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Cortázar de novela

Las novelas de Julio Cortázar no resisten el paso del tiempo. Al autor de Los premios (1960), Rayuela (1963), 62/Modelo para armar (1967), Libro de Manuel (1973) y El examen (1986), sus principales obras en este rubro, no le queda más remedio que “boxear con la sombra” de este lugar común, un mantra repetido por los partidarios de los cuentos. Ninguno de esos golpes lo pusieron de bruces, aunque lo hayan herido. Cortázar, que montó su laboratorio experimental en la narrativa, especialmente en las novelas, afirmaba que los nuevos escritores entran a la literatura en un “caballo de Troya” para destruir la antigua fortaleza.

En Los premios, la primera novela que publicó, un puñado ecléctico de personajes se juntan en el café London porque ganaron un premio de lotería que consiste en un viaje en barco. Desconocen el destino y cómo será el itinerario de esa travesía de placer: la única certeza es que viajarán en el crucero Malcolm. Los pasajeros, embarcados en secreto y al anochecer, tienen prohibido ir a popa: el capitán no aparece por ningún lado, y como los marineros son extranjeros, la comunicación resulta una misión imposible. Persio, especie de filósofo, mago y poeta, una suerte de precursor de Morelli, se diferencia del resto porque es enemigo de las frases hechas. Pronto se articularán dos bandos bien nítidos: los que quieren ir a popa a toda costa y los que rechazan esa necesidad de acceder a lo desconocido. Ese tránsito hacia “la otredad vertiginosa” es uno de los tópicos de la literatura de Cortázar. “No somos la gran rosa de la catedral gótica sino la instantánea y efímera petrificación de la rosa del caleidoscopio”, plantea Persio en uno de sus monólogos, un personaje que se propone “abrazar la creación desde su verdadera base analógica. Romper (é) el tiempo-espacio que es un nivel plagado de defectos”.

CONTRA EL ORDEN CERRADO

El escritor referente del Club de la Serpiente, Morelli, uno de los personajes de Rayuela, despliega una de sus iniciativas programáticas en el capítulo 79: “Como todas las criaturas de elección del Occidente, la novela se contenta con un orden cerrado. Resueltamente en contra, buscar también la apertura y para cortar de raíz toda construcción sistemática de caracteres y situaciones. Método: la ironía, la autocrítica incesante, la incongruencia, la imaginación al servicio de nadie”. Esa ironía y autocrítica incesante se materializaba en sus propias páginas si irrumpía un atisbo de la solemnidad filosófica que tanto combatió. “Después de Sobre héroes y tumbas, vos comprendés que lo menos que podemos hacer por la Argentina es denunciar a gritos esa ‘seriedad’ de pelotudos ontológicos que pretenden nuestros escritores”, escribió Cortázar en una de las cartas a su editor Francisco “Paco” Porrúa.

Morelli, que promueve “un lector cómplice, un camarada de camino”, observa que “la lectura abolirá el tiempo del lector y lo trasladará al del autor” y agrega que “así el lector podrá llegar a ser copartícipe y copadeciente de la experiencia por la que pasa el novelista”. La novela 62/ Modelo para armar es un “desprendimiento” del capítulo 62 de Rayuela, una exacerbación experimental de una idea de novela esbozada por Morelli, configurada por segmentos narrativos que suceden simultáneamente en París, Viena, Londres, Buenos Aires y, especialmente, en esa ciudad ficcional llamada la Zona, con un elenco de personajes entre los que se destacan Juan, Polanco, Calac y Marrast, entre otros.

Los detractores de Libro de Manuel dicen que es una novela demasiado “fechada”. El propio Cortázar reconoció que no fue una obra lograda. El “libro” al que alude el título es un volumen heterogéneo integrado por recortes periodísticos de época que serán leídos por Manuel, un bebé de poco más de un año, cuando tenga la edad para comprenderlos. Algunos de esos fragmentos periodísticos denuncian la situación de los presos políticos en la Argentina. El texto de la novela está enhebrado con las historias de argentinos, latinoamericanos o incluso europeos unidos por dos cuestiones: viven en París y casi todos desempeñan alguna clase de trabajo intelectual. “¿Cómo tender el puente, y en qué medida va a servir de algo tenderlo? La praxis intelectual (sic) de los socialismos estancados exige puente total: yo escribo y el lector lee, es decir, que se da por supuesto que yo escribo y tiendo el puente a un nivel legible. ¿Y si no soy legible, viejo, si no hay lector y ergo no hay puente? Porque un puente, aunque se tenga el deseo de tenderlo y toda obra sea un puente hacia y desde algo, no es verdaderamente un puente mientras los hombres no lo crucen. Un puente es un hombre cruzando un puente, che”, argumenta la voz narrativa identificada con el enigmático “el que te dije”.

El examen es el embrión perfectible de la propuesta literaria de Cortázar. La novela –escrita en 1950 pero publicada por primera vez en 1986, dos años después de la muerte del autor– fue rechazada por la editorial Losada. Un grupo de amigos (Juan; su mujer, Clara; Andrés Fava; su novia, Stella, y el cronista) camina por una Buenos Aires medio fantasmagórica, rodeada por una extraña niebla, mientras se dirige a la Facultad de Letras para dar un examen de literatura al que llega a presentarse, pero que no se realiza. Las conversaciones sobre literatura, música y escritura se alternan con el “arte de filosofar” acerca del contexto político y cultural en el que viven. Más allá del narrador omnisciente, en la arquitectura textual emerge una contraseña reconocible: diseminar reflexiones que el lector debe integrar, combinar y atribuir a los personajes.

Andrés Fava, un Morelli en ciernes, aclara que no está escribiendo un diario sino “un noctuario”, al que en la intimidad de la escritura llama también “cuaderno”. La voz narrativa esboza interpretaciones metaliterarias: “Persona(je)s que interpelan, justamente, la figura de personaje pensando qué cualidad tienen de este o si son, realmente, personajes: en este punto otra vez se difumina el límite realidad/ficción: ‘Arlt andaba por la calle del hombre, y su novela es la novela del hombre de la calle, es decir más suelto, menos homo sapiens, menos personaje. Fijate que el término personaje casi no cabe a estas criaturas de la novela de la calle’”. Una década antes del glíglico, esa lengua creada en el capítulo 68 de Rayuela, en El examen hay un pequeño anticipo: “¡Te incubadora! ¡Te pirimayo! ¡Te florimundio!”.

CONTRA EL ÓXIDO DEL TIEMPO

Las novelas cortazarianas sobreviven al óxido del tiempo porque legitiman al “lector salteado” y son puentes hacia la cultura de los jóvenes de los años 60 y 70. El vetusto deporte nacional de “matar a Cortázar”, practicado con una inquina pocas veces vista, no ha logrado horadar los piolines de una literatura que se mantiene en la cuerda floja de sus logros y de sus quimeras.

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