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“Pocas veces se escucha a las madres de los hombres capaces de matar a una mujer”

Rota es una obra disruptiva. La protagonista es la madre de un femicida que, tras haber cometido el atroz crimen, termina con su vida. Ella habla desde el horror de haber criado a ese monstruo, hijo sano del patriarcado, y desde el dolor de la pérdida. En esta entrevista coral, las y los hacedores hablan sobre este entramado no apto para estereotipos.

Escrita por Natalia Villamil y dirigida por Mariano Stolkiner, Rota se estrenó el 19 de febrero en el Teatro El Extranjero, con actuación de Raquel Ameri. Caras y Caretas estuvo en el estreno de la obra y entrevistó a algunos de los integrantes del elenco. La obra le da voz a la madre de un femicida.

–¿Cómo surge la escritura de esta obra?

Natalia Villamil: –La escritura del texto surge porque Raquel (Ameri) me llamó para ver si existía la posibilidad de escribir algo para que ella actuara y Mariano dirigiera. Me pareció una buena conjunción de universos que podía llegar a tener una potencia interesante. Charlamos los tres. Sobre los distintos temas que surgieron en ese encuentro, decidimos hablar de la madre de un femicida. Siempre hablan las madres de las víctimas, y con razón piden justicia por el femicidio de sus hijas, pero pocas veces se escucha a las madres de estos hombres capaces de matar a una mujer. El tema se tornó interesante para la escritura, en la medida en que lo volvía en sí mismo un tema contradictorio, punzante, con una ambivalencia desde el arranque. La escritura intentó plasmar a una mujer que amaba a su hijo sabiéndolo violento, lo amaba y le temía al mismo tiempo. Sabía de su condición, pero no podía hacer nada. Las imágenes comenzaron a aparecer desde ese lugar interno, de absoluta sensibilidad. Porque a las madres se les exige doblemente siempre. La crianza y educación de sus hijos, bajo un régimen patriarcal que baña cualquier transmisión de sentidos. Entonces si ella misma es víctima del sistema patriarcal, ¿de qué modo transmite otra cosa? El mundo interno del personaje es muy amplio. Pugna todo el tiempo entre la culpa, el reconocimiento de su dolor, el empoderamiento nuevo frente a otros hombres. Pero también señala constantemente cómo la sociedad no puede ver a estos monstruos sanos, hijos sanos del patriarcado. El personaje intenta iluminar esos lugares, aunque sea a partir del dolor, de la muerte de su hijo. Del duelo trunco que encara una y otra vez cuando quiere reencontrarse con su hijo en cada imagen que se le aparece. Intenta dejar todo atrás, a partir de la muerte real, pero también de la muerte de ese niño, que se transformó en un hombre capaz de matar a una mujer.

Fotos: Guido Piotrkowski

–¿Cuál fue la génesis del proyecto desde la dirección?

Mariano Stolkiner: –Hace años que con Raquel Ameri veníamos planteándonos el deseo de hacer algo juntos. En un momento llegamos a iniciar un proceso, pero enseguida ella quedó embarazada y tuve que continuarlo con otra actriz. De todas maneras, sabíamos que tarde o temprano llegaría el momento de concretar algo en conjunto. Así fue que para mediados de 2019 Raque me llama con la intención de retomar esa posibilidad y me comenta su interés de llamar a Natalia Villamil para que hiciera la escritura del texto. Por supuesto que la idea me atrajo enseguida. Concretamos una reunión entre los tres y nos pusimos a pensar sobre qué queríamos decir a través de la escena. El tema que surgió fue el de la violencia de género. Yo venía de dirigir varias obras que abordaban esa temática, entre ellas El amor de Fedra, de Sarah Kane; Biolenta, de Carolina Vergara Olivetti, y Zoraida. La reina del Abasto, con mi propia escritura. Les planteé que, si bien me interesaba continuar abordando la temática, desde mi visión en la dirección necesitaba buscarle una vuelta de tuerca para no seguir repitiéndome. Me interesa que cada obra me traiga un desafío diferente. Me surgió plantearles la idea de que la temática pudiera ser tratada desde el lugar que podía ocupar una mujer, madre de un femicida. Trabajar sobre esa contradicción. De ahí en más fuimos poniendo en conjunto lo que a cada uno de nosotros nos atravesaba respecto de esa situación y entonces, Nati ya con toda esa información se tomó su espacio en soledad para escribir la obra.

–¿Qué le pasó al leer el texto?

M. S.: –Cuando Nati nos entregó lo que había escrito quedamos fascinados. El texto no sólo tenía toda esa carga en torno a la contradicción que atravesaba esta mujer, sino que además contenía una potencia expresiva, dramática y emocional única. Además, traía la ventaja de ser un texto claramente escrito para ser abordado por Raquel como actriz y por mí como director, cosa que no sucede muy a menudo. Fue un encuentro maravilloso el que logramos a partir de estas tres singularidades. Uno de los elementos más interesantes que le había incorporado Natalia era el hecho de que este femicida, luego de matar a su novia, se había pegado un tiro. Esto le daba todavía una profundidad mucho mayor al conflicto de esta madre, ya no sólo por la monstruosidad de lo que su hijo había hecho, sino por el dolor de la pérdida de aquello más amado; de esta forma, la rotura se hacía todavía más visible. También encontré un enorme desafío: el texto era muy generoso en términos de su poética y prosa, pero dejaba muy abierta la forma de abordarlo en la escena, cosa que en realidad también me atraía, pero no dejaba de ponerme en una zona de incertidumbre muy grande respecto del lugar por donde abordarlo, abría un camino a la búsqueda que necesariamente debía transitar una zona de investigación y pruebas en los ensayos.

