Que en las últimas décadas el mundo laboral cambió no está en discusión: sus sujetos mutaron, sus objetos se transformaron y sus herramientas tienen poco de similitud con las del pasado. Conceptos como informalidad, precariedad y pluriempleo se volvieron moneda corriente mientras que, a la vez, las expectativas de la masa trabajadora también mutaron. En el medio, los derechos laborales, los sindicatos, la legislación y la aplicación o no de las normas según los gobiernos de turno. Rubén Cortina, abogado especializado en relaciones laborales y dirigente sindical, reflexiona cómo y por qué se llegó a esta coyuntura.
–¿Se puede hacer una comparación de la situación de los derechos laborales actuales con los de hace algunas décadas?
–Ocurre que en el medio hubo muchos cambios, en las subjetividades del trabajador y la trabajadora, en las expectativas, en cuál y cómo debe ser la protección, en los contextos políticos, etcétera. Por ejemplo, en la década del setenta se redactó y aprobó la Ley de Contrato de Trabajo (N° 20.744), que fue un verdadero ejemplo en América Latina y el mundo para lo que era el derecho del trabajador hace cincuenta años. Sin embargo, hoy esa ley tiene algunos problemas, por ejemplo, que las 48 horas de trabajo semanales son actualmente la jornada más larga de América y que los períodos de vacaciones son los más cortos de la región.
–También cambió la situación del empleo/desempleo en el país.
–Claro, cuando se redactó esa ley había un desempleo coyuntural del cinco por ciento. Si te despedían de un trabajo, seguramente tenías una gran antigüedad y con la indemnización podías hacer muchas cosas; además, a los pocos días probablemente tenías otro trabajo. Pero el sistema indemnizatorio ya no funciona así. Primero, hay una altísima rotación en el mercado de trabajo, por lo que los montos por despidos son muy pequeños; segundo, las necesidades económicas aprietan al día a día priorizando el pago de cuentas y deudas, y tercero, hay un sistema implementado por la Ley 24.013, de los años noventa, que mediante el servicio de conciliación obligatoria te ata de pies y manos para que cobres menos y en cuotas.
–Mencionó la década del noventa, ¿qué lectura hace de la Ley de Empleo de 1991?
–No soy de los que creen que el análisis del mercado de trabajo se debe medir solamente por la legislación, pero es imposible no remarcar que la Ley de Empleo incrementó el desempleo, en lugar de aumentar los niveles de contrataciones, como indicaba su objetivo. Esa ley, y otras posteriores, implementaron un número importante de contratos por tiempo determinado, creyendo que eso iba a facilitar la contratación de personal en las empresas, pero obviamente no ocurrió e incluso fue uno de los motivos de la crisis laboral posterior.
–Hay tres conceptos que en el mundo laboral actual son moneda corriente: informalidad, precariedad y pluriempleo. ¿Cree que allí se originan?
–Esos tres elementos, y otros, se empezaron a manifestar a partir del Consenso de Washington, de la adoración al mercado en detrimento del Estado y de los intentos de desregulación del mercado de trabajo en los años noventa. Ahí comenzó un proceso, con esas consecuencias, que lejos de solucionarse se profundizaron en las últimas décadas. Eso desde lo político. Pero, a la vez, hubo un proceso de heterogeneización de la clase trabajadora que se volvió un problema. El sindicalismo estaba acostumbrado a construir la solidaridad sobre la base de lo homogéneo, y la diversidad actual de trabajadores formales, informales, precarios, dentro o fuera de los convenios colectivos de trabajo, lo complejizó todo.
–¿Qué lugar ocupa la transformación tecnológica en esta trama ya compleja de modificaciones del mercado laboral?
–Siempre viene la revolución tecnológica, luego el cambio tecnológico y, posteriormente, un reacomodamiento que puede ser positivo o negativo. Nos encontramos en medio de un cruce de tensiones y transiciones muy fuertes que impactan en el mercado de trabajo: la transición climática, la demográfica, la tecnológica y la geopolítica. En el campo tecnológico es muy difícil negar ese cambio: viene, se queda, y hay que intentar que sea lo más beneficioso para los y las trabajadoras. Pero es una transición, y como tal, conviven componentes de la vieja realidad: actualmente hay empresas tradicionales que poco a poco se tecnologizan y otras empresas tecnológicas propiamente dichas que rompen el molde sectorial al cual estamos acostumbrados los sindicatos.
–Y, sumando dificultades, aparecen las plataformas.
–Claro. En una realidad sindical como la argentina, donde tenés sindicatos de rama, ¿cómo clasificás a los trabajadores de plataforma?: ¿comercio? ¿gastronómicos? ¿camioneros? Y, a su vez, es difuso el trabajo, porque dentro de las plataformas tenés los call center, los administrativos y los repartidores. Estamos organizándolos, es complejo, pero el sindicalismo tiene que actuar rápido.
–¿Qué le genera hablar de una posible “reforma laboral”? ¿Prefiere evitar el debate o darlo desde adentro antes de que se imponga desde afuera?
–Por la implicancia histórica que tienen esas dos palabras juntas, no me gusta. Ahora, por fuera de eso, siempre hay que actualizar la legislación laboral y adaptarla a la nueva realidad; pero ojo, respetando los pisos protectorios alcanzados a lo largo de las décadas. ¿Qué significa proteger a un trabajador hoy y qué significaba hace cuarenta años? Tenemos que conversar eso, porque si cambia el sujeto de trabajo, cambia el objeto de trabajo y cambian las herramientas de trabajo, evidentemente hay que producir algunos reacomodamientos en la legislación.
–¿Cree que hay que darlo entonces?
–Creo que no se puede producir una reforma laboral sin un profundo debate que abarque a la academia, a las organizaciones sindicales, a los partidos políticos y al sector empresarial. No vamos a levantarnos de la mesa hasta no llegar a acuerdos que permitan una nueva legislación laboral que contemple la actualidad, sí, pero también los pisos alcanzados. Claramente no se puede meter la ley dentro de la realidad para modificarla, hay que entender la realidad para hacer una legislación que la contenga. Pero el mercado de trabajo no es el inmobiliario, no debemos tratarlo igual. Lo que está en juego es un ser humano, un trabajador y una trabajadora. Nosotros estamos interesados en un mundo mejor, con más derechos, no con menos.

