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Caras y Caretas

           

Dante Panzeri, el periodista deportivo que todos citan y casi nadie emula

Emblema del buen periodismo, dueño de una ética implacable que hizo valer aunque le costara el trabajo, Dante Panzeri fue un crítico de la mercantilización del fútbol. Murió joven y dejó libros que hicieron escuela.

Esa noche de domingo de 1962 era especial en la señorial redacción de la revista El Gráfico. Se vivía el clima posterior a los grandes acontecimientos deportivos y periodísticos. Por la tarde se había disputado el primer River-Boca del año, en el Estadio Monumental. La tapa de rigurosa actualidad, toda una innovación para la época, estaría dedicada a Luis Artime, autor de dos de los goles con los que los locales se impusieron 3 a 1, después de haber arrancando perdiendo. La reseña del partido estaba a cargo de su director, Dante Panzeri.

En medio de la efervescencia de aquel cierre, Constancio Vigil, uno de los hijos del dueño, le encomienda a Panzeri la publicación de una nota suelta que tiene como protagonista a Álvaro Alsogaray, ministro de Economía del gobierno de José María Guido, presidente interino tras el derrocamiento de Arturo Frondizi. Alsogaray había estado presente en un palco y se lo quería capitalizar con fines políticos.

Panzeri, que consideraba que deporte y política no deben mezclarse, se niega.

Vigil insiste y se arroga la última palabra, con la fuerza del apellido.

La respuesta del director de la publicación es tajante. Levanta el saco de la silla, rompe las profusas carillas de papel escritas a máquina y se manda a mudar, considerándose despedido. No publicarán su crónica al lado de ese panfleto.

Así termina el ciclo Panzeri en la revista deportiva líder de Hispanoamérica, a la que había ingresado como redactor veinte años antes, a instancias del “Chueco” Enrique García, mítico wing izquierdo de Racing Club, al que apodaban (sin connotaciones políticas) “el poeta de la zurda”.

En rigor, hubo un plus casi tan principista como la despedida.

En la semana posterior y como parte de las negociaciones, Panzeri solicitó resolver una última tapa del semanario. Al número siguiente, los lectores se vieron sorprendidos con la anacrónica fotografía de un jugador de fútbol retirado de la actividad desde la década anterior (una portada “vintage”, diríamos hoy). Se trataba de Antonio Báez, quien había brillado en Platense, River y Millonarios de Colombia, y nunca había sido tapa de El Gráfico, un privilegio consagratorio en aquel tiempo.

“Justicia para un olvidado”, decía el epígrafe.

El Gráfico de Panzeri”, como perduró en la memoria futbolera, duró tres años escasos, jalonados entre el “desastre de Suecia” (1958), el traumático regreso a las competencias internacionales en aquel mundial ganado por Brasil, y el insípido paso por Chile (1962), con Juan Carlos Lorenzo contratado como técnico “a la europea”. En ese interín, se convirtió en un medio periodístico serio, crítico, caústico incluso, a imagen y semejanza de de su director, enemigo de cualquier complacencia triunfalista. Las ventas llegaron a bajar un tercio. Los hinchas no toleraban que en lugar de las acostumbradas loas al campeón de turno, hubiese un despiadado criterio para desmenuzar el nivel técnico de un fútbol cada vez más mezquino y mal jugado.

Tras su salida de El Gráfico, Panzeri despliega una actividad profesional casi descomunal. Escribe regularmente para los diarios Crónica y El Día (La Plata), y la revista Así, un semanario sensacionalista (como aquel, propiedad de Héctor Ricardo García), donde le respetaban hasta la última coma de sus dos páginas atiborradas de texto. Colabora en otros medios gráficos y hasta le financian un fugaz emprendimiento particular, Panzeri Confidencial, que replicaba mensualmente material ya publicado y cuyo aporte original era el correo de lectores que respondía personalmente. Se conseguía por suscripción y destilaba austeridad. Duró apenas seis números.

Antes y después, asomó su voz y su presencia en los medios electrónicos. La radio y la televisión lo contaron como columnista, sin renunciar una pizca a su estilo confrontativo. Su creación emblemática fue Fútbol al centímetro, donde compartía micrófono con el recordado crack de River y la Selección Adolfo Pedernera, y su colega Pepe Peña. Tras un River-Boca particularmente mediocre, hizo una apertura lacónica. “El bodrio fue tan lamentable que no merece una sola palabra”, resumió, y pasaron a otro tema. También fue comentarista de las transmisiones radiales, donde se cruzó (y animó) a un juvenil e inseguro Víctor Hugo Morales, en vísperas de su debut como relator en un partido de la Selección juvenil.

