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Los miedos de Lovecraft 

H. P. Lovecraft

Pocas obras como la del escritor estadounidense H. P. Lovecraft (1890-1937), ícono del terror sobrenatural y extraño, han suscitado un crisol de críticas tan extremas, capaces de enquistarse en sus prejuicios discriminatorios, en las falencias de su prosa, pródiga en adjetivaciones toscas, o en el uso –harto convencional– de recursos típicos para alcanzar un efecto –el asco, el miedo– que caracteriza, según nuestro autor, a la especificidad humana. “El miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el miedo más antiguo y poderoso es el temor a lo desconocido”, escribió en el célebre “El horror sobrenatural en la literatura”, ensayo que integra el libro La llamada de lo extraño. Ensayos sobre la escritura del horror, publicado recientemente por la editorial La Parte Maldita. 

Y, simultáneamente a las críticas (incluso, a las diatribas), Lovecraft ha sabido generar un campo de adhesiones poco frecuente en el reino de las letras; reino que logró trascender en comics, series y personajes de films, juegos de rol, canciones de heavy metal: nada escapa a su fascinación. Borges –cuyos elogios suelen ser más escabrosos que sus objeciones– le dedicó “There are more things”, un cuento de El libro de arena. Y en Introducción a la literatura norteamericana, de 1967, escrito junto a Esther Zemborain, sintetizó el currículum de Lovecraft: “Lo atraía la ciencia; su primer artículo trataba de astronomía. En vida publicó un solo libro; después de su muerte, sus amigos reunieron en volúmenes su obra considerable, antes dispersa en antologías y revistas. Estudiosamente imitó el patético estilo y las resonancias de Poe y escribió pesadillas cósmicas. En sus relatos hay seres de remotos planetas y de épocas antiguas o futuras que moran en cuerpos humanos para estudiar el universo o, inversamente, almas de nuestro tiempo que, durante el sueño, exploran mundos monstruosos, lejanos en el tiempo y en el espacio”.  

El terror cósmico  

Pesadillas cósmicas, escribe Borges. En efecto, suele hablarse de Lovecraft como el creador del terror cósmico. La escritora boliviana Giovanna Rivero, atenta a los menesteres del gótico latinoamericano, y a quien le debemos, entre otras, dos perlitas como Para comerte mejor y Tierra fresca de su tumba, afirma a Caras y Caretas: “Una de las cosas que más valoro de la imaginación de Lovecraft es algo que tiene que ver con esta suerte de cosmos abyecto. Un cosmos que ya no es una casa, que no es la prolongación del hogar terrestre, que no sirve como espejismo de la imaginación antropocéntrica, sino todo lo contrario. Ese cosmos es no-humano, diría casi antihumano, y esta suerte de otredad infinita recoloca al hombre, a la mujer, al sujeto humano, en otro lugar más vulnerable. Algo que Galileo Galilei hizo cuando propuso la idea de que no éramos el centro del universo, lo que casi le cuesta la vida. Porque queríamos, quería la ciencia, quería la epistemología rígida de entonces mantener esta prolongación del sujeto humano incluso en lo infinito y desconocido. Entonces creo que Lovecraft ayuda a Galileo Galilei, en este sentido, a demostrar que el cosmos no es humano, que es una otredad radical, y eso es lo que más me gusta de lo que nos ofrece Lovecraft con todo su trabajo”.  

El weird 

Lovecraft probablemente sea el mayor exponente de la literatura weird, un género “en el que la construcción de los climas es fundamental –asegura a Caras y Caretas Alejandro Pisera, coeditor de La Parte Maldita–. El tono y el clima preparan el verosímil para que el fenómeno extraño pueda encajar en la historia. No son narraciones abiertamente fantásticas, al contrario, en un contexto realista hay un elemento o suceso que altera el orden. Son historias en las que los estados de ánimo y las sugerencias sutiles a través de los detalles hacen la diferencia”. 

El weird actual se encarga, en palabras del escritor Juan Mattio, de hacer un uso “sin prejuicios de los imaginarios del terror, la ciencia ficción, el policial y el fantástico. Híbridos que no están dispuestos a respetar la frontera entre los géneros pulp, y que echan mano a distintas tradiciones para construir mundos nuevos”. Supone, a su vez, una apuesta política por la desestabilización del orden presuntamente natural de la sociedad y de una cosmovisión considerara inmutable. De aquí que autores nacionales muy diferentes entre sí, de Ricardo Romero a Laura Ponce, de Dolores Reyes a Samanta Schweblin, puedan ser pensados, en mayor o menor medida, dentro de la irreverencia que implican los desfasajes del New Weird.    

