La asonada militar del 4 de junio de 1943, que derrocó el impopular gobierno de Ramón Castillo, formó parte de la saga de golpes de Estado que sacudieron el siglo XX argentino. Tuvo sus diferencias con el de 1930 y de los que siguieron en las décadas de 1950-1970. Un movimiento generado por una logia de coroneles, el Grupo de Oficiales Unidos, de orientación derechista, no podía generar mayores expectativas. Pero tampoco provocó resistencias notables: ponía fin al ciclo de la conservadora Concordancia, que preparaba su perpetuación en las elecciones presidenciales, con el previsto triunfo, gracias al fraude, del candidato Robustiano Patrón Costas.
La posición argentina ante la Segunda Guerra era un asunto crucial. Castillo había mantenido la neutralidad del país, una conducta no disonante con los intereses de Gran Bretaña, con los que Argentina mantenía un activo intercambio comercial. Esto no resultaba del agrado de Estados Unidos, el otro imperialismo que conformaba el bando aliado. Desde diciembre de 1941 Washington pretendía que todas las capitales del continente se plegaran en su declaración bélica contra el Eje Berlín-Roma-Tokio. Patrón Costas se mostraba como un candidato proyanqui, partidario del ingreso en la guerra. El GOU salió al paso, reafirmando el neutralismo. En este posicionamiento influían las concepciones antiliberales de muchos uniformados, simpatizantes del fascismo social europeo, que buscaba pactos entre el capital y el trabajo para salvaguardar la unidad de la nación. Para la clase política tradicional de corte “progresista” esto era traicionar la causa de la democracia.
CARÁCTER DEL RÉGIMEN
El régimen militar tuvo un carácter reaccionario, con un anticomunismo desembozado, presente en la inicial proclama del general Arturo Rawson y continuado durante los gobiernos de Pedro P. Ramírez y Edelmiro Farrell. Se mantuvo el estado de sitio y se disolvieron los partidos. La represión fue policial y militar: en dos años fueron miles los dirigentes y militantes comunistas, socialistas o radicales encarcelados, con denuncias de torturas, mientras sus periódicos fueron cerrados. Muchos sindicatos fueron intervenidos y los gremios comunistas fueron prohibidos, mientras que la CGT N° 2, en la que estos se insertaban, luego también fue disuelta.
Esta acción represiva se combinó con un acercamiento al movimiento obrero, por parte del coronel Juan Domingo Perón, primero al frente del DNT, a partir de noviembre desde la flamante Secretaría de Trabajo y Previsión. Buscaba conjurar la presencia comunista, canalizando demandas de los trabajadores. Promovió la intervención estatal en la vida de las empresas, reparando viejos agravios, que implicaron aumentos salariales y nuevas leyes sociales. Su discurso retomaba la doctrina social de la Iglesia e invitaba a los empresarios a sacrificar algo de sus beneficios para evitar una agudización de la lucha de clases. La STyP apoyaba los “sindicatos paralelos”, en competencia con los comunistas, como sucedió en los sectores de la construcción, metalúrgico, textil y de la carne.
Desde 1944, ya en la gestión de Farrell, Perón sumó las funciones de ministro de Guerra y luego de vicepresidente. Comunistas y socialistas lo denunciaban como demagogo y fascista, mientras su figura cobraba creciente centralidad pública. Capitalizaba la obtención de leyes y decretos a favor de los trabajadores, sobre salarios mínimos, descanso dominical, prevención de accidentes, vacaciones pagas, generalización de las jubilaciones, indemnización por despido, consolidación de la justicia laboral, negociación colectiva entre sindicatos y patrones, crecimiento de la afiliación sindical y proyecto de instauración del aguinaldo. Perón ensanchaba sus vínculos con representantes gremiales que acreditaban largas militancias en un socialismo emancipado del perfil opositor del PS o de un sindicalismo acostumbrado a privilegiar una estrategia pragmática, habituada a la negociación con el Estado.
LUCHA ELECTORAL
Desde 1945 Perón quiso lanzarse a una inminente lucha electoral, pero se topó con tropiezos. Su excesivo protagonismo tuvo oposiciones en las Fuerzas Armadas. Los sectores patronales parecieron sentirse más amenazados por la gestión de aquel, quien alentaba la movilización de las masas y el “resentimiento social”, mientras otorgaba lo que percibían como abusivas concesiones. Si bien el reclutamiento “peroniano” entre conservadores y radicales alcanzó logros, finalmente pareció acotado. La mayoría de los políticos apostaron a una gran coalición opositora.
El panorama dio un giro en septiembre: precedida por la conformación de una Junta de Coordinación Democrática, una amplia coalición de radicales, conservadores, demócratas progresistas, socialistas y comunistas ganó las calles de Buenos Aires en la multitudinaria “Marcha de la Constitución y la Libertad”. La ofensiva opositora arrinconó al gobierno con el pedido de rendición incondicional de Perón. Fue entonces cuando este convocó a los sindicatos a manifestarse, lo cual agudizó la polarización política, decidiendo a los militares acceder ante las presiones de los partidos: el 9 de octubre Perón fue despojado de todos sus cargos y el día 12 fue encarcelado.
Lo más inesperado ocurrió el 17 de octubre, con la gran movilización obrera laborista que pidió la libertad del coronel. Concentración de masas impulsada desde abajo, gracias a la agitación de la “vieja guardia sindical” y también alentada por sectores de la burocracia estatal y policial. Aquella marcha hacia la Plaza de Mayo acabó por convertirse en un punto de inflexión: bloqueó la estrategia de la oposición y redefinió el campo de las alternativas. El acontecimiento logró rescatar a Perón de la prisión y depositarle en sus manos otra oportunidad para ensayar un nuevo intento político. Lo logró capitalizar, triunfando en las elecciones de febrero de 1946. Se iniciaba así el largo ciclo del peronismo.

