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Mirando cine en la Quinta de Olivos

“1974 es el año de La Patagonia rebelde, una película de Aries.” El film de Héctor Olivera, basado en los dos primeros tomos de Los vengadores de la Patagonia trágica, de Osvaldo Bayer, aún no había sido estrenado y el eslogan publicitario ya presagiaba el éxito. Pero aquella frase no dejaba entrever la censura que la producción nacional debería soportar.

En solo casi cuatro meses de exhibición –entre el 13 de junio y el 2 de octubre–, La Patagonia rebelde escaló hasta la quinta ubicación en las preferencias del público porteño y del Gran Buenos Aires, con 379.453 espectadores –se calcula que fue vista por 1.200.000 en todo el país–. Adelante quedaron El golpe (1.021.672), Un toque de distinción (563.454), El exorcista (522.212) y La tregua (385.810), el primer film argentino en competir en el rubro de los Oscar dedicado a las obras extranjeras –Amarcord, de Federico Fellini, venció a la ópera prima de Sergio Renán–.

La fecha del estreno del nuevo trabajo de Aries, la productora de Olivera y Fernando Ayala, estaba prevista para el 11 de abril –Jueves Santo– en el Ocean, una tradicional sala de la calle Lavalle, en donde se daba Trader Horn, una historia de aventuras ambientada en África durante la Primera Guerra Mundial.

Pero el Ente de Calificación Cinematográfica, el organismo censor encargado de dar el visto bueno a las exhibiciones, frenó el trámite durante dos meses. El cineasta Octavio Getino, a cargo de esa dependencia, no pudo contener la presión que las Fuerzas Armadas ejercieron sobre la cinta, que denunciaba la masacre de obreros patagónicos cometida por el Ejército argentino durante la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen. El ministro de Defensa, Ángel Robledo, admitió que la traba era responsabilidad del representante de esa cartera en el Ente. Un dato no pasaba inadvertido: el comandante en jefe del Ejército, teniente general Leandro Anaya, era sobrino del general retirado Elbio Carlos Anaya, segundo del teniente coronel Héctor Benigno Varela en la represión en Santa Cruz.

Tras la postergación del estreno de La Patagonia rebelde y el cierre de las salas por el Viernes Santo, la cartelera de cine anunciaba que a partir de la trasnoche del sábado el público podría ver en el Ocean A la muchacha le gustaba tocar la trompeta.

La censura impidió que la película, que había sido declarada “de interés especial” por el Instituto Nacional de Cinematografía,  se estrenara junto con El camino hacia la muerte del viejo Reales, de Gerardo Vallejo, y un dispar conjunto de realizaciones extranjeras: La audiencia, de Marco Ferreri, que reunía a Claudia Cardinale, Enzo Jannacci, UgoTognazzi, Michel Piccoli y Vittorio Gassman; Nuestros años felices, de Sidney Pollack, con Robert Redford y Barbra Streisand; Magnum 44, un típico policial con Clint Eastwood; la sueca La nueva tierra, de Jan Troell, con Max von Sydow y Liv Ullmann; Gracias por aquel cálido diciembre, dirigida e interpretada por Sidney Poitier; 5 locos en el supermercado, una comedia francesa protagonizada por “Los Hermanos Charles”; la producción israelí Rosa, te amo y María, de Tito Davison, basada en la novela de Jorge Isaacs.

Pepe Soriano en una escena de la película “La Patagonia rebelde”. Foto NA

Para todos los gustos

Al boom cinematográfico nacional de 1974, encabezado por La Patagonia rebelde y La tregua, se sumaron Boquitas pintadas, de Leopoldo Torre Nilsson; Quebracho, de Ricardo Wullicher; La Mary, de Daniel Tinayre; y Gente en Buenos Aires, de Eva Landeck, y la ya mencionada El camino hacia la muerte del viejo Reales.

Ese año hubo casi medio centenar de estrenos nacionales, con opciones para todos los paladares. Algunos alcanzaron resultados dispares, como La balada del regreso, de Oscar Barney Finn; Los golpes bajos, de Mario Sabato; La Madre María, de Lucas Demare; Dale nomás, de Osías Wilenski; La civilización está haciendo masa y no deja oír, de Julio César Ludueña; Una mujer, un pueblo, de Carlos Luis Serrano, y La vuelta de Martín Fierro, de Enrique Dawi.

Otros apostaron a explotar éxitos televisivos: Rolando Rivas, taxista, de Julio Saraceni, nacido a partir de la novela de Alberto Migré protagonizada por Claudio García Satur y Soledad Silveyra; Papá Corazón se quiere casar, de Enrique Cahen Salaberry, con Andrea del Boca, y Minguito Tinguitela, papá, de Enrique Dawi, con el personaje emblemático de Juan Carlos Altavista.

No faltaron las obras montadas a partir de cantantes populares: Yo tengo fe, de Enrique Carreras, con Palito Ortega; Operación rosa rosa, de Leo Fleider, con Sandro; Un viaje de locos, de Rafael Cohen, con Donald, y Contigo y aquí, de Fernando Siro, con Elio Roca.                  

