“Este es un proyecto que tengo en mi cabeza hace más de veinte años, cuando me ofrecieron escribir una novela policial con un escritor de protagonista. Elegí a Julio Verne y aunque la colección no se concretó, se me había metido la idea de esta novela. Había leído una biografía sobre Verne que ponía en evidencia un montón de lados oscuros y eso lo volvía mucho más interesante que el autor de esas novelas que había leído en mi infancia”, explicó Sergio Olguín sobre el origen de su nueva novela, Los últimos días de Julio Verne.
–¿Cómo lograste mantener vivas las ganas de escribirla durante veinte años?
–Cada año me planteaba escribir la novela y la dejaba para hacer otro proyecto. El anteaño aflojó laburo en guiones y proyectos, y me puse con la novela, que más que nada implicaba leer. A medida que escribía me daban ganas de leer más. Leí novelas, libros de historia; releí una historia de vida privada del siglo XIX, centrada en el estilo de vida francés. Después conseguí una guía turística francesa de finales de ese siglo. ¡Y ahí estaba todo! Qué transportes había, cuánto costaban y sus recorridos; dónde se podía comer, qué tipo de comida daban, cuánto había que dejar de propina; los horarios de apertura y cierre de la morgue judicial, que era un lugar turístico donde la gente iba a ver a los muertos, como quien va al cine. Con esas guías y la literatura de la época tenía todo el material que necesitaba para escribirla.
–Algo que estructura todo el relato es la relación entre padre e hijo. ¿Esta cuestión estaba ya hace veinte años, cuando imaginaste la novela?
–Lo que me permitió la biografía de Julio Verne fue descubrir a Michel, el hijo, que era un personaje muy complejo, un adolescente muy problemático para Julio. Por lo visto, a Michel le gustaba mucho el mundo de las prostitutas, el alcohol, el juego, y gastaba mucho dinero. Y Julio tomó medidas muy extremas, como hacer meter preso a Michel, en uso de la patria potestad. Después de eso lo subió como grumete en un barco que se iba para el Extremo Oriente para que “se haga hombre”. En la vida real, Michel Verne, vuelve y se casa, tiene hijos, no lleva esa vida tan de descontrol que tiene en la novela. Lo que sí es cierto es que Michel fue el continuador de la obra de Julio Verne, y que terminó de escribir varios de sus textos. Cuando Julio muere, la familia decide explotar la marca y siguen publicando sus libros como si estuviera vivo. Hoy se sabe que hay algunos textos, como “El eterno Adán”, de lo mejor que escribió Julio Verne como cuentista, que no los escribió Julio, sino Michel.
–Sorprende que toda la historia está atravesada por un texto, el trabajo del doctor Zambaco, que parece delirantemente ficcional pero es absolutamente verídico. ¿De dónde sacaste eso?
–Estaba documentándome para la novela, leyendo la historia de la vida privada, y como al pasar la autora habla de las cosas que hacía el doctor Zambaco como algo extraño. Entonces me puse a buscar qué era lo que había hecho este doctor y descubrí que cerca de 1880 había tratado a dos chiquitas, que decían que sufrían de un onanismo compulsivo. El tratamiento fue quemarles los órganos sexuales y lo cuenta en un informe que prepara para una revista médica francesa. Esto habla de la represión sexual que existía sobre el cuerpo femenino, y cómo a su vez era un lugar de experimentación.
–¿Vos tradujiste ese informe médico?
–Sí, es muy largo, insoportable. Como era médico, está bastante mal escrito. Todo lo horrible que en la novela se dice que hacía, este tipo lo hizo.
–A pesar del policial y las varias líneas diferentes en el tiempo y el espacio, es clave la relación oscura entre padre e hijo. Eso no lo perdés nunca de vista.
