La clásica nómina de inventos argentinos incluye el colectivo, la birome y el dulce de leche. Para darle más actualidad, podríamos agregar el silobolsa y la siembra directa. Pero, desgraciadamente, hay que sumar al menos dos más, ambos en el campo laboral: el trabajador pobre y el monotributismo como forma primordial de contratación.
En la Argentina, un tercio de los trabajadores son pobres, y uno de cada seis trabajadores registrados, formales y con aportes, también lo es. Según datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), el 15 por ciento de los trabajadores formales y en relación de dependencia vive en hogares pobres.
Hasta hace unos años, tener trabajo era casi una garantía de superar el umbral de la pobreza y ser de clase media, pero ya no. En la Argentina se “inventó” el trabajador regular, e incluso formal y con aportes a la seguridad social, con ingresos que no le permiten salir de la pobreza.
En este caso, hablamos de pobreza por ingresos, que es la que mide la EPH, aunque el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) amplía el concepto a la pobreza multidimensional, que abarca condiciones de vivienda, acceso a agua potable, cloacas, educación, salud, etcétera. En ese caso, el panorama es aún peor.
El otro invento laboral argentino es el cuentapropismo, o el trabajo a destajo como monotributista, para todo servicio como forma primordial de contratación. Esto surgió en los 90, promediando la década menemista, al calor de la política neoliberal reinante entonces, que veía en la flexibilización laboral una forma de bajar los costos laborales y, por añadidura, los costos de producción.
Esta precarización de las condiciones de trabajo creció tras la caída de la convertibilidad y la disparada de la tasa de desempleo. En ese contexto, cualquier empleo servía, no importaba mucho la modalidad de contratación. Ese fue el caldo de cultivo para la masificación de esta modalidad en los primeros años de este siglo, por lo que el “factureo” llegó para quedarse.
MERCADO ESTANCADO
Desde hace ochos años, casi el único trabajo que se crea es el trabajo por cuenta propia o como monotributista, facturando por servicios, que a veces son puntuales y ocasionales pero que la mayoría de las veces son trabajos formales que esconden una relación laboral. Incluso en el Estado, con la enorme variedad de contratos “basura”, sin aportes, sin aguinaldo ni cobertura de obra social, y mucho menos estabilidad laboral.
Al menos desde hace dieciséis años, la masa de asalariados registrados en el sector privado oscila entre 5.660.000 (a enero de 2009, según datos del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social con base en registros de la AFIP) y 6.350.300 en febrero de 2024 (dato preliminar). En el medio hubo momentos de
mayor expansión y de retracción, como durante la pandemia, pero la tendencia en torno a los seis millones de trabajadores registrados se mantuvo.
Lo que muestra esta relativa estabilidad en el empleo formal privado es que desde hace muchos años todo o casi todo el empleo que se genera es precario, bajo el formato de cuentapropismo o monotributo, o directamente en negro.
La foto que muestra la Encuesta Permanente de Hogares correspondiente al último trimestre de 2023 marca que el 73,7 por ciento de los encuestados son asalariados, y entre ellos la mitad, el 35,7, no cuenta con descuento jubilatorio. Por su parte, el 22,6 trabaja por cuenta propia; el 3,4 son patrones, y el 0,3 son trabajadores familiares sin remuneración.
Según datos oficiales, el desempleo abierto en la Argentina está en un nivel realmente muy bajo, de 5,7 por ciento al último trimestre de 2023, idéntico al guarismo del trimestre previo. Es consistente con los buenos indicadores que el país supo tener en la época anterior a la dictadura 1976-1983, cuando predominaba el clásico fifty-fifty de reparto entre capital y trabajo, y la pobreza no superaba el seis por ciento.
Pero pasaron cosas y se impusieron la precarización laboral y la flexibilización. “El trabajo en negro puro es muy bajo en el país, pero sí es cierto que se ha ido generalizando el trabajo por monotributo, que en verdad es un fraude ante la ley. Incluso tal vez entre el 20 y el 30 por ciento de los casos, el Estado contrata de esta manera”, asegura el abogado laboralista Alberto “Pepe” Robles, del Instituto del Mundo del Trabajo.
“Este tipo de precarización empieza en los años 90 y se generaliza en la primera década de este siglo, pero la paradoja es que eso ocurrió en paralelo a la generalización de la paritaria anual, que no es algo que haya existido siempre, solo hubo paritarias anuales en 1962, en el 75 y en el 89”, explica Robles, que es titular de la cátedra Organización y Administración Sindical, de UBA-Sociales.
Consultado sobre el bajo nivel de desempleo abierto, el especialista lo compara con otros momentos de la historia reciente, remarcando que en el gobierno de Mauricio Macri el desempleo llegó a niveles del 11/12 por ciento, lo mismo que con Carlos Menem. Explica que durante el kirchnerismo, “Cristina le pedía a [Carlos] Tomada, el ministro de Trabajo, que el desempleo no subiera de ciertos niveles”.
EL HURACÁN
Hoy el panorama es bien distinto. “El mercado laboral está en un escenario crítico, con caída de la demanda, que empezó en el segundo semestre de 2023”, explica Matías Ghidini, titular de GhidiniRodil, una consultora especializada en empleo. Y recordó que entre 2013 y 2023 (con datos a octubre), “el empleo creció 16 por ciento pero el empleo privado solo el 4”.
Tras la fuerte devaluación de diciembre pasado, cuando el peso perdió 54 por ciento de su valor, todo indica que habrá un salto del desempleo. “Para el primer trimestre ya se habla del 7,2 por ciento”, anticipó Robles.
El combo de flexibilización laboral y aumento del desempleo tiene su correlato en la fuerte caída del salario real, que según explica el experto perdió el 24 por ciento el año pasado, pero con un desglose sorprendente. Al momento del cambio de gobierno venía perdiendo 5 puntos, y sumó otros 19 desde diciembre a esta parte.
En el mismo sentido, Ghidini detalló que “el salario real registrado descendió desde 2017 a 2023 un 35 por ciento en términos reales, pero lo que es más grave aún es que ese valor llega al 59,5 por ciento de caída del salario de los trabajadores no registrados o en negro”.
En su último informe, desde GhidiniRodil sostienen que “el origen de esta pérdida del poder adquisitivo es que desde 2018 los salarios ‘corren’ por debajo de la inflación”.
Y delinean un escenario complejo: “El escenario en 2024 es muy preocupante porque por un lado, a nivel salarial, se puede dar el séptimo año de pérdida de salarios contra la inflación. Si esto no llegara a suceder, según insinúa el mercado, será porque las empresas en lugar de definir una pauta salarial tendrán que decidir si mantienen o no a su dotación de personal o empiezan con algún despido selectivo”.

