Cuál es la medida que tengo para darme cuenta de que hoy el peronismo es el movimiento histórico al que, yo pienso, debe acceder naturalmente un cristiano, para mirar las cosas desde el lado de los pobres? Y esto no significa que no se puede ser cristiano y no peronista. Lo que sí me parece más difícil es ser cristiano y antiperonista.” El que escribe con certeza esa sentencia respecto de la relación siempre directa y dialéctica entre peronismo y cristianismo es el sacerdote y mártir Carlos Mugica. Corría el turbulento año 1973, en el cual él iba a asumir un compromiso político poco común para un sacerdote católico: acompañar a Juan Domingo Perón en viaje de regreso definitivo a la Argentina, polemizar en la primera plana de los diarios y revistas con las organizaciones político-militares tanto de izquierda como de derecha –Montoneros y la Triple A–, y ser funcionario público en el Ministerio de Bienestar Social dirigido por José López Rega.
Mugica es taxativo en la relación entre el peronismo y cristianismo: la totalidad es la religión, pero esa totalidad no puede desdeñar a una parte que doctrinariamente es constitutiva de los valores de esa totalidad. Además, en su opción por la fe orientada a la escucha y la defensa de los pobres, el sacerdote, párroco de la Cristo Obrero, emplazada en la Villa 31, religa la apuesta crística de Jesús con los humildes de la Judea del año 30 con la sustantividad de los pobres en plenos años 70. Si Jesús está con los humildes en un plano trascendental; si en el territorio histórico los pobres de ese momento, los de carne y hueso, están con el peronismo, no solo hay que respetar y comprender esa ligazón sino que hay que sumergirse en ella para hacerse pueblo. Pero aún queda una vuelta de tuerca más en la sentencia: se puede ser “no peronista”, lo que sería imposible para un cristiano es “ser antiperonista”: si Cristo está con el pueblo y el pueblo es peronista, estar en contra del peronismo es estar en contra del pueblo, ergo, es ir en contra de Cristo. Este es el sacramento de la fe de Mugica.
En el texto “Los valores cristianos del peronismo”, Mugica explica: “Ser cristiano es, fundamentalmente, aceptar a Cristo, creerle a Cristo y creer en Cristo y por lo tanto responderle. La vivencia cristiana supone una obediencia a la fe en el Señor. Y uno le cree a Cristo no por lo que piensa sino por lo que hace… ‘Ustedes son mis discípulos, si hacen lo que yo les digo…’, ‘No, el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos sino aquel que hace la voluntad de mi Padre’. Entonces yo tengo que hacer, tengo que optar en concreto y toda opción concreta está cargada de historicidad y por lo tanto es relativa. ¿En qué reside la diferencia entre lo cristiano y un movimiento político como es el peronismo? Los valores cristianos son propios de cualquier época, trascienden los movimientos políticos, en cambio el peronismo es un movimiento que asume los valores cristianos en determinada época. ¿Cuál es la medida que tengo para darme cuenta de que hoy el peronismo es el movimiento histórico al que yo pienso debe acceder naturalmente un cristiano para mirar las cosas del lado de los pobres? Y esto no significa que no se puede ser cristiano y no peronista. Lo que sí me parece más difícil es ser cristiano y antiperonista. Aunque en la adhesión a cualquier movimiento político, un cristiano debe siempre mantener una distancia crítica desde la fe. Tiene que revitalizarlo, que no significa minimizarlo. Puede adherir a él, pero un cristiano sabe que un movimiento político no va a crear la sociedad perfecta, va a realizar sí determinados valores pero también corre el riesgo permanente de desvirtuar esos valores. Pero puede criticarlo solo en la medida de su participación en el proceso, en la medida en que no esté mirando el partido desde afuera. ¿Cuál es ese juez que me permitirá valorar si el peronismo es hoy la instancia histórica a través de la que me interpela Cristo, a través de la que voy a mostrar mi amor a mi pueblo y a mis hermanos? El juez es la gente, el pueblo, los oprimidos. La categoría pueblo casi coincide con la categoría pobres, aunque no la abarque totalmente. Yo sé por el Evangelio, por la actitud de Cristo, que tengo que mirar la historia humana desde los pobres. Y en la Argentina la mayoría de los pobres son peronistas, para decirlo de una manera muy simple”.
