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“Soñé a Yupanqui justo el día que murió”

Ilustración: Jung!
Ilustración: Jung!

Peteco Carabajal, importante figura del folklore actual, cuenta su relación musical con el maestro Atahualpa.

El día que Atahualpa Yupanqui murió, Peteco Carabajal se lo encontró en sueños. Días atrás, habían hablado por teléfono bajo un propósito puntual: que Peteco invite a Atahualpa a la presentación de Encuentro, su primer disco solista, en el teatro Ópera. “Era comienzos del año 92, y él me dijo que no iba a poder venir porque se iba a Francia, y que cuando volviera nos íbamos a encontrar. Pero, bueno, en ese viaje murió”, se lamenta el compositor, cantor y multiinstrumentista santiagueño. El vínculo, sin embargo, no terminó ahí ni así, siguió un curso onírico. “Soñé a Yupanqui justo el día que murió, vino a verme entre sueños. Recuerdo que estaba en un estado en que ya no podía hablar. Me daba a entender que se estaba yendo, y apenas me tiró unas palabras sueltas.”

–¿Cómo fue ese sueño?, ¿dónde estabas vos, dónde él, haciendo qué, cuáles fueron esas palabras que balbuceó?

–Estábamos en un pasillo largo, onda el que hay al costado del escenario de Cosquín. Yo le quería hablar, le quería hacer escuchar mi versión de la chacarera “La olvidada”, y de pronto tenía en la mano una guitarra chata, de esas sin cuerpo, que se me escapaba, se me iba. Yo no me podía acomodar, y él me hacía notar que no podía escucharla, que ya no tenía tiempo, pero yo le insistía en que la escuchara, porque la tocaba como los Hermanos Díaz, con la sexta en re (risas). Lo loco fue que cinco años después viajé a Estados Unidos, fui a comprar una guitarra, y la primera que me ofreció el vendedor era la que tenía en aquel sueño.

–¿Qué guitarra era?

–Una canadiense, la Godin, y era igual que la del sueño: chatita, maciza, color miel. Por supuesto la compré, y de hecho fue la primera de esa marca que entró al país. En fin, sentí que Atahualpa había sido tan de palabra respecto a que nos íbamos a encontrar cuando volviera que vino a despedirse en sueños a cumplir con su palabra.

–¿Cómo habías entrado en su mundo “real”, más allá del llamado y el sueño?

–Por mi padre Carlos. Él fue quien me hizo escuchar sus músicas, y además lo veía tan interesado en Atahualpa que yo también me interesé. Era fines de los setenta, y ambos mirábamos sus especiales por televisión. Particularmente, me gustaba verlo hablar más que cantar a Yupanqui. Ver cómo preparaba una canción y todo lo que decía sobre ella. Eso y lo que me decía mi viejo me hicieron comprender que el capo era él: don Ata.

–Algo así como el primus inter pares del folklore argentino, o de las músicas de raíz, dicho mejor.

–Algo así, sí. Había muchos que eran referencias en términos musicales. Por decir, el Cuchi Leguizamón ha hecho ver un camino amplio, profundo, de apertura armónica, pero digamos que Atahualpa es el resumen de tanta maestría que ha habido en nuestra historia musical, porque todos lo tenemos a él como maestro y referente. Solamente aquel que ha tenido algún entredicho con él, porque ha sido de su época, tal vez no; pero yo, que no tuve ocasión de rasparme corporalmente con Yupanqui, no sufrí que me lastimara nada su personalidad. Por el contrario, lo adopté como el referente máximo; como aquel que reúne todas las condiciones de referencia.

–Poéticas, musicales, políticas, estéticas, ideológicas. ¿Todas?

–Totalmente, todas. Y aun a pesar de las cosas que no comparto, porque yo tengo otro carácter. Cada cosa que he leído o que he escuchado de él lo define como un gran maestro de la vida y de la filosofía, a nivel de la humanidad. Todo lo que él habla se puede tomar como referencia para hacer andar, para difundir. Para mí, Yupanqui es una cosa de amor sagrado, no hay nada que lo manche.

–¿Comparable a qué, en tu vida?

–Solo a mi viejo. Siento que ambos me dieron lo mismo, aunque en el caso de mi padre, el mensaje era como más livianito, más risueño. En cambio, Atahualpa me lo dice en serio (risas).

–¿Qué es lo que uno te decía “livianito” y el otro en serio?

–La profundad y la altura de lo popular. Lo difícil que es llegar a ser una persona de conocimiento, en el sentido de identificar qué puede ser lo bello, popular y simple, y qué lo burdo y vulgar. Es muy sutil la diferencia, porque una palabra puesta en determinado lugar puede ser burda, pero si la cambiás de lugar, se puede transformar en simple y bella. Es ideológico lo que Atahualpa transmitía en ese nivel. Me apasionaba, y me apasiona, cómo mete al hombre y sus dramas en la canción folklórica. Y no solo al de aquí, sino también al de la Europa de las guerras. Él ha tenido experiencia en eso, y ha incluido en su arte la poesía española o la gitana.

–¿Qué es lo que más te ha impactado del Yupanqui específicamente músico?

–Escucharlo tocar la guitarra, porque todo lo que ha tocado lo ha hecho bien, armonizado, y con una forma propia, argentina y folklórica, aunque también se dejara influir. Le reconozco acordes que la primera vez que los he escuchado ha sido a través del jazz o de la bossa nova. En fin, Atahualpa le daba jerarquía a todo lo que tocaba, básicamente por la forma en que armonizaba. El tipo seguía siendo folklórico en su sonido y correcto en su armonía, en la que yo podía leer y sentir una identidad.

–¿Creés que como cantor estaba a la altura de ello?

–También me encantaba cómo cantaba, porque era un artista musical, y entonces era difícil que hiciera algo mal o que no te llegara a gustar. Cantaba lo justo para poder expresar una melodía y el sentir de una letra. Su voz entraba justa, y nunca iba a hacer una ostentación de ella, de su caudal o de notas largas; era otra cosa.

–Además de dedicarle un tema con su nombre en el disco Memoria de amor, versionaste piezas de Atahualpa como “La olvidada” e incluso le pusiste música a un poema salido de su pluma: “Violín del monte”. ¿Qué piezas de Yupanqui te conmueve revisitar?

–Me gusta mucho cantar “Recuerdos de Portezuelo”, “La olvidada” y “Milonga del peón de campo”, básicamente porque las puedo cantar (risas). Las puedo cantar con mi voz, quiero decir, sin tener que hacer un acting. De pronto, yo no tengo el dolor y la vivencia que tenía Atahualpa en su voz, pero me puedo dar el gusto, en el caso de los temas que nombré, de poder modernizarlos y hacerlos a mi manera.

–¿Y de las que no podés cantar, cuáles son tus preferidas?

El payador perseguido, sin duda. Esa es una, y la otra, bueno, todos los temas de su obra (risas), porque Atahualpa no tiene nada que vos no puedas escuchar y disfrutar. Todos sus temas tienen un porqué. No sé, por ejemplo le canta a una ramita que crece en una grieta (“El aromo”), y eso es algo para lo que hay que tomarse un buen tiempo y escuchar, porque eso es Yupanqui, es tiempo, silencio y maravilla.

Escrito por
Cristian Vitale
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