Una canción escuchada en un tocadiscos, una canción que evoca una memoria familiar, una canción que es ronda de amigos, una canción que forma una trama narrativa a lo largo del tiempo, y que en definitiva cuenta una historia de vida, la de Lidia Borda, una voz con sentimiento barrial y con perfume a glicinas, que a mediados de los años noventa, creó una cofradía de seguidores con su primer disco Entre sueños: aquel álbum, que definió su estilo y su permanencia dentro del tango. Después sus colaboraciones con la orquesta El Arranque, sus veladas criollas con Cristina Banegas y Liliana Herrero, su trabajo poético sobre Homero Manzi, Atahualpa Yupanqui, el Tata Cedrón, hasta incluso su visión sobre Charly García, se moldearon a su original universo interpretativo.
La noche, su nuevo álbum, es de alguna manera un viaje por ese recorrido emotivo de canciones que cuentan su peregrinaje dentro del mundo de la canción popular, acompañada por un ensamble exquisito: Daniel Godfrid (piano y arreglos), Sebastián Espósito (guitarra), Paula Pomeraniec (cello), Manuel Quiroga (violín), Facundo Guevara (percusión), Guido Martínez (bajo). El repertorio del álbum es inapelable: “Romance de Curro ‘El palmo'”, de Joan Manuel Serrat; “Tormenta”, de Armando Discépolo; “Noche de ronda”, de Agustín Lara; “Maquillaje”, de los hermanos Expósito; “Quizás, quizás, quizás”, de Osvaldo Farrés, o “Stefanie”, de Alfredo Zitarrosa. El disco con diez canciones, editado por Acqua Records, será presentado en vivo los sábados 1 y 8 de junio, en el Torquato Tasso, Defensa 1575 (CABA).
–¿Cómo surgió el concepto del álbum La noche?
–Lo que surgió primero fue la idea, o más bien la necesidad de hacer un repertorio por fuera del tango, aunque sin la presión de que no hubiera algún tango colado. Eso se transformó en una serie de recitales que hicimos con Daniel (Godfrid) que llamamos “Caramelos surtidos”. Luego llegaron las ganas de grabar, así que una selección de ese repertorio es lo que se transformó en este disco, al que primero pensamos llamar igual que el espectáculo, pero la realización del arte de tapa, sobre una maravillosa foto de Nora Lezano, definió un cambio de rumbo y retomamos la búsqueda de otro título. Lo sorprendente fue que La noche refleja exactamente lo que ocurre con la música elegida. De alguna manera esa foto es el resumen del disco en una imagen.
–¿Qué querían que estuviera representado en cuanto a los climas, estilos y compositores?
–La idea de “Caramelos surtidos” era el eclecticismo, canciones que iban emergiendo en mi memoria musical, sin preconceptos ni filtros. Pero aunque no se planee, siempre termina armándose un relato. No es una decisión predeterminada, voy eligiendo los temas, y ellos arman el discurso. Sí, voy pensando en climas. Aunque mis decisiones tienden hacia lo dramático, busco equilibrar el repertorio con el tratamiento estético, la voz y los arreglos. De esto último se encarga Dani (Godfrid), que tiene bellas ideas y entiende perfectamente lo que quiero, aunque supongo que ahí funciona también una coincidencia de un camino estético. En este disco la producción artística la hicimos Daniel, Sebastián Espósito y yo, así que cada uno fue aportando lo suyo.
–Hay un respeto por el estilo de cada género como si quisieras encarnar distintos personajes, desde el bolero de “Mis noches sin ti”, hasta la balada oscura de “Stefanie”, de Zitarrosa. Es como si fueran pequeños cortos dentro de una película.
–Sí, fue exactamente así, aunque no pensé esa linda idea de cortos de una misma película, pero es eso. A mí me gusta buscar diferentes estados emocionales en el repertorio y traducirlos en colores, texturas, intenciones vocales. Es lo que me entusiasma al encarar un tema. Es buscarle la voz que, para mí, mejor le quede a esa historia y a los personajes que la habitan. Vos pensá que una canción a veces está relatada en primera persona, como en “Ojos verdes”, por ejemplo, y que ese relato encierra muchos climas. Ahora, pensá que además puede haber un relator externo, omnisciente, es decir, el tema se cuenta en tercera persona, como en “Romance de Curro ‘El Palmo'”, pero después pasa a la voz del personaje y cambia a primera persona. Entonces el relato tiene la voz del relator y de todos los protagonistas con sus vaivenes emocionales, más mis propias emociones que también juegan un papel. Y eso es diferente y nuevo en cada canción. Cada autor, cada canción tiene un tono, un latido y hay que encontrarlo.
–¿Qué historia hay detrás de algunas versiones como, por ejemplo, el “Romance de Curro”, donde parece haber algo emocional con Serrat?
–Todos los temas que elijo tienen que ver con mi vida. Esa canción la conocí de muy chica. Mi hermano Alejandro la trajo en un disco de Serrat. Él era mayor que yo, trabajaba en una disquería, era un adolescente y yo una niña. Por entonces traía discos y se quedaba conmigo escuchando las canciones. Esa puntualmente me la “tradujo”, me explicaba las metáforas, las palabras que no entendía y me contaba la historia. Yo luego las aprendía y las cantaba cuando me quedaba sola y me producían mucha emoción. Así también me pasa con “María Elena” o “Quizás, quizás”, que por otro lado me di cuenta hace poco de que forman parte de un mismo disco de Nat King Cole en castellano, que también le regaló mi hermano a mi vieja. Por mis hermanos conocí mucha música, por mis viejos también, pero ellos eran más del tango, o el folklore, y mis hermanos traían a casa lo que sonaba en los 70, o en los 80. Luis, mi otro hermano, además es músico, así que entre diferentes estéticas, gustos, ritmos, idiomas, fue armándose esta historia de canciones que ahora fui rearmando, pero con el bagaje de lo vivido. Creo que me acabo de dar cuenta que este disco es una especie de homenaje a aquellos que me dieron algo a través de la música que me hacían conocer, como mis hermanos, mis viejos y mis amigos.
–¿El tango te quedó chico, o hay mucha tela para cortar en ese territorio?
–No, para nada, sería una arrogancia. Pero había otras cosas que quería decir, o decirlas de otra manera. Cada género tiene una forma, una estructura, una estética, que pide una respuesta vocal determinada y yo quería cantar otras cosas, jugar con otros sonidos o colores vocales. El tango es enorme, un género que me sigue fascinando y que, además, representa el legado familiar, es gran parte de mi identidad, pero no toda mi identidad.

