alguna manera se había terminado luego de la bomba. Todo eso quedó vacío y aparece el Di Tella, después de una Bienal que se organiza en Córdoba en la fábrica de autos de Kaiser, pero como en Córdoba no pasaba nada de arte no había donde depositar las obras. Yo era muy amigo de Nelly, la esposa de Guido (Di Tella), que fue realmente la que lo hizo. Ella murió, pero yo iba a su casa como si fuera la mía, porque éramos muy amigos, yo la quería mucho. Y cada vez que venían los artistas que se habían ido al exterior se hospedaban en la casa de Nelly.
–¿Cómo pasó usted de la fotografía al arte plástico?
–Una vez estaba en Bariloche y llovía entonces me puse a hacer dibujos para mi hijo Damián. Un día viene una clienta mía a mi casa y estaban esos dibujos sobre una mesa y ella me dice “¿de quién es eso?”, le dije “mío”, y me dijo “eso hay que mostrarlo porque es demasiado bueno”. Así empecé.

