“Quiero agradecer al presidente de la Argentina, que tuvo mucha publicidad. Es un gran señor, es MAGA, Make Argentina Great Again. Puede hacerlo bien. Javier Milei. Gracias, Milei, muchas gracias, es un gran honor tenerte aquí.” Así se refirió Donald Trump, en su discurso de la semana pasada en la Cumbre Conservadora de Washington, al actual presidente argentino, algo que en rigor fue parte de la saga de apoyos del ex presidente estadounidense al argentino, coronado en esa oportunidad con un fraterno abrazo.
Los continuos elogios, sin duda, guardan coherencia con la visión de Trump de poner en el centro de su política a los Estados Unidos y sus ciudadanos, con lo que todos aquellos gobiernos que, como el argentino, respalden esa visión, parecen tener ganado su respeto y apoyo.
Esta visión nacionalista fue descripta por el propio Trump durante su discurso en la Asamblea General de la ONU en 2019, donde señaló que “en todo este gran y magnífico planeta, la verdad es evidente, si quieres libertad, enorgullécete de tu país. Si quieres democracia, aférrate a tu soberanía, y si quieres paz, ama a tu país”. Lejos de poner al mercado como el asignador de los recursos para las sociedades, Trump agregaba que “los líderes sabios siempre ponen el bienestar del propio pueblo y su país”, por lo que aseveraba que “el futuro no pertenece a los globalistas, el futuro pertenece a los patriotas. El futuro pertenece a las naciones independientes y soberanas que protegen a sus ciudadanos”.
Como elemento específico, añadió en aquella oportunidad que “en el centro de nuestra visión hay una campaña para reformar el comercio internacional. Durante décadas el sistema de comercio nacional ha sido explotado por naciones que actúan de muy mala fe, y con el uso de la subcontratación del trabajo un pequeño grupo se hizo rico a expensas de la clase media, con lo que en Estados Unidos el resultado fue la pérdida de 4,2 millones de trabajos”.
Trump, el favorito
Este discurso socioeconómico, y sus correspondientes acciones, son una de las razones por las que Trump resulta un claro favorito de cara a las elecciones presidenciales de noviembre de este año. Y es que mediante su nacionalismo económico regulador, Trump llevó a que, según datos del Banco Mundial, el Producto Interno Bruto estadounidense creciera un 2,3 por ciento en 2017, un 2,9 por ciento en 2018 y un 2,3 por ciento en 2019, con PIB nominal per cápita de 57.866 al inicio de su mandato y de 63.027 al final, aun con la pandemia. Por su parte, el desempleo, que a fines de 2016 ascendía al 4,9 por ciento, descendió continuamente hasta el 3,7 por ciento en 2019 prepandemia, alcanzando la menor tasa en cincuenta años, mientras que la pobreza, que en 2016 alcanzaba el 12,7 por ciento, descendió al 10,5 en 2019.
De acuerdo con Jesús Fernández-Villaverde, economista de la Universidad de Pensilvania, durante su presidencia Trump tomó dos ejes tradicionales del Partido Republicano, como el proteccionismo y el nacionalismo, basándose también en ideas que le acercó el ideólogo de la nueva derecha, Steve Bannon, quien luego de estudiar a pensadores republicanos, como Henry Clay o James Pollok, sostenía que Estados Unidos “se construyó gracias al sistema estadounidende de protección a la industria y al control sobre el sistema financiero ejercido por el gobierno para que este financiase a la industria”, junto a “un gran plan de inversión en infraestructuras”.
Si bien esta política alejada de los principales postulados liberales favoreció, además de a los trabajadores, a las empresas estadounidenses, las mayores de ellas –multinacionales de origen norteamericano– tuvieron durante la pasada administración Trump sus conflictos, debido a su política de priorizar el costo de mercado de sus trabajadores antes que su nacionalidad. Por caso, a fines de 2018 y frente al cierre de cinco plantas de General Motors derivados del aumento de los costos por la protección al acero estadounidense dispuesta por Trump, este tuiteó que estaba “muy decepcionado con General Motors y su directora ejecutiva, Mary Barra, por el cierre de plantas en Ohio, Michigan y Maryland. No están cerrando nada en México y China. ¡Estados Unidos salvó a General Motors y estas son las gracias que recibimos! Estamos viendo de cortar todos los subsidios a GM”. También fue el caso de Apple que, frente a su estrategia de basar gran parte de su producción en China para aprovechar los bajos salarios de mercado, fue amenazada por Trump de imponer aranceles a sus Mac Pro si la compañía cumplía su plan de cambiar la producción de esta computadora desde Austin, Texas, a una fábrica cerca de Shanghái. Esta amenaza se dio en el marco de la guerra comercial con China, cuando planteó imponer nuevas regulaciones arancelarias del 25 por ciento a las importaciones electrónicas chinas para proteger a las industrias estadounidenses y a sus trabajadores, lo que motivó una protesta de Apple, cuyo 92 por ciento del hardware hubiera estado sujeto a nuevos impuestos. La pandemia y el cierre de los mercados mundiales interrumpieron la guerra, tras lo cual Trump dejó el poder.
Aun así, el apoyo a empresas y trabajadores estadounidenses subordinando las leyes del mercado por medio de regulaciones estatales no es una característica exclusiva de Trump, sino una política de Estado. Para el funcionamiento de estas, resultan clave las materias primas, y es por ello que el secretario de Estado del gobierno que le precedió, Antony Blinken, sostuvo en su reciente encuentro con Milei que veía “oportunidades extraordinarias en la Argentina, que tiene lo que el mundo necesita, y nosotros queremos ser socios para ayudar a que pueda proveer de alimentos y energía al mundo”.

