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“El peso de la deuda sigue recayendo en los sectores populares”

Martín Schorr es doctor en Ciencias Sociales, investigador del Conicet y un referente académico obligado para reflexionar sobre la historia de la deuda externa argentina. En ese sentido, son insoslayables libros tales como La financiarización del capital. Estrategias de acumulación de las grandes empresas en Argentina, Brasil, Francia y Estados Unidos (2018) y Entre la década ganada y la década perdida. La Argentina kirchnerista (2018), por citar algunas de sus producciones más recientes.

–¿Cuáles son los orígenes de la deuda externa?

–Desde los préstamos contraídos con la Baring Brothers (1824), la Argentina tiene vinculación con el capital financiero internacional. Pero la génesis histórica del drama de la deuda hay que ponerla en la política económica neoliberal de la dictadura. En ese momento convergen varias cuestiones, pero puntualmente dos: la primera es el shock petrolero y la crisis mundial de comienzos de la década de los setenta, que genera a escala global el inicio del proceso de financiarización. La segunda es el plano interno y la apuesta de los militares por reconfigurar las relaciones económicas y sociales, para lo cual era clave destruir la industria nacional. Un hito es la reforma financiera del 77 y lo que después se va a llamar “la tablita de Martínez de Hoz”, hacia el 78/79. Ahí arranca un proceso que sigue hasta nuestros días y a escalas cada vez más grandes.

–¿Qué implica ese proceso?

–A nivel de la economía política, significa permitir el ingreso a la clase dominante y a la mesa de discusión de la política económica nacional del sector vinculado al capital financiero internacional. A nivel económico, lo que financia la deuda es salidas de capitales por múltiples vías. Los capitales de la deuda son recursos que en ningún momento apuntalaron cambios en la estructura productiva o sirvieron a otra forma de modelo de acumulación argentina para organizarse productivamente e insertarse en el mercado mundial. La consecuencia es lo que se conoce como fuga de capitales, que es la manifestación de un círculo que articula mucho endeudamiento externo, mucha fuga de divisas por parte de sectores de mayor poder adquisitivo y empresarios que tienen tendencia a la dolarización y a remitir recursos al exterior.

–¿Cuáles son las etapas de la historia de la deuda externa?

–Hay tres grandes momentos: el primero es la política económica de la dictadura hasta el 80/81. El segundo es el período de Menem o, más específicamente, la etapa que arranca con la convertibilidad, que genera un creciente ciclo de endeudamiento externo hasta el 97/98. Y el tercer momento, más profundo porque implicó una deuda muy grande a corto plazo, es el del gobierno de Macri. Este se articula en dos grandes puntos: un ciclo de endeudamiento tradicional con acreedores privados y el desembolso del Fondo Monetario Internacional a partir de 2018.

–Si la función principal de la política económica dictatorial fue terminar con el modo de acumulación y la sociedad resultante del proceso de industrialización por sustitución de importaciones, ¿qué funciones tuvo la deuda durante el menemismo y el gobierno de Macri?

–En varios aspectos, durante los noventa y el macrismo, hay hilos de continuidad con respecto a los objetivos económicos neoliberales de la dictadura: reducir la estructura productiva. Durante los noventa y el macrismo, la deuda tiene un doble papel: desde el punto de vista económico, estimular o ser el combustible que hace viable el proceso de distintas formas de bicicleta financiera y fuga de divisas, pero también el proceso de apertura de la economía, que termina aniquilando una parte importante del sector industrial. Se apuntala al abandono de la estrategia industrial y al desmantelamiento de la estructura productiva y se nutre de recursos a ciertos sectores de la sociedad argentina para internacionalizar una acumulación cada vez más anclada en el negocio financiero.

–¿Cuál es el impacto económico-político a largo plazo de la deuda externa?

–Con la excusa de pagar la deuda, gobiernos ortodoxos y heterodoxos no cuestionan la legitimidad y legalidad del proceso de endeudamiento y se va consolidando la idea de que lo mejor que puede hacer la Argentina es configurar modelos económicos exportadores. Entonces pareciera que lo que tenemos que hacer es generar dólares por la vía exportadora de productos primarios y con estas divisas pagar la deuda. Así, lo que hacen tanto los ortodoxos como los que se presumen de heterodoxos, como el actual gobierno, es tratar de articular los intereses de los grandes grupos exportadores con el capital financiero.

–¿Qué consecuencias tiene la deuda sobre los sectores populares?

–Impacta de modo crítico sobre los sectores populares en varios registros. La condición de “honrar la deuda” es ajustar la economía para que el Estado se haga de recursos para comprar dólares y así pagar. Ese hacerse de recursos se consigue, básicamente, pulverizando los ingresos de los sectores asalariados o de los sectores de ingresos fijos, como los jubilados. Impacta también en menos obra pública, menos inversión, menos transferencia a las provincias y en modelos exportadores que tienen un dinamismo sumamente acotado de creación de puestos de trabajo, anclados en salarios muy bajos. Pero también resulta perjudicada esa capa de la burguesía industrial que vive del mercado interno. Con esas variables de ajuste, la demanda interna está muy planchada y reduce el nivel de actividad de la micro, pequeña y mediana producción.

–¿Cómo definirías la política del gobierno actual en relación con la deuda?

–El presente gobierno tiene que cargar con el lastre perverso del gobierno macrista, pero no hay ningún tipo de impugnación o mirada crítica del proceso de endeudamiento. Más allá de la perorata tribunera, parece no haber discusión sobre el hecho de que la deuda hay que pagarla. Eso concluye en un acuerdo con el Fondo que no se condice con la base social de un gobierno peronista. Entonces se persiste en una gran transferencia de ingresos del Estado a las cúpulas de grandes empresas agroexportadoras para generar divisas y pagar deuda. En teoría se tendría que generar un escenario de confrontación con el capital financiero y con los grandes exportadores, con la “puta” oligarquía. En cambio, el peso de la deuda sigue recayendo en los ingresos de los sectores populares y de los jubilados.

–En tu opinión, ¿qué medidas hay que tomar?

–En principio, el acuerdo con el Fondo tiene que ser dejado de lado. Claro que para eso se requiere de una base o una construcción política que, salvo en ciertos sectores de la izquierda, no se visualiza. Hay que encarar un proceso serio de revisión de la deuda. Si los números del Banco Central son correctos –y nada parece indicar que no lo sean–, casi toda la plata del endeudamiento terminó
cancelando deudas de grandes bancos, grandes empresas o remitiéndose al exterior. El otro elemento de esta discusión es tensionar el modelo exportador. Seguir apostando a transferir ingresos desde distintas maneras, como el dólar soja, para que estos sectores liquiden algunas divisas para pagar deuda y no para atender necesidades sociales no parece lo propio de un gobierno peronista. Ahora, confrontar con los grandes exportadores, con el capital financiero o con los dos, además de un plan técnico y de un programa económico, requiere de una base social, que es la gran asignatura pendiente en el campo popular.

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