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“Dejamos que fluyera la sensibilidad, la pasión y la técnica”

Cultor del free jazz en la Argentina, Ruben Ferrero grabó su último disco, Diálogo, junto con el saxofonista Pablo Porcelli, en plena pandemia, y el trabajo está nominado a los Premios Carlos Gardel 2021. En esta entrevista, repasa su trayectoria y habla sobre sus proyectos futuros.

“El músico de jazz toca creando él mismo a partir de una melodía dada o de una serie de acordes y si es un gran músico, nunca va a repetir una improvisación, siempre buscará nuevos caminos porque eso es lo que lo divierte –dice Julio Cortázar en sus Clases de literatura–. El elemento de creación permanente en el jazz, ese fluir de la invención interminable tan hermoso, me pareció una especie de lección y de ejemplo para la escritura: dar también a la escritura esa libertad, esa invención de no quedarse en lo estereotipado ni repetir partituras en forma de influencias o de ejemplos sino simplemente ir buscando nuevas cosas a riesgo de equivocarse. También un músico de jazz tiene malos momentos, pasajes que son muy pesados, pero de golpe puede saltar nuevamente porque está trabajando en un clima de total y absoluta libertad.”

Las palabras de Cortázar sobre el jazz parecen hablar de Ruben Ferrero. Se formó con maestros maravillosos como Fedora Aberastury, Atahualpa Yupanqui y Quinquela Martín, entre otros. Grabó discos y compartió escenario con Hermeto Pascoal, Mono Villegas, Gillespie y la lista continúa. Es el creador y director del Festival Internacional del Free Jazz en la Argentina. Está nominado a los Premios Gardel 2021 por su último disco, Diálogo. Es la encarnación de la libertad del jazz de la que habla Cortázar en sus textos.

Fotos: Niran Ganir.

–¿A qué edad aparece el piano en tu vida?

–El enamoramiento con el piano comenzó a los 9 años y medio, cuando vi uno por primera vez en la película Fantasía, de Walt Disney, fue muy emocionante descubrirlo. Así fue que conocí la música clásica en profundidad desde pibe, y ahí comenzó todo como en esa película, un fantástico juego de abalorios con el que hoy me divierto seriamente. También concurrí al Conservatorio y a otros talleres y cursos de música y de poesía. El hecho de haber tenido a maestros como Pedro Saenz, Lita Spena, Antonio de Raco, Miguel Ángel Rondano, Juan Carlos Zorzi y Fedora Aberastury quizás sea una de las razones por la cual hoy soy un docente de vocación férrea y con la exigencia que tenían mis mayores. Para mí es tan importante tocar en vivo como dar clase. Siento mi vida repartida en dos partes sagradas para mí, el artista y el docente.

–¿Cómo fue tu camino como músico?

–En mi camino como artista, en la música, de chico me sucedieron cosas como tener varios años de vecino a Atahualpa Yupanqui y él me adoptó como un hijo o un nieto, vaya uno a saber, pero admiraba verme estudiar por horas y días enteros, hasta logró sacar de oído una pieza de Bach que yo estudiaba sin cesar y que me la dedicó en su living de la calle San Benito de Palermo 4º piso al frente. Emocionante, obra que más tarde grabaría. Estando con él, aprendí la raíz y el concepto de nuestra música nativa y el silencio como parte de esa música. Otro encuentro que tuve por esos años de primaria y secundaria fue conocer al Mono Villegas, quien luego de algunos encuentros en su departamento, fue deliberadamente metiéndome en un jazz (Charlie Parker) que entendí y que me sacudió tiempo después. A través de Yupanqui conocí a músicos como Hugo Díaz, Victoria Díaz (su mujer, excelente cantora) a Mingo Cura (hermano de Victoria), quienes años más tarde también venían a casa a comer asados los domingos, y ya de grande conocí a Ramón Ayala, entre otros poetas, pintores y decidores de alta talla creativa. Otra experiencia que tuve en el arte fue haber estudiado de chico con un genial maestro de la pintura como fue Quinquela Martín, de los 11 a los 13 años, sin saber quién era él. Y pasaron cosas muy fuertes como que un cuadrito mío ganó un primer premio en Río de Janeiro, en un concurso de arte joven.