El propio Mugica cuenta su conversión al peronismo y en esa conversión quizás se encuentre el signo de su vida (y de su muerte). “Una noche, fui al conventillo como de costumbre. Tenía que atravesar un callejón medio a oscuras y de pronto, bajo la luz muy tenue de la única bombita, vi escrito, con tiza y en letras bien grandes: ‘Sin Perón, no hay Patria ni Dios. Abajo los cuervos’. La gente del conventillo me conocía bien, yo había intimado bastante con ella durante todo ese tiempo (después seguí yendo, casi todo el año 56). Sin embargo, para mí lo que vi escrito fue un golpe: esa noche fue el otro momento decisivo en mi vida. En la casa encontré a la gente aplastada, con una gran tristeza. Yo era un miembro de la Iglesia y ellos le atribuían a la Iglesia parte de la responsabilidad de la caída de Perón. Me sentí bastante incómodo, aunque no me dijeron nada. Cuando salí a la calle aspiré en el barrio la tristeza. La gente humilde estaba de duelo por la caída de Perón. Y si la gente humilde estaba de duelo, entonces yo estaba descolocado: yo estaba en la vereda de enfrente. Yo fui antiperonista hasta los 26 años y mi proceso de acercamiento al peronismo coincidió con mi cristianización. Es decir, en la medida en que descubrí en el Evangelio, a través de la Teología, que la Iglesia es de todos, pero ante todo es de los pobres, como decía Juan XXIII, y que Cristo evangeliza a todos sin distinción de personas, pero sí con distinción de grupos y prefiere a los de su propia condición, a los pobres, empecé a mirar las cosas desde otro punto de vista.”
LOS PIES EN EL BARRO
La historia de Mugica con el peronismo es conocida. Fue líder espiritual de Fernando Abal Medina, Gustavo Ramus y Mario Firmenich, los fundadores de Montoneros, en la Acción Católica, donde formaba a los jóvenes en la visión de Pierre Teilhard de Chardin, el humanismo de Jacques Maritain, y la doctrina del compromiso con el mundo de Emmanuel Mounier, Yves Congar y Michel Quoist, teólogos de cabecera de las nuevas generaciones. Pilar fundamental del Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo –la traducción argentina de la Teología de la Liberación que militaban el peruano Eduardo Gutiérrez y los brasileños Hélder Camara y Leonardo Boff, entre otros–, militó por una visión radicalizada de compromiso en la opción por los pobres junto a sacerdotes como Jerónimo Podestá, Jorge Vernazza y Domingo Bresci.
El compromiso de Mugica con los turbulentos años 70 y con la teoría y la práctica revolucionaria fue explícito. Durante el funeral de los líderes Montoneros, asesinados el 7 de septiembre de 1970 en las afueras de una pizzería en William Morris, el sacerdote expresó en el responso: “Gustavo y Fernando Luis eligieron el camino más duro y difícil por la causa de la dignidad del hombre. No podemos seguir con indefinición y con miedo, sin comprometernos. Recuerdo cuando con Carlos Gustavo hicimos un viaje al norte del país y allí lo vi llorar desconsolado al ver la miseria y el triste destino de los hacheros. Fue fiel a Cristo, tuvo un amor concreto y real por los que sufren; se comprometió con la causa de la justicia, que
es la de Dios, porque comprendió que Jesucristo nos señala el camino del servicio. Es un ejemplo para la juventud, porque tenemos que luchar para alcanzar la sociedad justa y superar el mecanismo que quiere convertirnos en autómatas. Que este holocausto nos sirva de ejemplo”.
En 1973, Mugica fue propuesto como candidato a diputado, pero rechazó el ofrecimiento y, en cambio, aceptó asesorar al Ministerio de Bienestar Social. Con el correr de ese año dificultoso, escarpado, contradictorio, sus convicciones lo llevaron a tomar distancia de las acciones violentas realizadas por la derecha peronista –como Ezeiza, por ejemplo– y de aquellas ejercidas por Montoneros –el asesinato de José Ignacio Rucci– por considerar que la violencia es absolutamente contradictoria con los tiempos de la democracia. “Es un deber de todos los cristianos hoy entrar en la lucha por transformar la sociedad, o renovar el orden temporal. Aquí el Papa no hace distinción entre curas, monjas y laicos, sino que dice ‘todos los cristianos’. Esa es la acción política; la acción que tiende a transformar, a modificar la sociedad. Por eso Santo Tomás dice que la acción política es la más noble de todas las actividades, porque no tiende al bien de uno o de algunos, sino al bien de todos, de toda la sociedad.”
Hacia principios de 1974, Mugica se encontraba políticamente aislado. Tras renunciar al ministerio por fuertes desavenencias con López Rega y cuestionar el alejamiento de Montoneros del peronismo en la Plaza de Mayo durante la marcha del Día del Trabajador, quedó a contrapierna de las fuerzas políticas, pero en “paz con sus entrañas”. Alguna vez había dicho: “Algunas personas dicen ‘no soy violento’. Pero la Iglesia siempre justificó la violencia justa y condenó la injusta. Es decir que ser no violento no significa ser pasivo sino significa denunciar la violencia del sistema aceptando que recaiga sobre uno. El cristiano puede o no estar dispuesto a matar –y esto por razones de conciencia, de información o de ideología– o sea a responder o no a la violencia con la violencia que sufre. Pero lo que no puede dejar de ver es que debe estar dispuesto a morir y esto es clarísimo”.
Carlos Mugica fue asesinado el 11 de mayo de 1974 a manos de un esbirro –ni su nombre merece ser recordado– de la Triple A, organización liderada por López Rega. Murió como vivió. Murió por cómo vivió.

