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Bullrich, Milei, el árbol y el bosque

Patricia Bullrich. Foto: NA

Hablar de mafias sirve a menudo para captar la atención de la opinión pública, instándola a reaccionar mientras el bosque permanece eclipsado. Primero fue el espectáculo de la expulsión de los familiares de José Adolfo “Fito” Macías Salazar; después la enésima crisis en Rosario. En un contexto latinoamericano debilitado, cada vez más corrupto y violento como el actual, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, busca hacer leña del árbol caído, construyendo la legitimidad de su gestión sobre una oportunista “lucha contra las mafias” que, en definitiva, no hace más que crear las condiciones para justificar la represión de la protesta social.

“Los italianos nos están asesorando sobre el sistema antimafia”, admitió recientemente la ministra, como si la colaboración bilateral fuese más mérito suyo que del juez Giovanni Falcone, que la inició hace más de tres décadas. Inventar noticias no significa informar de un hecho que no ocurrió, sino convertir en noticia lo que antes no lo era.

Un año antes de ser asesinado el 23 de mayo de 1992, el juez Giovanni Falcone vino a la Argentina en misión oficial. En Buenos Aires, se reunió con diversos funcionarios argentinos para advertirles sobre las intenciones de la jerarquía mafiosa de trasladar su centro de operaciones debido a las condenas producto del “maxijuicio” de Palermo, un acontecimiento sin precedentes que encarceló a los líderes de la mafia siciliana. Sin embargo, las preocupaciones de Falcone no encontraron mucho eco… Ni entre los políticos ni en la prensa local. Falcone tuvo la impresión de que solo interesaba la llegada de nuevas inversiones, sin preguntar demasiado de dónde venía el dinero.

En Italia, unos meses antes de la llegada de Falcone a Buenos Aires, el magistrado habría tenido un entredicho público nada menos que con el entonces vicepresidente de la Argentina, Eduardo Duhalde, durante una mesa redonda sobre drogadicción y mafia celebrada en la Universidad de Bolonia. Falcone quedó atónito ante la teoría desarrollada por Duhalde, según la cual el problema del narcotráfico debía atacarse principalmente a través de la protección familiar y el fomento de las prácticas deportivas entre los jóvenes.

Ya en la Argentina, Falcone participó de un evento de cooperación con jueces, fiscales y policías. Eran los primeros pasos de una larga serie de iniciativas bilaterales –judiciales, policiales y de inteligencia– que pusieron en evidencia una y otra vez los límites de la ausencia de un marco regulatorio local para luchar contra las mafias. Tras el asesinato de Falcone, se impulsó la creación de un espacio internacional antimafia. Ese mismo año, 1992, se firmó en Roma un acuerdo con la Argentina sobre terrorismo, tráfico ilícito, narcóticos y crimen organizado. Las autoridades italianas consideraron conveniente instalar una oficina propia en la Argentina para facilitar la captura internacional de mafiosos fugitivos, lo que dice mucho de la importancia estratégica reconocida al país del sur en la lucha antimafia ya en la década de 1990, que contrasta con la cíclica “novedad” atribuida al tema.

Unidad antimafia

Treinta años después del inicio de la colaboración bilateral iniciada por Falcone, finalmente se lanzó la demorada unidad antimafia, pero en la Policía Federal Argentina, durante la presidencia de Alberto Fernández. Con evidente timing electoralista, fue relanzada en 2023 con bombos y platillos. En el marco de una agenda electoral girada hacia la derecha, la represión de las mafias fue construida como uno de los temas calientes dentro del debate sobre la (in)seguridad en el que los gobiernos de centroizquierda, que tienen dificultades innegables para dar respuestas satisfactorias sobre la corrupción, el narcotráfico y el crimen organizado, también se ven obligados a establecer un posicionamiento público.

