MARIANA ENRÍQUEZ
Anagrama
“Me quedo porque mi madre vive aquí. ¿Una muerta puede vivir? Está presente, entonces. Hay fantasmas que se me presentan. Que me buscan. La escuché gritar una mañana, a mi madre. No una madrugada, no durante la noche: a esa hora llena de luz, tan extraña para un fantasma”. Así arranca el primero de los doce relatos de terror que conforman este volumen, con los que Mariana Enriquez vuelve al género del que es una verdadera maestra, después de la multipremiada novela Nuestra parte de la noche.
En otro de los relatos, la protagonista sufre una enfermedad que hace que su piel se pudra, “como si estuviese muerta. Por suerte no huele, es solo el aspecto verdegrís lo impresionante, y que, de vez en cuando, se cae y voy dejando girones de mí misma por la casa”.
En otro la prima gringa vuelve a la Argentina a tratarse de una enfermedad mental: “Julie había empezado a jugar con un amigo invisible de chica, luego con varios. Los amigos-espíritus-voces no hacían nada, solamente hablaban con ella, no tenían sugerencias macabras, no rompían cosas. Era fácil convivir con ellos y Julie”. Siempre el horror aparece ahí, en el borde de lo cotidiano, en el borde de la razón, versátil, capaz de penetrar en todos, en cualquiera.

