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“Malvinas fue con ellas”

Fotos: Ariel Martínez

Fotos: Ariel Martínez

Hace más de una década que, primero como presidenta del Consejo Provincial de las Mujeres y actualemente como ministra de Gobierno, Cristina Álvarez Rodríguez promueve el reconocimiento histórico de las mujeres de Malvinas. Su militancia fue fundamental para que en 2014 las enfermeras que asistieron a los heridos –muchas de ellas con apenas diecisiete años al momento del conflicto bélico– fueran homenajeadas con el título Forjadoras de Paz.

–¿Cómo surge la idea y el proyecto de reconocer para la memoria histórica a las mujeres de Malvinas?

–Corría el Bicentenario argentino, allá por 2010, y nosotras sentíamos que muchas historias de mujeres aún seguían invisibilizadas. Entonces, junto a una gran compañera, Andrea Balleto, con Claudia Bernazza y Claudia Prince tomamos la tarea de trabajar en el Consejo de las Mujeres. Ese consejo, creado por Ana Goitía, fue el escenario propicio para una red de mujeres decididas a darles voz a otras y a la vez construir una cultura que diera marco a las luchas que librábamos por el cupo, la paridad, la sororidad y tantas cuestiones que surgían de los feminismos, de las cuales a veces todavía ni siquiera teníamos nombre. Comprobamos que la violencia que soportamos las mujeres era tan brutal que tenía como vector a lo largo de la historia la invisibilización. Las mujeres habíamos sido las que zurcíamos la bandera, las que cocinábamos, las que cuidábamos a los hijos en las casas, pero no éramos las que lucharon por las independencias ni las mujeres de la guerra de Malvinas. En definitiva, no habíamos sido las que habíamos estado a la par con los varones para construir la patria.

–¿Cómo fue el encuentro con las mujeres de Malvinas?

–Nosotras comenzamos abriendo la gobernación para que ellas pudieran contar sus historias y luego las homenajeamos. Tratamos de encontrar la mayor cantidad posible. Quedaron muchísimas que nos pudimos ubicar porque no fue tan sencillo. Así como todas las cuestiones que atraviesan Malvinas, que no suelen ser sencillas. A cuarenta años, que el Estado argentino y la Cancillería representada por Guillermo Carmona continúen reclamando los derechos de soberanía es fundamental. Eso es el punto de partida para empezar a poner luz sobre este tema. Al comienzo trabajamos con las enfermeras instrumentadoras quirúrgicas, muchas de ellas voluntarias, menores de edad y en el marco de un programa que recién vio la luz en 2013 porque nos costó mucho reconstruir historias, ir a buscarlas. Adolfo Pérez Esquivel nos ayudó mucho. Hubo una voluntad política que era afirmar: “Las mujeres de la provincia estamos en el Bicentenario de pie y tenemos voz”. Y así pudimos encontrarnos con ellas y sus voces increíbles, potentes, claras y conscientes del tiempo que habían vivido y de su protagonismo histórico. Siempre me gusta citar a Silvia Barrera, instrumentadora quirúrgica de Malvinas, que fue voluntaria cuando tenía veintitrés años: “No tuvimos nunca ningún reconocimiento, pero somos parte de la historia argentina, y ese es el mayor reconocimiento. Nosotras hicimos historia”. Eso nos interpeló. Ella siempre tuvo su conciencia histórica y no la posibilidad de contar los horrores de una guerra producida en el contexto durísimo de la dictadura cívico-militar. A través de ese programa comenzamos a hacer mesas, convocar a otras compañeras. Muchas estuvieron en las islas, otras en otras ciudades. Pudimos hacerlo, y muchos años después, con otras bonaerenses, nos lanzamos al desafío de que esas mujeres tuvieran nombre propio en nuestra historia. Con el tiempo aparecieron y llegaron otras compañeras. El nuestro fue un trabajo incipiente. Y todavía falta encontrar a muchas más.

–¿Por qué afirmás que era con otras?

–Porque no era un hecho aislado, Malvinas fue con ellas y con otras tantas: maestras, médicas, científicas. Porque a la vez era recuperar a otras mujeres anónimas que no tienen nada de anónimas, que son las mujeres del pueblo: las mamás, las novias, las hermanas, las hijas, de todas las épocas. Las que en 1982 despidieron a sus hijos, sus novios, sus hermanos y sus amigos en los andenes, en las casas, donde pudieron, sin entender, con un dolor enorme. Las que tejían las bufandas para abrigarlos, las que prepararon y enviaron esas donaciones que no llegaron a ninguna parte por esas colectas robadas. Y las que también, al mismo tiempo que esto pasaba, militaban con Madres y Abuelas para la recuperación de los desaparecidos. Recuperar una patria y una historia atravesada por el dolor y la impunidad en medio de una guerra con jóvenes muriendo brutalmente.

–¿Cómo surge la designación de Forjadoras de Paz para las mujeres de Malvinas?

–El programa se llamaba Gestión de Paz – Cultura de Paz. Forjadoras de Paz era la designación honorífica que les dábamos a las mujeres protagonistas, no nombradas. El término venía de Maltrato Cero y en principio habíamos otorgado la distinción a aquellas mujeres que lucharon por erradicar todo tipo de violencias y especialmente el femicidio. Para las mujeres de Malvinas fue un caso especial por la dimensión de su trabajo y porque nadie había hablado de ellas. Empezamos con mujeres enfermeras, muchas de ellas menores de edad que trabajaron en el Hospital Naval de Puerto Belgrano en 1982 y asistieron a los heridos. Fue un trabajo de merecido reconocimiento y por el que habían esperado demasiados años.

–¿Qué historias rescatás que te hayan conmovido particularmente?

–Las historias narrando el shock que había provocado en ellas llegar a esos hospitales de campañas en Río Gallegos, Tierra del Fuego o Comodoro Rivadavia. Algunas eran enfermeras muy jovencitas, recién ingresadas a la base militar de La Plata, que se encontraron con patologías que no habían visto nunca y que son las de la guerra: heridas de bala, amputaciones, el sufrimiento de los jóvenes… Ellas describían historias desgarradoras no solo de cómo acompañaban en la curación, sino en lo emocional. Después, fue el shock de volver. Ellas habían quedado conectadas con muchos de los que habían atendido y habían sobrevivido y habían formado una red, una familia, porque junto a ellos habían vivido algo inédito a su edad, al menos desde la época colonial.

–Como sobrina nieta de Evita tenés detrás una tradición familiar de reivindicación de mujeres invisibilizadas y anónimas. ¿Se puede trazar un paralelo con las enfermeras de la Fundación Eva Perón?

–Evita pudo detectar que había dos oficios muy depreciados por la sociedad: enfermeras y telefonistas. Las primeras porque estaban en contacto con los cuerpos desnudos, y las segundas porque escuchaban conversaciones. Evita detectó rápidamente esto: con las telefonistas hizo un trabajo de sindicalización y buen pago. Con las enfermeras hizo esta carrera de reconocimiento universitario que significó la profesionalización.

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