Un monstruo lovecraftiano 

Más allá –mucho más allá– de las criaturas fantasmales y los villanos góticos, Lovecraft fue un incansable creador de abominables monstruos extraterrestres. El más reconocido probablemente sea Cthulhu, cuyo nombre no es más que una somera aproximación fonética, puesto que nuestra lengua, en cualquiera de sus manifestaciones idiomáticas, sería incapaz de adoptar fielmente la lengua atávica y a-humana de este tipo de seres. En “La llamada de Cthulhu”, publicado por primera vez en 1928, se describe su imagen esculpida durante el sueño alucinatorio de un personaje: “No estaría traicionando al espíritu de aquella cosa si digo que mi imaginación, algo calenturienta de por sí, creía percibir en ella, de forma simultánea, las figuras de un pulpo, un dragón, y una caricatura de ser humano. Una cabeza viscosa y cubierta de tentáculos destacaba sobre un cuerpo grotesco y escamoso con unas alas rudimentarias; pero era el perfil general de toda ella lo que resultaba más espantoso”. Monstruo que sirve de marco para lo que el estudioso y amigo por carta de Lovecraft, August Derleth, denominó “Los mitos de Cthulhu”: un puñado de cuentos que, directa o indirectamente, aluden a él. Como buen monstruo lovecraftiano, Cthulhu arribó a la Tierra millones de años antes de la aparición del hombre. Y aguarda somnoliento en su ciudad marítima el tiempo propicio para su despertar desde el fondo del insondable océano, mientras perturba con poderes mágicos los sueños de los seres humanos. 

El libro

Reflexiones sobre el horror en la literatura, la composición literaria, apuntes acerca de la ficción interplanetaria y notas referidas a la escritura del weird. Estos son, en esencia, los temas que conforman el objeto del libro editado por La Parte Maldita (sumado a una defensa tan tenaz como dúctil de su propia obra); en otras palabras, la edición reposa, antes que en su ficción, en el Lovecraft lector, crítico, ensayista. A propósito de esta faceta, Tomás Downey, encargado de la traducción junto a María Petracchi (y autor del ineludible Flores que se abren de noche) comenta a Caras y Caretas: “Resulta interesante en estos artículos ir encontrando las conexiones entre su obra de ficción y lo que Lovecraft pensaba sobre su época, la literatura en general, el progreso científico, la religión, etcétera. La forma en que su imaginación traducía su mirada del mundo. También es llamativo el esfuerzo que hace por defender el género extraño y sus temas para dignificar a la vez su propia obra. Por un lado, desarrolla las bases filosóficas que le dan sustento, como si construyera los cimientos, y por el otro traza una historia muy completa de la literatura de horror. Propone, así, un canon en el que inscribe su propio proyecto literario”. A su vez, Pisera afirma: “No incluimos [en el libro] solo ensayos teóricos acerca del género, hay textos en los que Lovecraft decididamente ofrece estrategias para escribir, técnicas, consejos e incluso cientos de ideas disparadoras para el que quiera empezar a escribir. Es realmente una mirada al interior de la mente de un escritor único para entender un poco más y mejor por qué escribe como escribe”.   

El hombre temeroso 

Suele hablarse de Lovecraft como un reaccionario, un misógino, un racista. Argumentos, en verdad, no escasean. Se los encuentra en algunas de sus ficciones (“El horror de Red Hook”, por nombrar una), en cierto flaco poema (“Sobre la creación de los negros”, de 1912) y en muchas de sus cartas. El escritor inglés Alan Moore, guionista de los comics de Watchmen y From Hell, entre varios otros, ancla en la tierra (en la tierra más pedestre, la de la mezquindad del barro y los estigmas) los espectaculares y cósmicos miedos de la mitología de Lovecraft. “Lejos de las excentricidades más extravagantes –asegura– los temores que generaron las historias y opiniones de Lovecraft eran precisamente los de los hombres blancos, de clase media, heterosexuales, descendientes de protestantes que se sentían amenazados por las cambiantes relaciones de poder y valores del mundo moderno.” Hombre sureño, absorto entre las paredes de su oscura biblioteca, enamoradizo del mundo caballeril del siglo XIX y reacio al progreso social; más de uno (incluido, claro, el mencionado Moore) sospechó en los temores personales de Lovecraft la pulsión latente en los rimbombantes terrores de su obra. Así, la civilización, siempre acechada en su ficción por una amenaza tan incognoscible como monstruosa, replicaría el miedo al otro (a los otros) que el autor padeció ante cualquier minoría. Desprecio (y pavor) frente a los inmigrantes pobres que llegaban luego de la Primera Guerra Mundial a la autoproclamada tierra de la libertad; frente a los afroamericanos; frente a las mujeres. Mundo culturalmente heterogéneo que palpó unos pocos años en la convulsionada Nueva York con su esposa Sonia Greene, de quien se divorció pronto. La experiencia neoyorquina parece haber enfatizado su odio (su miedo) a diversas etnias y no tardó en regresar a su Providence natal, al hogar compartido con sus tías, con las que viviría el resto de sus días.  

En tiempos de la cultura de la cancelación y de la polémica por la pertinencia o impertinencia a la hora de separar al autor de su obra, Pisera reflexiona: “Releer a Lovecraft a casi cien años de su muerte es también volver sobre una época muy distinta a la nuestra. Siempre que leemos a destiempo arrastramos los demonios de una época anterior, a veces de manera inconsciente. Tal vez no se trate de separar la obra del artista, sino de ponerla en contexto. A la luz de hoy, Lovecraft sería un personaje completamente cancelado por sus opiniones”. 

Sujeto, entonces, a las más fervientes de las adhesiones y a las más feroces y variadas de las críticas (que involucran tanto a su obra como a su persona), Lovecraft ha dejado tras de sí lo que pocos: la configuración de toda una mitología, cargada de locura, pesadillas y fiebres; de monstruos y misterios ininteligibles para la comprensión humana; bañada de una atmósfera lúgubre, extraña, henchida de los pavores más arcaicos, universales y mezquinos, esos que supieron exaltar, con sus aciertos y errores, la imaginación de este tímido escritor del sur rural estadounidense. 

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