Apenas una semana antes de las rimbombantes declaraciones de Bullrich en LN+, dicho sea de paso, la ministra se había declarado interesada en adoptar el modelo represivo del presidente salvadoreño Nayib Bukele, que nada tiene que ver con el italiano. Como si quisiera quedar bien con dios y con el diablo. O, lo que es lo mismo, actuar una política represiva salida de las entrañas de Latinoamérica sin ofender la presunta racionalidad europea.

Inmediatamente después de su derrota, que la dejó afuera de la segunda vuelta por las presidenciales, Bullrich declaró: “Nunca seremos cómplices de las mafias”, en apoyo al libertario Javier Milei.

“Nunca seremos cómplices de las mafias que destruyeron este país”,
sostuvo Bullrich tras haber perdido las elecciones presidenciales.

En un contexto para nada banal como el de las últimas elecciones presidenciales, en un artículo publicado por en el liberal diario italiano Il Sole 24 Ore en octubre de 2023, Roberto Galullo afirmaba que “los intermediarios de la mafia calabresa operan desde hace años en Buenos Aires amparados por actividades legales”. Según el autor, criminólogo devenido periodista, “bajo los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández (los narcos estrechamente vinculados a los intermediarios de la ‘Ndrangheta) se han estructurado cada vez más”. Sin una perspectiva de largo plazo sobre la presencia de la expresión calabresa de la mafia en la Argentina, que data de inicios del siglo XX, la afirmación resulta, a todas luces, opaca. Mostrando definitivamente la hilacha, el 20 de enero de 2024, en el marco de la captura de los familiares de Macías Salazar, Galullo justificó: “Milei tiene mil razones para su política intransigente”.

¿Pero es intransigente el discurso de Milei sobre las mafias? Desde 2017,el líder libertario venía glorificando la imagen de Al Capone en redes sociales. “El extraño ‘piropo’ de Milei a los mafiosos: dijo que los evasores de impuestos ‘son héroes’ y se volvió viral”, tituló El Cronista el 7 de octubre de 2019. En el marco del descontento generado por la crisis sanitaria provocada por el covid-19, la analogía con Capone –que logró capitalizar el apoyo ante una medida antipopular y las oportunidades comerciales abiertas por el prohibicionismo– se radicalizó, adquiriendo vetas reivindicativas de su capacidad de eludir la ley, su éxito económico y su cuestionable liderazgo.

Cambios de operatoria

A diferencia del salto cualitativo de la delincuencia en pequeña escala que operaba de forma restringida a grupos más grandes que lograron expandirse a escala internacional, cuyas actividades criminales proporcionaron a los mafiosos niveles de ingresos, de riqueza y de sofisticación sin precedentes, así como una infame aceptación por parte del público en Canadá y Estados Unidos, después del desenlace del caso Ayerza, en 1933, la opinión pública en la Argentina no quiso saber más de la mafia.

Abel Ayerza era un joven estudiante de Medicina en la prestigiosa Universidad de Buenos Aires. Pertenecía a una familia de élite: su madre era de origen alemán mientras que su padre era un reconocido cardiólogo español con estrechos vínculos con la clase dominante argentina. Abel Ayerza (hijo) fue secuestrado en el campo mientras estaba de vacaciones con sus amigos y su mayordomo en octubre de 1932. A pesar de que su familia pagó el rescate solicitado por el clan de Giovanni Galiffi, más conocido como “Chicho Grande”, el cuerpo de Ayerza no fue descubierto hasta febrero de 1933. El desarrollo del caso fue objeto de una intensa cobertura periodística: se convirtió en un gran melodrama nacional en el que el sufrimiento de la madre de la víctima fue de fundamental importancia para crear una tensión emotiva. Los nacionalistas de derecha no solo expresaron públicamente su rechazo hacia una flujo migratorio no deseado –Galiffi había nacido en Sicilia– sino que incluso presionaron para que se restableciera la pena de muerte en la Argentina.

