La isla Martín García está llena de huellas y leyendas. Funcionó como cárcel, cuarentenario y refugio para marinos y contrabandistas. Tuvo detenidos a cuatro mandatarios y en ella confinaron a miles de indígenas. Su historia es también la historia del encierro.
Alexis Papazian, historiador, antropólogo e investigador del Conicet, estudia la isla Martín García en tanto campo de concentración de indígenas que entre 1870 y 1890 llegaban a una zona alejada del casco urbano. Un exterminio físico, pero sobre todo cultural, en un incipiente Estado-nación que buscaba unificar una identidad nacional.
Estiman que llegaron a la isla más de cinco mil aborígenes, pero no como prisioneros: “Ahí no hay una cuestión vinculada con un delito cometido, sino que son enviados en su condición de indígenas. Ahí se los bautiza, se los cristianiza. Había una escuela y algunos eran separados, recluidos a los batallones y luego enviados a la frontera donde se estaba llevando adelante el avance estatal contra su propia población”.
PRESIDIO POLÍTICO
En la isla estuvieron detenidos cuatro presidentes del siglo XX: Marcelo T. de Alvear, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón y Arturo Frondizi. María Elena, guía desde hace más de tres décadas, hace una aclaración pertinente: “Ninguno estuvo en la cárcel, fueron traídos a la isla”.
Yrigoyen se convirtió en el primer derrocado por una dictadura. El gobierno de Uriburu usó la isla para aislarlo, aunque el presidente tuviera 78 años. Estuvo dos años preso. Cuando volvió a Buenos Aires estaba Alvear llegando de Europa. En 1932, el general Agustín Pedro Justo, ganador en las elecciones fraudulentas, acusó a la UCR de un plan para derrocarlo. Mandó a la isla a Alvear, Honorio Pueyrredón, José P. Tamborini, Luis Dellepiane, y de nuevo a don Hipólito, ya muy enfermo, por lo que se le permitió volver antes. El Museo Histórico de la Isla aún guarda la imagen de María Auxiliadora que acompañó a Yrigoyen durante su confinamiento, al igual que “el inodoro de Alvear”. Supuestamente, Alvear se hizo enviar su inodoro de porcelana inglesa y decorado con flores de colores, “como símbolo de mantener cierta dignidad”. Pero Elena vuelve a aclarar: “El inodoro en realidad era parte del mobiliario de la Casa del Jefe Militar, hoy Centro Cívico, traído de Barcelona; acorde a la construcción. Típico patio español, aljibe, mayólicas. Sucede que coincidió con que Alvear e Yrigoyen fueron alojados en ese espacio físico”.
A unas diez cuadras yacen los retazos del Bajo (luego llamado “Barrio Chino”) con casas hoy abandonadas donde vivieron los primeros inmigrantes, y una casa octogonal en la que funciona la Sala de Interpretación Ecológica. Ahí fue alojado en 1895 el poeta nicaragüense Rubén Darío. Lo llevó un amigo, el cirujano Prudencio Plaza, cuando lo encontró durmiendo en un banco de la Plaza de Mayo en abril de 1895. Estuvo durante un mes. “Cuando se va lo saluda desde el muelle una chica llamada Betina, la hija del pulpero”, relata Elena. En Martín García creó su “Marcha triunfal”, a pedido del entonces presidente, José Evaristo Uriburu, para conmemorar la Revolución de Mayo. El manuscrito se exhibe en el vestíbulo. Una isla y distintos encierros, llenos de memorias.
HISTORIA DEL ENCIERRO
La cárcel nació en 1765 como Penal Militar, con la idea de llevar desertores y detenidos de la prisión de Buenos Aires, parecido a la isla de Alcatraz. “Solía ser el destino de los hombres condenados a ‘presidio’, pena que implicaba su cumplimiento en una fortificación militar con la obligación de realizar trabajos públicos a ración y sin pago alguno. La isla Martín García era uno de los espacios posibles donde cumplirla, otros eran las islas Malvinas, Carmen de Patagones, Montevideo o la fortificación que existió donde actualmente se ubica la Casa Rosada”, remarca Melina Yangilevich, investigadora del Conicet y directora del Instituto de Estudios Histórico-Sociales.
