En mi caso, los cuentos fantásticos han nacido muchas veces de sueños, especialmente de pesadillas”, dice Julio Cortázar, allá por 1980, en la Universidad de Berkeley, y agrega: “Me da vergüenza firmar mis cuentos porque tengo la impresión de que me los han dictado, de que yo no soy el verdadero autor. A veces tengo la impresión de que soy un poco un médium que transmite o recibe otra cosa”.
El ejemplo que pone sobre la mesa para sus estudiantes es el de uno de sus textos más emblemáticos: “Casa tomada”. Se trata del primer cuento del primer libro de relatos que publicó Cortázar, en 1951. Una pareja de hermanos siente la presencia ominosa de alguien (o algo) que ocupa la casa en la que viven. Para protegerse se van aislando, cierran puerta tras puerta hasta que quedan afuera. A la intemperie. Algunos leyeron en esas líneas una alegoría de un Cortázar crítico del primer peronismo, y si bien el autor no negó esta lectura posible, sí aclaró que no fue el disparador de su escritura. Cortázar escribió “Casa tomada” después de una pesadilla en una madrugada calurosa de verano. “Me acuerdo perfectamente de las circunstancias, y la pesadilla era exactamente lo que luego fue el cuento, solo que en la pesadilla yo estaba solo y en el cuento me desdoblé en una pareja de hermanos que vive en una casa en donde se produce un hecho típico fantástico”, explica, y deja en el aire un elemento central en su literatura, pero sobre todo en sus cuentos: la figura del doble.
“El tema del doble vuelve como una recurrencia de la que no puedo escapar; desde los primeros cuentos ha habido un desdoblamiento de los personajes”, recuerda Cortázar, y basta pensar en “Axolotl” y “La noche boca arriba” para confirmarlo. En el primero, un hombre observa obsesionado un axolotl hasta transformarse; en el segundo, otro se imagina, en un delirio de anestesia, como un moteca fugitivo de los guerreros aztecas hasta que el efecto de lo fantástico invierte la percepción y es el moteca el que se imagina al internado mientras está a punto de ser ejecutado.
Pero no son los únicos que juegan con el desdoblamiento como base del relato fantástico; a la lista podría sumarse “Continuidad de los parques”, “Una flor amarilla”, “Final del juego”, solo por nombrar algunos más.
“Empecé a escribir cuentos, y un buen día, cuando tenía seis o siete que nunca publiqué, me di cuenta de que todos eran fantásticos (…) Ya en ese momento se me planteó el problema de por qué no escribía cuentos de tipo realista, como los de Roberto Arlt, al que tanto admiraba y admiro (…) Eso llevó a preguntarme si mi idea de lo fantástico era la que tenía todo el mundo o si yo veía lo fantástico de una manera diferente (…) Yo aceptaba una realidad más amplia, más elástica, más expandida donde entraba todo.” Teniendo en cuenta esta definición de lo fantástico que el propio Cortázar da en sus clases, se puede ver la figura del doble como la herramienta narrativa que le permite trabajar con sutileza la transición entre el mundo ordinario y ese especial, donde se condensa lo esencial del relato: “Casi siempre los personajes de estos cuentos pasan explicablemente o no de la aceptación cotidiana de su entorno a una zona donde las cosas cesan de ser como se las presume”.
EL BOXEO, UNA FASCINACIÓN REALISTA
En la extensa producción de relatos de Julio Cortázar hay al menos tres que ponen el foco en una de sus fascinaciones: el boxeo.
En “El noble arte”, una especie de crónica sobre el momento en que le “tocó asistir al nacimiento de la radio y la muerte del boxeo”, Cortázar recupera su infancia en Banfield junto a la radio, la noche en que Jack Dempsey retuvo el campeonato mundial de los pesos pesados derrotando en el segundo round al argentino Luis Ángel Firpo. En el primer asalto, “el Toro Salvaje de las ampas”, así lo apodaban a Firpo, había expulsado del ring al estadounidense de un derechazo que lo dejó tendido sobre los reporteros del ringside. “Si no hubiera ocurrido que el árbitro era yanqui y además perdió la cabeza, en ese mismo momento Firpo hubiera sido campeón del mundo”, escribe Cortázar sobre el momento fundante de la argentinidad boxística, y recuerda el llanto por la derrota patria, abrazado a su tío junto a la radio.
En 1952, en una pieza de París, el boxeo volvió a sus textos en “Torito”, un homenaje a Justo Suárez, “el Torito de Mataderos”. El arco narrativo básico de la vida del boxeador: ascenso y caída, amigos del campeón, del barrio a las luces de Nueva York y después: “Muñeco al suelo fastrás…”. En este Cortázar realista, casi un cronista deportivo del diario Crítica, es innegable la influencia de Roberto Arlt, sobre todo en la construcción de la voz en primera persona del boxeador, cargada de un lunfardo exagerado pero no menos efectivo: “Qué le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan. Todos, che, hasta el más maula”, arranca el texto publicado en Final del juego.
En “La noche de Mantequilla” vuelve la fascinación por el boxeo y también por la literatura. Con una clara cita a “La carta robada”, de Edgar Allan Poe, Cortázar utiliza de telón de fondo para la narración el combate por el título del mundo mediano entre Carlos Monzón (antes de convertirse en el femicida de Alicia Muñiz) y el cubano-mexicano José “Mantequilla” Nápoles. El escenario de la velada es una carpa de circo montada por Alain Delon en un terreno baldío del París de 1974. Pero la pelea es la segunda historia, la de fondo narra la cita clandestina de dos hombres que, por el contexto de época, se puede deducir que son militantes exiliados argentinos que van a mezclarse entre otros tantos compatriotas aficionados al boxeo, fanáticos de Monzón, para hacer la entrega de un paquete. Pero nada sale como estaba planeado. En este caso, también trabaja la idea del desdoblamiento: por un lado, la figura del espía que suplanta la identidad, y por otro, un pliegue de mundo: la misión que debe cumplir el militante traza un paralelismo con lo que sucede sobre el ring. Sobre todo porque uno de los personajes centrales, el espía, apuesta a que Nápoles es capaz de quitarle el título a Monzón. Incluso en ese elemento mínimo aparece el indicio de que ese que está ahí no es quien debe ser. El cuento fue publicado en 1977 en el libro Alguien que anda por ahí, quizás el puñado de relatos en los que sus inquietudes políticas se dejan ver con más transparencia; incluso, para algunos críticos, se repite el espíritu de su novela Libro de Manuel.
Más allá del género en el que podamos inscribir los relatos de Cortázar, fantásticos o realistas, como buen exponente del boom latinoamericano, todos sus textos tienen el sello de un autor capaz de tensar la realidad para expandir sus mundos sin demasiados límites.