Los últimos a quienes se aplicó la pena de muerte en la Argentina por delitos comunes habían sido dos italianos –precisamente calabreses– contratados en 1913 por Carmen Guillot de Livingston, esposa de un empleado del Banco Hipotecario Nacional que, harta de la violencia de su marido, solicitó ayuda a su empleada doméstica para deshacerse de él. El amante de la sirvienta, otro italiano, la puso en contacto con Francesco Salvatto y Giovanni Lauro, los sicarios, que la prensa de la época identificó como mafiosos. Frank Carlos Livingston fue apuñalado en mayo de 1913. Tres años después, Salvatto y Lauro fueron ejecutados por disposición del juez Serú en la plaza Las Heras.

Sin embargo, esto no significa que la mafia a nivel local se haya extinguido; de hecho, habría pasado a operar de maneras más efectivas por cuanto ocultas. Tanto es así que hasta hace unos años no destacaba a simple vista. 

Cuestión de códigos

Entre finales de 2019 y 2020, Milei, cuyo abuelo paterno también era calabrés, duplicó la apuesta, trastocando los cimientos mismos de la comunicación política: “Entre la mafia y el Estado, prefiero la mafia. La mafia tiene códigos, la mafia no decepciona, la mafia no miente, la mafia compite”, dijo primero en una entrevista concedida a la televisión chilena y luego en X, por si quedaban dudas.

Nunca hasta ese momento había sido tan claro en la Argentina que las mafias son actores sofisticados que desafían el poder legítimo del Estado al mismo tiempo que utilizan la fuerza ilegítima en cooperación con él. Esta es la verdadera innovación que introduce la gestión de Milei: vuelve tolerable lo que hasta hace algunos años resultaba indecible. Normalmente, la política en todo el mundo solo afecta a las mafias cuando intentan tomar el mando; una vez pasada la tensión, surgen nuevos equilibrios. El problema, en todo caso, era que hasta ese momento Milei aspiraba a convertirse en jefe del Estado… E, irónicamente, ¡lo logró!

Como invitado de Nicola Porro en el programa de televisión italiano Quarta Repubblica en febrero de 2024, Milei –ya presidente– se definió filosóficamente como un anarcocapitalista, es decir, alguien que siente un profundo desprecio por el Estado, al que estaba representando en visita oficial. Anarquista como aquellos que fueron expulsados ​​del país por colocar bombas frente a edificios públicos hace un siglo. Excepto que Milei pretende hacer estallar el Estado desde dentro. “Creo que el Estado es el enemigo, creo que el Estado es una asociación criminal, que roba los recursos del sector privado”, reiteró. Ya no esa realidad que, a través de su más o menos oportuna intervención, hace tolerables los desequilibrios creados por la mano invisible del mercado. Las palabras de Milei dejaron atónito a su interlocutor en el programa, emitido en el canal Rete 4 del grupo Mediaset. Y eso ya es mucho decir. ¡Ni siquiera Silvio Berlusconi, quien fuera propietario del medio y presidente del Consejo de Ministros de Italia en diversas oportunidades, se atrevió a tanto!

Ante las intervenciones públicas del presidente Milei, ninguna declaración de intenciones –como la reciente creación de la unidad antimafia en el Ministerio de Seguridad, el anunciado envío de un proyecto de ley antimafia al Congreso, etcétera– resulta verosímil, ni siquiera con fines propagandísticos.

Hasta que la opinión pública no logre comprender la verdadera naturaleza de las mafias, su poder seguirá actuando en silencio. ¿Podrá el optimismo de la voluntad sustituir al pesimismo de la razón? La palabra a los jóvenes: “¿Qué podemos hacer para evitar todo esto? Solo tenemos nuestro voto. No podemos hacer nada más que asumir la responsabilidad del mundo en el que vivimos. Y bueno sí, teniendo una vida realmente normal, es muy poco lo que podés hacer para contrarrestar esto, ¿verdad? Oh sí, me quita un poco la esperanza. Soy un poco negativo”.

Pero la lucha judicial nunca habrá vencido a la mafia en la Argentina ni en ningún lugar del mundo, si es que alguna vez lo hará, sin el aporte indispensable de la sociedad civil. De ahí la necesidad de dar el debate, incluso desde la academia.

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