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Miguel Grinberg, el último de los poetas hippies

El 5 de marzo de 1980, Miguel Grinberg escribió a propósito de la última película de Francis Ford Coppola: “Apocalypse Now tiene como escenario la guerra del Vietnam, pero en verdad es lo menos importante. Interesa sí, y mucho, como marco histórico, ya que aún están abiertas las heridas de ese combate. Pero podría tener como marco la guerra de Troya o la guerra del Paraguay. Pues el tema crucial es el del homicidio, es la historia de Caín y Abel, es la disyuntiva de matar o no matar”. 

Un mar de metales hirvientes. Crónicas de la resistencia musical en tiempos totalitarios (1975-1980), el libro que recopila valiosamente las colaboraciones de Grinberg como periodista de la sección espectáculos del diario La Opinión, está plagado de “perlas” que, como la descripta, constituyen ingeniosas estrategias del poeta para denunciar el aparato represor del terrorismo de Estado a la vez que evadir el sistema de censura castrense. 

Pero la principal brillantez de los artículos de Grinberg durante los años oscuros es –como el del poeta por antonomasia– oponer la belleza al horror de la máquina de matar. Así describe la ternura de unos recitales de María Elena Walsh en 1975 “para que aprenda el que quiera”, o reflexiona que el grupo de rock Polifemo es “una fórmula que rechaza el miedo y se afirma en las metas del amor” a mediados de 1976.  

Para reflexionar sobre esa época donde decidió no exiliarse y pelearla desde adentro, Grinberg hizo suyas unas palabras del cantante popular de protesta Phil Ochs. Cuando al artista estadounidense lo pusieron en una lista negra por ser sistemáticamente confrontativo a la política hegemónica norteamericana, editó un disco con canciones de amor, pero no pudiendo con su genio, imprimió en la tapa: “Estos son tiempos tan horribles en los que la única protesta auténtica es la belleza”. 

Ese pareció el lema de una existencia que comenzó el 18 de agosto de 1937, a dos años y doce días del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y, como tal, pareció signada por contextos locales e internacionales de diversas manifestaciones de la violencia que no fueron ajenas a su sensibilidad humana y poética. Grinberg también pudo haber hecho suyas las palabras del Che Guevara: “Hagamos la revolución sin perder la ternura”, con la diferencia de que nunca hubiera transado ni un ápice su postura pacifista ni en ninguna circunstancia justificado la muerte de un ser humano por otro.

Pionero de la contracultura

Su búsqueda inclaudicable de un mundo más habitable se manifiesta públicamente a comienzos de los años 60 cuando descubre a los Beatles y Bob Dylan, se pone en contacto con los escritores de la llamada generación beat y del erotismo redentor de Henry Miller, y se traslada desde Ciudad Juárez al bohemio Greenwich Village de 1964 para compartir –con Allen Ginsberg y Jack Kerouac, entre otros–, utopías, fiestas, borracheras y tiempos de ebullición política contrapuestos al American way of life. Esa atmósfera que describirá como “un festival constante” quedará plasmada en Memorias de los ritos paralelos. Diario de Nueva York, 1964, y en la poesía contracultural que exportó para el naciente rock argentino.  

Su libro Cómo vino la mano. Orígenes del rock argentino fue pionero y devino referencia ineludible en la materia. Para Grinberg, el rock local nace de la mano de artistas como Moris, Javier Martínez, Tanguito y Litto Nebbia. Y, no casualmente, un hito fundante es aquella letra que siguiendo las prerrogativas de la generación beat instaba a dejar el mundo triste de la civilización consumista ya no en un auto –como el Jack Kerouac de En el camino– sino más radicalmente en una balsa, como el Huck Finn de Twain, pero partiendo hacia la locura y a naufragar.   

Un año clave es 1966. Mientras en un baño de caballeros de La Perla del Once, Tanguito y Nebbia pergeñaban la composición de “La balsa”, la dictadura ultramontana de Juan Carlos Onganía asesinaba en una galería de comercial de Córdoba al estudiante Santiago Pampillón, se sucedía la Noche de los Bastones Largos sobre otras y otros tantos docentes y estudiantes de la Universidad de Buenos Aires y cualquier extraño de pelo largo era susceptible de pasar la noche en una comisaría. 