–La novela está dividida en tres partes: la del medio es una historia de otra época a la que pertenecen las otras dos. Esa historia la escribí al final; escribí de corrido el comienzo y el final, y luego escribí la del medio. La visión que yo tenía de Julio Verne, cuando empecé ese intermedio, era distinta. Lo veía como alguien que había hecho mucho daño, pero descubrí que Verne salvó a una chica y quiso salvar a un pibe, le enseñó a escribir y no abusó de él como yo suponía en un comienzo. El lector se encuentra con una primera parte y un final donde Julio Verne es un tipo muy duro, y en esa parte media, para desconcierto del lector, es querible. Me pareció bueno, porque la otra mirada es la mirada del hijo, y los hijos tenemos una mirada dura respecto de nuestros padres. Ese proceso me sirvió para poder entender el lugar del hijo y entender el lugar del padre.
–Las guías y los mapas te sirvieron seguramente para inventar la historia de los cuatro personajes buscando develar el misterio del cadáver. ¿Cómo fuiste construyendo ese desenlace?
–Siempre es difícil el policial con trama múltiple. Tiene un problema complicadísimo de resolver: todo tiene que llegar al mismo punto en el mismo momento. Es como hacer un plato complejo con varios ingredientes, todo tiene que servirse a punto al mismo tiempo. Acá había distintas líneas narrativas que tenían que coincidir en el mismo lugar, lo que en el teatro clásico español se llama “final de fiesta”, que es donde se reúnen todos los personajes y termina la historia. Fue bastante complicado llegar a eso. Lo que hice fue apoyarme en los géneros. La novela es básicamente un thriller, pero decidí tomar dos géneros que fuerzan la realidad, uno el terror y el otro lo que los franceses llaman el gran guiñol, un género donde podía pasar cualquier cosa horrible y sin que se cuestionara. Al final hice una cosa totalmente descontrolada, que casi la saca del registro realista, pero apoyado en ese género popular de la época en que transcurre la historia. Usar ese género que permite forzar la realidad y llevarla al extremo, al borde del terror y al borde de la comedia al mismo tiempo, me sirvió para resolver esos caminos múltiples.
–Estás escribiendo contratapas en Página/12, donde expresas tus posiciones políticas, algo que hasta el momento no habías hecho. ¿Por qué tomaste la decisión de asumir posiciones tan potentes?
–Cuando me ofrecieron escribir en las contratapas de Página, primero pensé que me iba a dedicar a escribir sobre escritores, sobre gente que admiro. Y lo que ocurrió es que llegaba al momento de escribir sintiendo la necesidad de hablar de lo que está pasando en la política nacional o en la ciudad Buenos Aires. Además me resultaba muy superficial escribir, no sé, sobre un escritor del siglo XIX, cuando se están destruyendo todos los valores que considero importantes en la sociedad. Eso me llevó a escribir textos mucho más políticos, cosa que hasta ese momento no había hecho de manera tan abierta. Me parece que en este momento es necesario que los tipos que tenemos una posición política, y tenemos la posibilidad de expresarla en un medio como es la contratapa de un diario, lo usemos para decirlo.
–Muchos escritores argentinos fueron parte de una tradición de intervención política. Estamos en un momento paradojal, vuelven los 90 con la prédica de extremo individualismo y en paralelo muchos escritores debaten sobre lo que pasa en la política concreta.
–Si hay algo que diferencia los 90 con esta época es la participación del intelectual en el mundo político. ¿Por qué? Porque los 80 y 90 son hijos de la dictadura, y la dictadura rompió los canales comunicativos con las generaciones del 60 y del 70, que eran muy politizadas. Las de los 80 y el 90, salvo determinados autores muy concretamente, se alejaron de lo político. Hoy somos hijos de la democracia, eso hace que seamos más conscientes de lo que se puede perder en estos momentos. Por eso me parece también que hay más participación por el lado de los escritores. Yo no lo notaba tan claramente en los 90. También es honrar una tradición literaria argentina, porque Sarmiento, José Hernández o Echeverría no se veían tanto como escritores, sino como sujetos políticos. Ponían su literatura, esas obras maestras que hicieron, al servicio de una postura política. Lo no tradicional es lo que ocurrió en los 90. Ese silencio de radio o ese resumen político que era mirar irónicamente al menemismo. Me parece quela mirada irónica sobre Milei tiene que ver con ese intento de disfrazar lo político y no darle bolilla a lo que importa, si en los 90 fue la destrucción del Estado, ahora es lo mismo, pero de manera mucho más salvaje.