“Antes de la cárcel, los penados usaban cerrojos y bolas de hierro en sus pies”, acota Elena. Los presos eran obligados a picar y extraer piedra. Martín García está compuesta por la misma cadena montañosa de Tandilia. “Se dinamitaron 47 lugares y con la roca extraída se hacían adoquines”, añade la guía. Con ellos se empedraron calles de la ciudad de Buenos Aires, San Nicolás y Rosario. Hasta la parroquia San Ignacio de Loyola, en CABA, está forjada con rocas de la isla.
En los últimos años de la colonia, el penal se fue abandonando. A partir de 1811 resultó una cárcel adonde mandaron rebeldes del cuerpo de Patricios. De 1865 a 1915, la isla se transformó en lazareto/cuarentenario: era obligatorio realizar cuarentena para los barcos de ultramar, muchos de los cuales traían enfermos de fiebre amarilla, tuberculosis o sífilis. El sector sur fue el elegido. Ahí trabajó Luis Agote. Cada cuarenta días llegaban entre dos mil y tres mil inmigrantes.
Tras estas epidemias e inundaciones extremas, en 1899 se construyó el cementerio, que guarda como principal característica las cruces torcidas en sus tumbas. La isla también tiene huellas de batallas mundiales: a estas tierras vinieron 256 tripulantes del acorazado alemán Graf Spee de la Segunda Guerra, una vez que el capitán Langsdorff decidió hundirlo en el Río de la Plata.
LA CUNA DE LA LEALTAD
Diego Simonetta es director de la isla donde hoy viven 150 personas: “La isla me genera muchas emociones, la hemos empezado a llamar la Cuna de la Lealtad. Por aquí pasó la historia de América del Sur, la sentís y la vibrás apenas la pisás. Un museo a cielo abierto”.
Hoy de la cárcel quedan ruinas, tres paredes sollozantes. La dinamitaron en 1962. Antes se dio una paradoja histórica. El penal fue cerrado por Pedro Aramburu tras derrocar a Perón. Arturo Frondizi la quiso declarar “Lugar Histórico” en 1958. No esperaba que fuese él el último político encerrado, cuando el 29 de marzo de 1962 fue destituido y trasladado allí.
Desde la isla que es reserva natural y cofre de tesoros patrimoniales, Simonetta destaca el plan de resocialización que lanzó Antonio Cafiero en la década de 1980: “Los detenidos que pasaban sus últimos tiempos de prisión podían venir a la isla con sus familias; acá la provincia les daba trabajo para el mantenimiento del lugar. Hoy algunos de ellos aún están, y en otros casos perduran sus hijos o viudas. Son parte fundamental de la estructura vertebral del cuidado de la isla”.
La Escuela Primaria N° 39 Juan Díaz de Solís exhibe en su pared un cartel de bronce: “Aquí estuvo preso desde el 13 al 17 de octubre de 1945 el entonces coronel Juan Domingo Perón”.
En aquel momento, tras renunciar y hablarle en cadena nacional al pueblo trabajador, Perón fue arrestado y trasladado a Martín García en la cañonera Independencia para sacarlo de escena. Pero a las islas no hay que subestimarlas. Le escribió a Eva el 14 de octubre: “Esta inmensa soledad está llena de tu presencia. Escribí hoy a Farrell pidiéndole acelerara mi excedencia y, tan pronto salga de aquí, nos casaremos y nos iremos a vivir en paz a cualquier sitio… Desde casa me trajeron aquí, a Martín García, y no sé por qué estoy aquí ni me dicen nada (…) Lo malo de este tiempo y especialmente de este país es la existencia de tantos idiotas, y como sabes, un idiota es peor que un canalla”.
Vuelve sobre la idea de irse lejos: “Dile, por favor, a Mercante que hable con Farrell para saber si autorizan que nos vayamos a Chubut”. La historia es conocida: no hubo Chubut, hubo traslado al Hospital Militar gracias a la complicidad del capitán médico Ángel Mazza; hubo plaza, el surgimiento del peronismo. Otro país. Y Martín García podrá jactarse de que el mito fundacional nació en sus entrañas.