Isabel Sarli y Armando Bó ofrecieron dos producciones dentro del particular erotismo cultivado por la dupla: Intimidades de una cualquiera y El sexo y el amor. Otro dúo, Alberto Olmedo-Jorge Porcel, aportó Hay que romper la rutina, de Enrique Cahen Salaberry, y Los vampiros los prefieren gorditos, de Gerardo Sofovich.

Y el prolífico Emilio Vieyra incursionó en tres géneros distintos: el policial humorístico (La gran aventura), el terror erótico (Sangre de vírgenes) y la ciencia ficción (Extraña invasión).

Las razones del General

El escándalo por la censura contra La Patagonia rebelde trascendió los medios de comunicación, que reflejaron con distintas notas y entrevistas la postergación del estreno. El tema fue tratado en la Cámara de Diputados, a partir de un pedido de informes apoyado por representantes de distintas bancadas para que se permitiera la exhibición. Hasta un grupo de legisladores pudo ver el film en una función privada, un privilegio que también tuvieron varios militares en el Comando en Jefe del Ejército.

Los testimonios coinciden en que el presidente Juan Domingo Perón intervino en forma directa en el conflicto y, según Bayer, fue quien tomó la decisión de que se levantara la censura, más por una demostración de poder frente al jefe del Ejército que por oponerse a una restricción de la libertad de expresión.

Si bien las versiones varían y contienen matices, se puede afirmar que Perón vio la película en el microcine de la Quinta de Olivos y discrepó con su línea argumental. Antes tuvo que sortear una jugada del ministro de Bienestar Social, José López Rega, que en una oportunidad le cambió la cinta por un policial de Yves Montand con el argumento de que la copia de la obra cuestionada estaba defectuosa.

Después de varias idas y vueltas, el 10 de junio el Ente de Calificaciones dio el visto bueno al estreno con la advertencia “prohibido para menores de 14 años”. Para la productora Aries, la autorización era “un triunfo de nuestro pueblo”, mientras que Bayer destacó la colaboración del gobernador de Santa Cruz, Jorge Cepernic, cercano a la izquierda peronista, porque “sin su ayuda y sin su entusiasmo no hubiera podido realizar la dificilísima tarea de la filmación en los lugares históricos”.

Finalmente, La Patagonia rebelde se estrenó el jueves 13 de junio en el Broadway y asistió el elenco, encabezado por Héctor Alterio, Luis Brandoni, Federico Luppi y Pepe Soriano, además de otros integrantes del equipo y personalidades tan dispares como Tita Merello, Jorge Barreiro, Thelma Stefani y David Viñas, quien había participado en la redacción del guion, pero no aparecía en los créditos –su novela Los dueños de la tierra, que también aborda los sucesos patagónicos, había querido ser llevada a la pantalla grande por Olivera unos años antes–.

Convencida del éxito de la cinta, Aries planeaba continuar el trabajo en equipo con Bayer y rodar las biografías de los militantes anarquistas Kurt Gustav Wilckens, ejecutor de Varela; Simón Radowitzky –Radowitzky, el fugitivo de Ushuaia, con Arnaldo André en el papel del ácrata–; y Severino Di Giovanni y ahondar en los anarquistas expropiadores.

Los caminos de La Patagonia rebelde y de Perón volvieron a cruzarse poco después del estreno. La película, que había sido seleccionada para el Festival de Berlín –Gente en Buenos Aires participó de la muestra paralela–, se exhibió el 1º de julio, día en que murió el jefe de Estado. La delegación argentina se enteró de la noticia al terminar la función en el Zoo Palast, decidió suspender la conferencia de prensa prevista, no participó de la fiesta de cierre –el presidente del jurado, Rodolfo Kuhn, tampoco concurrió– y regresó a Buenos Aires con la obtención del Oso de Plata.

Tras la muerte del mandatario, se intensificó el clima represivo y la suerte del film y de gran parte del equipo quedó a la deriva. La asunción de Miguel Paulino Tato como nuevo interventor del Ente de Calificación Cinematográfica no hizo más que confirmar el rumbo que tomaba el gobierno en materia de censura.

A las amenazas de muerte lanzadas por la Triple A contra actores, actrices y representantes de la cultura –el exilio fue el destino de Alterio, Brandoni y Bayer, entre otros–, se sumó el levantamiento repentino de la película, que solo se exhibía en el Auditorio Kraft. El miércoles 2 de octubre fue la despedida.

Una década después, la democracia recuperada permitió que La Patagonia rebelde se reestrenara. En febrero de 1984, Bayer reflexionaba sobre el valor de la historia en esos días en que la dictadura quedaba atrás: “A pesar del tiempo transcurrido, el film, por el contrario, se ha actualizado tremendamente. La represión del Proceso tiene antecedentes directos en los acontecimientos de la Patagonia, en los que se robó, torturó y fusiló a las víctimas”.

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