Para Grinberg, el rock pacifista, denunciante y convivencial fue la respuesta a la larga pesadilla de las dictaduras argentinas, a la Noche de los Lápices y a la guerra de Malvinas, de manos de artistas como Luis Alberto Spinetta –con quien lo unió una perdurable amistad y a quien le dedicó el libro Una vida hermosa en 2013–, Charly García, David Lebón, Nito Mestre, Miguel Abuelo, Raúl Porchetto y bandas tales como Almendra, Los Gatos, Sui Generis, Serú Girán, entre otras.  

“Nuestros años sesentas” fueron clave para Grinberg. En eso años forjó sus antológicas amistades con Witold Gombrowicz, Natalia Ginzburg y el propio Ginsberg. Para el pensador, en ese momento se unieron diversas luchas y diversos actores contra el capitalismo e iluminaron las artes, las ciencias y el pensamiento mundial de forma inusual. Esa experiencia no volvió a repetirse.  

El rock y la ecología

“Durante casi tres lustros (1970-1985), el rock argentino (aglutinó) y exploró la creatividad humana en relación con el pacifismo, el ecologismo, el feminismo, los derechos civiles, las visiones gays, las comunidades intencionales y otras heterodoxias como la antipsiquiatría, la educación holística, la alimentación consciente, la meditación y afines”, escribió.  

Sin embargo, a la vez que apoyaba las propuestas libertarias del rock, Grinberg bregó prematuramente, desde los años 70, una militancia especifica en sintonía con el desarrollo de una conciencia planetaria que lo convirtió en pionero del ecologismo y se plasmó en la creación y edición de revistas tales como Mutantia. En esa publicación también dejó testimonio de sus búsquedas existenciales, que lo llevaron a abrazar y difundir pensamientos espirituales alternativos como el tibetano, el hinduismo y el budismo, entre otros. Para alguien que soñaba con un mundo más amable y con una morada lo más inclusiva posible, para quien los humanos éramos “hebras universales del cosmos”, “células de un organismo universal”, la ecología espiritual fue el destino casi inexorable.  

Su amigo y ocasional compañero de luchas Juan Carlos Kreimer lo caracterizó una vez como un “espíritu rebelde implacablemente lúcido y amoroso que no transó con ninguna otra voz que la que le susurraba su conciencia”. Frecuentemente, esa actitud posicionó a Grinberg en un lugar incómodo y lo hizo frente de ataques de diversos flancos. No fue condescendiente ni se sintió identificado ni con la llamada izquierda ni con la izquierda del espectro político, a las cuales definió como “trucos ideológicos magistrales para mantener a la plebe pujando entre sí por metáforas y banderías simbólicas mientras los poderosos prosiguen sus macronegocios sin interferencia”. Caracterizó a las democracias argentinas como “meros simulacros” “divorciados del uso creativo de la solidaridad, la originalidad y la justicia social”. Fuera de toda fórmula simplicista, creyó en la existencia del amor romántico, al que “como el tango hacen falta dos, para que haya baile”, y destacó que la vida amorosa precisaba de tolerancia, paciencia y convivir con el hecho de “saber que lastimar y ser lastimado es parte de un viaje eterno de descubrimiento y encuentro”.  

“Somos irremediablemente libres. Incomparablemente eternos. Absolutamente insignificantes. Esencialmente únicos”, declaró una vez. Y también que una forma de eternidad era despertar en un mundo sin combates y otra eternidad son las “semillas de infinito” sembradas en cada hija y cada hijo. El viernes 4 de marzo de 2022, Miguel Grinberg partió serenamente, a sus juveniles 84 años. Ojalá haya sido confiando en esas y otras eternidades. Para los sobrevivientes a quienes iluminó en tiempos difíciles, parafraseando la letra de una canción de Serú Girán –que tantas veces Miguel ensalzó–, la vida continúa, pero ya sin poesía.  

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