El boom de la literatura latinoamericana –designación arduamente objetada pero no equívoca–, que cruzó desde los años 60 hasta los primeros 70, fue el fenómeno que subió a la consagración las obras de narradores crecidos al sur del río Bravo: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar, como el trío más mentado, y Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, José Donoso, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, entre los primeros círculos. Los muchachos –porque chicas no se vieron en esa dimensión y no porque no las hubiera– se repartieron el banquete completo al que aspira cualquier escritor aunque pose de modestísimo, a saber: éxitos de venta, bendiciones de la crítica, presencia mediática y circulación pública como si fueran el nuevo tipo de star-system, viajes, premios, traducciones, films basados en sus creaciones, entre otros óleos sagrados.
A esa navegación a toda vela, y como viniendo de atrás, se sumaron Rayuela y su autor, Julio Cortázar, el argentino con una paleta de condiciones y características como para caer parado en el mar. ¿Es Rayuela, tan cosmopolita, una rara avis en el corpus telúrico que presentaba a un continente feraz, rebelde, explotado, bello, misterioso, tórrido y sensual? Sí y no. Porque aquellas características compendiadas en las denominaciones “realismo mágico” y “real maravilloso” fueron un anaquel de la biblioteca, pero no la biblioteca completa donde también cabían ciudades erectas y truncadas, hombres y mujeres sepias, las jaulas del estupor siestero y depresivo, combinaciones originalísimas provistas por la absorción americana de la cultura occidental, como en los casos de Rubén Darío o Jorge Luis Borges, a cargo de esas raras hibridaciones nuevas.
En su libro El reino de este mundo, el cubano Alejo Carpentier se había preguntado después de viajar con vastas lecturas y de cuerpo presente por el subcontinente: “¿Qué es la historia de Latinoamérica sino una crónica de lo maravilloso en lo real?”. La definición para que una escritura y unos escenarios permitieran levitaciones verosímiles ya estaba escrita. A Cien años de soledad le calzaba como un guante. La otra figura –“realismo mágico”– ya tenía cierta historia y complementó bien para armar el mito.
REORDENAMIENTO CREATIVO
Pero lo “real maravilloso” en Rayuela tenía otros escenarios –París y Buenos Aires– y otros trucos: la alternancia de tiempos y espacios, los saltos y sobresaltos, ese estar al filo de lo real mientras lo fantástico espera detrás de la puerta. En este caso no se trata solo de la mostración o la representación de una geografía postergada y exótica, sino de la percepción del mundo y de la vida como caos que solo se reordena –es un decir– creativamente. Y en esto, más que en otros arrestos formales de los escritores del boom, tienen un papel fundamental dos pretensiones, dos aspiraciones de innovación típicamente cortazarianas: los juegos con la estructura y el lenguaje.
Morelli, el alter ego escritor de don Julio en Rayuela, da cuenta expresamente de un proyecto novelístico que se da de bruces con lo que llama “la novela rollo”, donde las palabras y los sucesos se van ordenando cronológicamente con sus picos de tensión. Cortázar propone una fragmentación heredera de las propuestas formales de Macedonio Fernández, que escribe un texto (Museo de la novela de la eterna) que nunca arranca y que tampoco termina. Macedonio había propuesto una nueva categoría de lector, “el lector salteado”, que no se aviniera a la dictadura del autor que pretende llevarlo de las narices hasta el final con una trama interesante. Saltearse páginas, ir a la caza de una conexión personal con la escritura le permite a Cortázar poner a danzar una paradoja: formalizar esos saltos con una guía de lectura que escapa de lo sucesivo.
El impulso experimental se completa con el intento de combatir a la literatura pero haciendo literatura. Cortázar se opone a lo que se podría denominar –palabra horrible– “literatoso” pero acudiendo a esos floreos en capítulos en los que se atiene, por ejemplo, a la estructuración, las iteraciones y las acentuaciones del verso libre.
Todo esto puede ser –ha sido y es todavía– pasto de especialistas. Pero si en el corazón del boom se ofrecen dictadores criminales y eternos, selvas imposibles, amores míticos, bestias soberbias, lluvias infinitas, culturas originales y originarias con un sistema de creencias sofisticado, conflictos desprendidos de la lucha de clases, tierras secas y desoladas, cuadros de la burguesías decadentes, subjetivísimas náuseas sartreanas, ¿qué ofrece Cortázar en Rayuela para arrimarse a esa vidriera de novedades en la hora cumbre de la literatura latinoamericana?
UNA POÉTICA DEL VIVIR
Pues hay otro bocado que no circula por el camino del “nuevo mundo”. Se trata de una nueva poética del vivir, sobre todo, en el Viejo Mundo, con centralidad en París. Y allí un flâneur que persigue dos obsesiones: la música –el jazz– y el amor. En este caso, la figura mitificada es la Maga, una hija de la sacralización (y cosificación) surrealista de la mujer que pone en juego la persecución de lo imposible, con un trasfondo de paisajes prestigiosos. Pero París no es solo la mejor escenografía para la endecha romántica, es también el mundo del consumo con sus Gauloises, su discografía de primera, sus caves de humo azulado, sus solapas levantadas en el invierno junto al Sena, los escaparates benjaminianos acercando otros retazos de tiempo. A tales encantos hay que sumar la construcción –a sabiendas o no– de Cortázar personaje, Cortázar fotógrafo y fotogénico, mirando a su gato en el departamento de París, tocando la trompeta, jugando con García Márquez en un living con máscaras carnavalescas. Un personaje que se termina de construir con una sincera militancia latinoamericana y la intensa participación en defensa de los derechos humanos.
David Viñas sospecha de las bruñidas cristalerías galas: Rayuela, dice, consagra el cholulismo oligárquico –con notable anclaje en el arte y la intelectualidad– embobado ante una Europa donde los argentinos “de bien” gastaban el excedente de la riqueza agroganadera. Un reflejo con antecedentes lustrosos, como el mismo Domingo Faustino Sarmiento privilegiado espectador fiestero.
En ese sentido, Rayuela no solo cierra la exclusividad del viaje a Europa antes del boom del turismo. Podríamos arriesgar también que la novela-boom abre la ambición y el deseo de las clases medias de irse a pasear por bulevares y pasajes tras el ensueño de encontrar, por fin, a la Maga.

