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La poesía de las armas

Hace 45 años, moría asesinado por las fuerzas de la dictadura el poeta, periodista y guerrillero Paco Urondo. Su obra y su lucha revolucionaria, su participación en la escena cultural de la segunda mitad del siglo XX y el derrotero que lo ligó con las Fuerzas Armadas Revolucionarias y luego con Montoneros son parte de la parábola de la Argentina trágica.

Hay quienes condensan en su persona las tensiones sociales y culturales de una época. Es el caso del poeta y militante Francisco Urondo, nacido en Santa Fe en 1930 y asesinado en Mendoza el 17 de junio de 1976. En él cabe la vanguardia cultural de los años 60 como movedizo impulsor de las renovaciones en poesía, cine, teatro, nuevo periodismo. También la pasión política ejercida hasta sus consecuencias extremas, la tirantez inevitable de combinar esas elecciones y hasta las características de su muerte. Esa muerte como signo no de la sacralización del poeta-guerrillero-mártir sino como precipitado de un cul de sac  político que entrega una vez más la índole criminal de los poderes permanentes del país –por excelencia manifiestos en la dictadura videlista– y por otro lado los desafueros de una conducción política –la de Montoneros– que pulveriza el capital político popular para servir a muchos de sus cuadros, tanto de vanguardia como de base, al enemigo. Y no es esto una versión de la insostenible teoría de los dos demonios, no. Es el humo negro de una rebeldía que no se pudo poner a salvo de los peores reflejos del poder que combatía.

EL POETA PACO

Pero hablemos de Paco, de Paco Urondo. De ese pibe que tiene un primer hervor estético en su Santa Fe natal de los 50-60, el mismo que se cruza en lancha el río hasta Paraná para visitar a Juan L. Ortiz; el que le muestra sus poemas a su celador de la secundaria, Miguel Brascó; el que trabaja con Fernando Birri en un retablo de títeres; el que patea la ciudad donde todavía se podía cruzar con Juan José Saer o con Hugo Gola en algún asado con vinos largos y ásperos. O el que se aburre de la carrera de Química, de Derecho y aun de Letras, y se sumerge en una lectomanía total e inorgánica; el que llega a la Secretaría de Cultura de su provincia a los 27 años.

De ese hablemos también: del enamoradizo y dionisíaco, el que enarbolaba las banderas de Afrodita y Baco. El dicharachero que se viene a Buenos Aires y lee sus poemas con Juan Gelman en los subsuelos de las noches bullentes. Estar cerca de Paco era divertirse, dijo Horacio Verbistky para el documental La palabra justa, Paco hacía bien, dijo, con sus aires de clasemediero de saco de corderoy y mocasines, alerta para meter una ocurrencia en el rincón más desprevenido de cualquier juntada.

Pero a él, y a tantos como él, la Revolución Cubana, el socialismo en español caribeño, lo copa. Su ser político –había sido uno de los tantos intelectuales jóvenes que creyó y se decepcionó con el frondicismo– también se teje con el marxismo  del compromiso sartreano, el del rechazo al imperialismo estadounidense. Después el Che Guevara, la muerte del Che Guevara, le hace revisar su conciencia en una clave apostólica y armada; el bon vivant que habitaba en su conformación íntima se mantiene para el burbujeo cercano con los íntimos, sus mujeres, sus hijos, sus amigos. Lo reclama otra manera de defender a su amada vida e ingresa a las guevaristas Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). En esa condición participa del copamiento del pueblo bonaerense de Garín, en esa condición cae preso en 1973 y va a la cárcel de Devoto, donde lo visita un hermano mayor de la literatura y el amor por Cuba, Julio Cortázar.