En los informativos de Teleonce, sus apariciones de cinco minutos, prolijamente guionadas, despertaban iras y adhesiones. En cambio, se negó tenazmente a participar de Polémica en el fútbol, conducido por su sucesor en la dirección de El Gráfico, Carlos Fontanarrosa. El carácter frívolo del programa, que no desentonaría en la actualidad, no era ámbito propicio para la discusión de ideas que pretendía el Gran Dante.

Jugar y pensar

El pensamiento de Panzeri quedó fatalmente asociado y simplificado al título de su libro, Fútbol, dinámica de lo impensado, publicado en 1967.

Aunque aclara en el prólogo que el libro “no sirve para nada” y después precisa “para nada que tenga que ver con aprender a jugar, dirigir o describir el fútbol en forma definitiva”, la sentencia fue adoptada y es repetida como mantra por pléyades de periodistas deportivos para justificar desde las gambetas de Messi hasta el cambiante resultado de un partido. Hay una pátina de sofisticación intelectual en citarlo, todo lo contrario de lo que proponía desde su solitaria tribuna.

En cambio, para lo que sí serviría el libro, según su autor, es “para no ver el fútbol como se lo está mirando”, atravesado por la lógica de mercado que alimenta tantísimas bocas de la industria del entretenimiento.

“El fútbol, para ser serio, tiene que ser juego”, porfiaba Panzeri, sin ser escuchado ni bien leído, ni antes ni ahora.

Por eso, sus enemigos apuntados fueron los impulsores del “fútbol moderno”: dirigentes, directores técnicos y un largo etcétera con nombre y apellido. Desde los presidentes de Boca y River, Alberto J. Armando y Antonio Liberti, todos los interventores de la AFA, José María Muñoz, Osvaldo Zubeldía, Juan Calos Lorenzo… Seguramente, Carlos Salvador Bilardo, a quien había denostado previamente como jugador de malas artes (los famosos alfileres).

Con esa orientación, varios años después publicó Burguesía y gangsterismo en el deporte (1974). No hace falta buscar demasiadas razones para entender su relegamiento de las citas convenientes.

Triste, solitario y final

Se manifestó enfaticamente en contra de la realización del Mundial 78, mucho antes de su apropiación por la dictadura cívico-militar (1976-1983). Consideraba que el país tenía otras prioridades sociales y económicas y que el evento exacerbaría lo peor del nacionalismo. A su tiempo, se lo planteó de manera privada y sin embages al propio interventor del ente organizador, el almirante Lacoste.

Tanta prédica repetida en contra de todo lo entendido como “popular” lo fue raleando de los medios y del interés del público. Su carácter no hacía mucho por recuperar el terreno cedido. Era cabrón y fue perdiendo amigos por el camino de la vida y de la profesión, que en su caso, fueron casi lo mismo. Su estilo de escritura era enrevesado y podía ser altisonante.

Se le ha cuestionado su conservadurismo político y su presunto “gorilismo”. En verdad, no simpatizó con los modos del primer peronismo y hasta consideró fugazmente que sus derrocadores tenían intenciones de saneamiento de todo lo que veía de malsano en las instituciones deportivas. Se reconcilió con la idea del regreso setentista, pero no tardó en hacer silencio cuando la realidad comenzó a hablar por él.

Paradójicamente, quien menospreciaba el sentimentalismo era un nostálgico del fútbol “de antes”, esa presunta edad de oro de los años 40 que no tuvo roce global por la contigencia bélica.

“Che, Panzeri, ¿qué dejan tus 35 años de broncas?”, se pregunta en una especie de autorreportaje publicado por la revista Satiricón en diciembre de 1973. Puede interpretarse como un testamento ético y periodístico.

Dante Panzeri falleció el 14 de abril de 1978, a semanas del comienzo del Mundial que condenaba. Resulta tentador imaginarlo en alguna de las tribunas deportivas de moda.

También caprichoso.

El Gran Dante fundó un estilo y alumbró una época que se fueron con él.

Escrito por
Oscar Muñoz
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