El 27 de octubre de 2023 participé del ciclo Tan viernes, tan ciencia que organiza el Centro Cultural de la Ciencia en Buenos Aires. Las charlas convocan a científicos/as de múltiples disciplinas y son abiertas a toda la comunidad, especialmente a docentes y estudiantes de secundarios. Mi charla se tituló “El Antropoceno: (re)imaginar otras formas de habitar el planeta”. Luego de mi presentación se abrió un espacio de diálogo con el público. Jóvenes y docentes formularon múltiples preguntas y comentarios sobre la acción climática, las responsabilidades individuales y colectivas y la dicotomía ambiente-desarrollo. Más allá de estos temas relevantes, la última pregunta de una estudiante fue: “¿Vos qué le dirías a alguien que dice que el cambio climático es parte de un ciclo natural y que no tiene nada que ver con la acción humana?”. No hay mejor pregunta que esta para finalizar una charla sobre cambio climático.
La primera respuesta proviene de la evidencia científica. Hace más de 30 años que el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), una organización de Naciones Unidas, viene analizando a través de diferentes grupos de trabajo de qué manera el incremento de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, producto de las actividades humanas, genera un aumento en la temperatura global del planeta. Entre un 97 y un 99 por ciento de la comunidad científica considera de manera inequívoca que el cambio climático es antropogénico. En efecto, el uso intensivo de combustibles fósiles, los cambios en el uso del suelo y las actividades industriales están generando el calentamiento global. Este consenso científico generalizado tiene su base en años de investigaciones robustas y relevantes que indican que hay que reducir sustancialmente las emisiones para el año 2030.
RITMO SIN PRECEDENTES
Ahora bien, si la comunidad científica acuerda que la influencia humana ha calentado el clima a un ritmo sin precedentes. ¿Por qué esto no se traduce en acciones climáticas coordinadas, que aúnen esfuerzos de los ámbitos políticos y sociales a nivel nacional y global? Más aún, ¿por qué se siembran semillas de duda y se promueve la desinformación, argumentando que el cambio climático no es real, que es una farsa, un engaño del socialismo? Estas declaraciones desacreditan la voz de la ciencia y dilatan la urgencia de implementar medidas de mitigación y adaptación que reduzcan los impactos del cambio climático en los territorios.
El escenario de negación y duda tiene su base fundamental en la dimensión humana y política del clima. Esto es: el cambio climático nos afecta a todos, pero en mayor medida a las poblaciones más vulnerables y que menos han contribuido con el estado de policrisis en el cual nos encontramos. Por lo tanto, más allá del consenso generalizado sobre la dimensión física del problema, el reconocimiento y la respuesta son eminentemente políticos. Allí donde hay consensos científicos, hay grandes desacuerdos sobre las implicancias de la ciencia para la acción social, política y económica. Las historias que contamos del clima vienen a tono con la historia social y económica del capitalismo: la Revolución Industrial, el cambio en la matriz energética y el fortalecimiento de una visión economicista de la naturaleza, donde los recursos naturales deben ser explotados para la satisfacción de las necesidades de los seres humanos (no todos, por supuesto). Esta explotación no alcanza solo a la naturaleza, sino que se extiende a las mujeres, a las comunidades indígenas y a las poblaciones locales que viven y protegen los territorios de las actividades extractivas que amenazan la sostenibilidad de “la vida”. Incluso, varios autores han postulado que esta visión utilitarista del mundo y de la naturaleza puede anclarse mucho más atrás en el tiempo que la Revolución Industrial, con la conquista y colonización de América y el desarrollo de estructuras de violencia, de racismo social, de clase, de género. Aspectos que fueron construyendo la ideología de la modernidad y de las formas de organización que imperan en nuestras sociedades.
ÉTICA DEL CUIDADO
Para muchas poblaciones del mundo, los bienes comunes como el agua, los suelos, la atmósfera, no tienen un valor económico ni pueden disponerse para su comercialización en el libre mercado. Cuando se afecta un río, nos afectamos a nosotros mismos, nuestro hábitat, la salud planetaria. Esta mirada promueve una ética del cuidado, basada en el respeto por la naturaleza y estableciendo otros pactos de convivencia.
Como uno de los desafíos más apremiantes que enfrentan las sociedades modernas, abordar la crisis climática implica la puesta en marcha de cambios trascendentales en nuestras formas de pensar, de vivir y de organizarnos. Requiere replantear prioridades, valores e ideas acerca de lo que es importante para construir un presente y un futuro distintos. Un futuro colectivo, de comprensión del otro/la otra y de la naturaleza, no ya como algo externo, alejado, sino reconociendo los vínculos de interdependencia e interconexión.
Estas formas de vivir y relacionarse con la naturaleza generan muchas incomodidades para aquellos grupos que desean sostener ciertos privilegios económicos basados en la individualidad, en los “business as usual” y en las actividades extractivas orientadas a la acumulación de capital. En este sentido, el negacionismo y la duda tienen mucho fundamento y efectividad para mantener el statu quo y que nada cambie. Son espejo y reflejo de la realidad que vemos todos los días, de la desigualdad social y la inequidad.
QUÉ ESTÁ EN JUEGO
La respuesta al negacionismo, entonces, debe tener su primera base en la evidencia científica disponible. Pero requiere, fundamentalmente, la elaboración de análisis sociales y políticos que identifiquen qué valores, intereses e ideologías están en juego. Qué visiones del mundo y de desarrollo están detrás de estas posiciones conservadoras. No hay un solo camino ni dirección que nos indique qué estrategias implementar para enfrentar la crisis climática. Al ser un problema global con impactos locales, depende en gran medida de las decisiones (y elecciones) de corto y largo plazo que tomemos, tanto a nivel individual como colectivo. Lo que no podemos es tapar el sol con la mano.
Como sociedad, necesitamos demandar políticas públicas al Estado que pongan en el centro de la escena la cuestión ambiental como un tema de derechos humanos, de acceso a un ambiente sano, de equidad e inclusión social. El cambio climático es un espejo para reflexionar colectivamente sobre en qué mundo queremos vivir y es una oportunidad única para (re)imaginar y poner en marcha transformaciones basadas en la justicia social y la justicia climática.