En Buenos Aires había sido muy bien recibido por los poetas: se acerca al grupo que edita la revista Poesía Buenos Aires y que de alguna manera es un puente entre los restos del vanguardismo de los años 20, el neorromanticismo de los 40 y la poesía civil que comienza a asomar hacia fines de los 50. La barra, animada por Raúl Gustavo Aguirre y Edgar Bayley, indaga en el “ser” de la poesía, se entusiasma con César Vallejo, Pablo Neruda, Henri Michaux y Francis Ponge, entre otros. El muchacho Urondo se encandila con el compromiso poético de Edgar Bayley, su actitud reflexiva y a la vez vitalista ante los textos. El poeta veinteañero elige el camino de ese rigor formal para salir a buscar su voz, que luego se abrirá a formas coloquiales y comunicativas sin reducirse por esa elección.

Luego será uno de los animadores de Zona de la poesía americana junto a César Fernández Moreno, Noé Jitrik y Alberto Vanasco. De los cuatro números que editó Zona, dos fueron coordinados y editados por Urondo y Vanasco. Levantan y promueven a poetas como Oliverio Girondo, como Juanele, como el chileno Enrique Lihn. Ya se nota la inmersión literaria en la sociedad y la política con poemas de Javier Heraud, con una denuncia sobre el apresamiento de Juan Gelman en 1964, con la última tapa que lleva el rostro complicado de Enrique Santos Discépolo.  

LA CULTURA Y LAS ARMAS

En la segunda mitad de los 60 superpone la vida familiar –tres parejas convivientes en pocos años– con la inmersión en diversas disciplinas: autor de teatro; guionista de cine –Pajarito Gómez de Rodolfo Kuhn, entre otros–; adaptación de novelas clásicas como Madame Bovary para la televisión, narrativa  y periodismo cultural. En este rubro es uno de los animadores del “nuevo periodismo” nacional, ese de las revistas semanales que renovaron el gusto de las clases medias (Primera Plana, Panorama, Confirmado, Análisis) y luego el diario La Opinión, donde trabajó como segundo de Gelman en el suplemento cultural.

Varios de esos muchachos y muchachas (Szpunberg, Gelman, Piri Lugones, el mismo Urondo) ya estaban con una espinosa doble vida: activos referentes culturales, periodistas en el ajo y  una militancia hasta las manos y hasta las armas en las manos. La tensión política sube con olor a pólvora. Paco pasa por una función que sintetiza sus afanes: es designado responsable político y militar del diario Noticias, que tributa a la izquierda peronista y sobre todo a Montoneros, organización a la que se habían sumado las FAR.

La conducción “monto” comienza a acorralarlo. Le desconfiaban como un reflejo del recelo a los intelectuales –aun de los propios– que ya venía del peronismo clásico y lo reemplazan en el diario por Norberto Habbeger. Para asombro de muchos de sus amigos y parientes más cercanos, que no lo podían imaginar con fierro en la mano, Urondo era un cuadro militar hecho. La atroz moralina pequeñoburguesa y católica de la conducción montonera lo degrada por haberse enamorado de una mujer que no era su pareja estable y no ocultarlo. Para reforzar el castigo, lo mandan a una ratonera, una Mendoza donde llovía el plomo más copioso de la dictadura. La columna cuyana de la “orga” estaba diezmada a tiro limpio. Lo arrinconan en una esquina de Guaymallén con su pareja, Alicia Raboy, todavía desaparecida, con su hija Ángela, aún bebé, y con una compañera de militancia.

 Se arma la leyenda del poeta-guerrillero heroico que prefiere tomarse una pastilla de cianuro para no ir parar a la mesa de torturas. Un juicio demuestra en 2011 que no, que lo habían reventado a culatazos y golpes y luego rematado.

Ahora hay dos maneras de desmentirlo. Y bastante frecuentes, por desgracia: objetar su genuina militancia como si hubiera sido un capricho que arruinó al creador. O borrar su obra detrás de la entrega militante. Menos mal que su poesía quedó, como suele quedar la buena poesía, temblando: “Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;/ compartir este calor, esta fatalidad que quieta no sirve y se corrompe”.

Escrito por
Vicente Muleiro
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