Icono del sitio Caras y Caretas

“La agroecología propone reconfigurar la manera de producir”

Cecilia Gárgano es doctora en Historia, docente e investigadora de la Universidad de San Martín y del Conicet. Desde su publicación El campo como alternativa infernal. Pasado y presente de una matriz productiva ¿sin escapatoria? (Imago Mundi, 2022) se ha transformado en referencia intelectual para poner en cuestión el modelo agrícola intensivo con base en agrotóxicos que se impuso como la forma hegemónica productiva en la Argentina. A la vez que analiza otras formas de producir, la autora intenta esclarecer los mecanismos que posibilitaron instalar como sostén económico dominante a una forma de explotación agrícola que va de la mano del deterioro de la salud de los seres vivos, de los cambios climáticos y de la creciente desigualdad social.

–¿Cuál es el contexto en el que surge la categoría del “campo como alternativa infernal”?

–El objetivo es poner en tela de juicio una idea de “campo” como destino inexorable para la Argentina, en el sentido de que se presenta como la única fuente de riqueza. Lo que busca el libro es desarmar cómo se construyó esa idea de campo análoga a matriz dominante productiva y qué mecanismos y elementos operaron y siguen operando para esa construcción. A su vez, esa idea de “campo” lleva intrínseca la concepción de que existe un único campo e invisibiliza otros “campos” y otras fuentes productivas que existen a la sombra de lo que hoy entendemos como el agronegocio.

–¿Cuáles son los efectos socioambientales más nocivos?

–En el mundo, el 80 por ciento de la tierra que se dedica a la agricultura, o sea, la superficie arable global, está ocupada por el modelo de agricultura industrial. Sin embargo, esa agricultura produce menos del 30 por ciento de los alimentos que consume la humanidad. Hay una tendencia creciente a hacer un uso no alimentario de las cosechas. Se produce para generar biocombustibles o, en nuestro caso, que somos productores intensivos de soja, para generar tanto biocombustible como productos que son usados después para consumo animal en otras latitudes. Entonces, está, por un lado, la alerta de que de la mano de las sucesivas crisis climáticas que se van intensificando con los años hay una emergencia asociada a la necesidad de atender el hambre en el mundo. Y, por otro lado, esta agricultura que se va expandiendo no solamente en la Argentina, sino también en otros países, cada vez produce menos alimentos y un agronegocio más asociado con la crisis climática. La vulnerabilidad climática está directamente relacionada con qué se produce y cómo se produce. Tenemos una agricultura que se ha ido configurando con el extractivismo. En la Argentina, de la mano de la soja, pero en otros países con la palta, que son monocultivos de exportación, lo que han terminado haciendo es una expansión sistemática de otras actividades productivas, de otros cultivos, de otras actividades como la ganadería. Eso genera, por un lado, una homogeneidad que es de tipo genética, es decir, monocultivos de exportación con una base genética menos biodiversa. A su vez, eso tiene como consecuencia una agricultura más débil, con menores capacidades de responder a los eventos climáticos en temperaturas extremas. Al mismo tiempo, esa agricultura suele venir acompañada de los incendios y la deforestación. Finalmente, es una agricultura que no cierra en términos ambientales porque genera estos problemas asociados al cambio climático, deficiencia ambiental, problemas de salud. Tenemos una alerta enorme del efecto de estas sustancias en nuestras poblaciones. No teníamos ni un solo estudio epidemiológico estatal pero sí muchos estudios impulsados por comunidades locales y por comunidades científicas internacionales independientes. Y en el medio no se ha resuelto ni el problema del hambre ni el problema de la desigualdad, sino que se han agravado. O sea, es una matriz productiva que no cierra por ningún lado. Y, sin embargo, se nos sigue proponiendo intensificar.

–¿Qué experiencias resisten y se contraponen a esta matriz productiva?

–Hay movimientos que reciben el nombre de agroecología o agricultura regenerativa. Básicamente, la alternativa tiene que ver con una agricultura que no solamente cuestiona el uso intensivo de venenos tóxicos y estos insumos químicos, sino que también cuestiona qué estamos produciendo. Las variables de la agroecología vienen, por un lado, a poner el acento en la necesidad de volver a producir alimentos. Y, por el otro, en volver a politizar el acceso a la tierra, que es una deuda estructural histórica de nuestro país, después de cuarenta años de democracia. Nosotros nunca tuvimos una reforma agraria, sino que el único proyecto medianamente serio de redistribución de la tierra fue en la década del 70, de la mano de la gestión de Horacio Giberti, y nunca se transformó en ley por sucesivos lock-outs patronales. Después
vino la dictadura. Ahí hay un agujero estructural fundamental. Los pocos intentos que hubo más de tipo impositivo generaron reacciones virulentas de parte de corporaciones del agro. Esa deuda permanece y es un reclamo muy presente de las organizaciones campesinas. Esta agricultura alternativa existe en nuestro país y hay muchas experiencias de este tipo de distintas organizaciones, algunas en ámbitos periurbanos, otras en zonas rurales. Están produciendo sin esta dependencia del paquete tecnológico, del modelo del agronegocio, que sería la semilla modificada asociada al plaguicida, mayormente un herbicida o un uso extensivo de agua. La agroecología propone reconfigurar la manera de producir. Y hay un montón de estudios que no solo muestran que es deseable proponer otra relación más sana con lo que uno va a producir, con el alimento que puede llegar a nuestra mesa, sino también que es más rentable
porque los insumos químicos están dolarizados. Lo que pasa es que estas experiencias agroecológicas, que son muy valiosas, que las hay en distintas provincias de nuestro país, en los países vecinos, no tienen una política estatal, y ahora menos, digamos, con negacionismo y fascismo mediante. Estas alternativas suponen reformas más estructurales y tienen que ver con revisar y modificar el patrón productivo, la acumulación y el reparto de las ganancias. Estas experiencias permiten dar cuenta de que hay un montón de estrategias que permiten lograr una agricultura mucho menos vulnerable al cambio climático porque genera, entre otras cosas, rotación de cultivos y otro cuidado sobre la tierra. Pone en discusión también el encarecimiento de los productos: entre quien produce y quien termina consumiendo el producto final, hay un montón de intermediarios que también hacen que el precio de los alimentos sea muy caro.

Salir de la versión móvil