–¿Cómo surge la puesta?

M. S.: –Recuerdo haber llegado al primer ensayo sin tener la más remota idea de por dónde debía ir. Por supuesto que tampoco podía dejar a la actriz sin herramientas para iniciar su proceso de búsqueda, que en definitiva sería el mismo que me llevaría a mí a encontrar el procedimiento indicado para la construcción dramatúrgica de la puesta en escena. Propuse algo simple, empezar por ubicar a esta mujer en su lugar natural, tiré algunas líneas de acción y a partir de ahí empezamos a probar diferentes cosas en función de lo que cada ensayo devolvía. Fue el tiempo y el tránsito de ese camino lo que terminó de organizar todos los elementos. Como director uno es un observador, alguien que decide en función de lo que lo que va apareciendo en los ensayos. No creo que nada deba ser impuesto ni empujado, las imágenes, tanto visuales como sonoras, van surgiendo en la medida en que se les da el lugar. Por supuesto que Raquel también contribuyó con sus propias propuestas. Tuvimos que trabajar mucho sobre el carácter de la actuación. Yo me daba cuenta de que la representación formal o literal de lo que el texto traía consigo expulsaba la posibilidad de la escucha. En cambio, cuando aparecían zonas más “naturales”, por llamarlo de alguna forma, dándole lugar a través de la acción a lo “no dicho”, uno podía entrar en contacto con la obra. También había algo en torno al principio ideológico, era un desafío que nuestra opinión personal no pasara por encima de lo que esta mujer estaba queriendo transmitir, no hablar nosotros a través de ella sino ponernos en el desafío de que ella pudiera expresarse sin ser juzgada. Después, ya en ese camino, empezarían a llegar las primeras imágenes, dónde esta mujer estaba situada, cuáles eran los momentos que debían ser sonorizados, la música, la luz, pero hubo que pasar por muchos lugares y perderse muchas veces en el camino para que finalmente ese cuerpo tomara forma, cosa que se fue dando con mucho trabajo, paciencia, prueba y desafío de un modo muy paciente. Ese es uno de los mayores atributos que tiene esta obra y que hace que, más allá de la temática que aborda, se transforme en un hecho artístico de importante envergadura en términos de lo que la puesta en escena ofrece.

–¿De qué manera vivió el proceso de lectura del texto, como actriz?

Raquel Ameri: –Ya el nombre, Rota, me atrajo, y me llenó de emoción tener en mis manos y frente a mis ojos ese texto donde había algo como de haberlo fecundado y ahí estaba como un hijo recién parido, aún manchado de sangre y líquido amniótico de la pluma talentosa y precisa de Natalia Villamil. Lo leí de un tirón y el nudo de la garganta se desató en lágrimas, conmovida por el texto y el desafío que teníamos entre manos con Mariano Stolkiner. El camino que anduvimos en los ensayos con Mariano y la compañía amorosa y lúcida de Eleonora Di Bello en su asistencia de dirección fue tanto apasionado, visceral, como razonado y explorado hasta llegar al puerto deseado. Para mí, en la actuación fue más una deconstrucción que una construcción. Claro, sin dejar de lado mis recursos y mi identidad como actriz y artista que soy, pero sí abriendo nuevos circuitos para llegar a lo que hoy me desafía en cada función, más que mostrarme, dejar ver.

Fotos: Guido Piotrkowski

–¿Qué características tiene el diseño sonoro de Rota?

–Rafael Sucheras: –La idea de que Rota tenga una ambientación musical y sonora basada en el rock surge, por un lado, por las posibilidades expresivas de este lenguaje. Necesitábamos algo que nos permitiera tanto momentos de explosión como de oscuridad. Y también porque consideramos que el rock es parte importante de la cultura sonora del conurbano bonaerense, que es donde está ambientada la obra. Pensé la música como escenas de ensayos, como cuando vas caminando por una calle y escuchás a un guitarrista practicando en su habitación. Cada instrumento es un personaje que en ocasiones interactúa con otros instrumentos. En lo personal, fue un lindo desafío ya que mi instrumento es el piano, que no es el instrumento más identificado con el rock. Compuse gran parte de la música durante los ensayos, mientras Raquel interpretaba el texto, pensando en que luego lo grabaría con músicos en guitarras y bajos eléctricos. Martin Junto y Orestes Di Vruno fueron los encargados de, a pesar de no haber estado en los ensayos, darle a la música el color exacto que necesitaba. La banda de sonido de Rota va a estar disponible en las plataformas musicales la semana próxima. Por el momento está disponible en www.rafaelsucheras.com.

–¿Qué elementos tomó en cuenta a la hora de crear la escenografía?

Magalí Acha: –Al inicio pensamos en una vidriera de esas de Ámsterdam. Luego la obra fue mutando. Nos dijo otras cosas. Teníamos claro que queríamos neones. Nos gustaban. Luego comenzaron los ensayos. Pensamos en el frente de una casa. Pasamos por alguna idea incluso naturalista. Sentimos que ella no podía transitar todo el espacio. La encerramos. Ella está encerrada en su dolor. Finalmente, apareció. Una chapa oxidada, con rajas. Neones rojos. Una tarima. Ella parada sobre una posible tumba. Ella de pie ante las circunstancias. Ella con un discurso casi político, increpando al espectador. Ella encerrada. Ella con un mundo en la espalda. Ella sostenida/sosteniendo. Y luego Raquel hace el resto. Fue un proceso muy bello. De compartir y debatir ideas entre todos. Un gran trabajo en equipo. En donde cada pieza tomó su lugar. En donde cada uno de nosotros, equipo creativo, pudo opinar y trabajar sobre el trabajo del otro.

Escrito por
Daniela Lozano
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