–¿Qué momentos atesorás de tu carrera?

–En mi carrera han pasado varias cosas que me gustaría destacar como haber tocado, casi por accidente, con Lol Coxhill, destacado saxofonista soprano británico, en el Festival de Jazz de Oxford, porque su guitarrista africano no pudo llegar, y acá en la Argentina este suceso me ha pasado varias veces que un músico extranjero venía a tocar. Mi primer disco, De igual a igual, en 1992, grabado en el notable estudio ya desaparecido TNT con el técnico Julio Roca, fue editado en el sello Slam Records de Inglaterra. Haber conocido a George Haslam, un saxo barítono también británico, maestro en las artes musicales con quien comparto diversos proyectos desde fines de la década del 90, escenarios locales e internacionales, además de múltiples discos, en la Argentina como en Europa. En Alemania compartí escenarios y grabaciones con Leo Weiss, violinista de la Sinfónica de Berlín. Y participé en festivales de jazz en Oxford, Alemania, Roma, Brasil, Uruguay, Chile. Un hecho muy particular fue haber compuesto a dúo con el gran músico de Brasil Hermeto Pascoal un tema que fue editado en la Argentina. También he musicalizado cuentos junto a Ernesto Sabato, compartí la realización y producción de un disco con Ramón Ayala. La satisfacción de que Pablo Agri, virtuoso del violín, dirigiera Los Cuartetos Proféticos (cuartetos de cuerdas dedicados a Alberto Ginastera) bajo los arreglos de mi gran amigo Patricio Villarrejo, con quien desde adolescentes compartimos aventuras en común. Y el hecho de ser nieto de la última princesa de la tribu aborigen Huarpe Comechingón es una de las cosas que me han permitido abordar el lenguaje de la música étnica desde lo intuitivo, lo que es para mí un compromiso profundo. Lo más reciente que me sucedió, y quiero agradecer al productor Diego Zapico de Acqua Records, es que se interesó por toda mi obra discográfica en 2020 y, en plena pandemia sanitaria, me convocó para editar y difundir toda mi obra, una de las cosas más emocionantes de mi carrera, agradezco su respeto y admiración.

–¿Y tu último disco?

–Mi último disco, Diálogo, fue realizado en dúo junto al destacado saxofonista tenor Pablo Porcelli. Decidimos plasmar solamente músicas argentinas, de autores populares y agregar una pieza propia de cada uno. Nuestro amor y respeto por estas piezas y sus autores hizo que desde la nada y sin ensayos, surgieran diálogos libres, desde nuestro discurso, de manera natural. Así lo entendimos y así nos jugamos y quedamos muy conformes con el resultado final, dejamos que fluyera la sensibilidad, la pasión y la técnica, fue como tocar en vivo. La calidez y la entrega de mi productor, Ariel Rolando Martín, influyó para que todo se diera de manera muy cálida y profesional.

–¿Cómo tomaste la postulación a los Premios Gardel 2021?

–La postulación de Diálogo a los Premios Gardel 2021 fue gracias a Acqua Records, una de las discográficas más importantes del país, que confía plenamente en mis proyectos y que alienta mis trabajos. Con Porcelli sentimos que el hecho de que hayan tomado esta decisión es que ya hemos ganado. No hicimos este disco con esa intención, la vida nos premia por la cuarentena interminable que nos juntó por el mes de octubre de 2020 con muchas ganas de tocar, de hacer algo lindo entre nosotros, ya que no podíamos hacerlo para el público, y fue amontonar ganas de hacer algo, y salió el disco, y entre otras cosas destaco el diseño de tapa, de la artista plástica Guadalupe Alfonsin, que supo aunar el piano y el saxo en un abrazo junto a la bandera argentina. Estoy muy feliz de haber concretado este deseo de simplemente tocar junto a Porcelli, un gran compañero, y que el disco haya logrado la trascendencia que logró.

–¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

–En estos momentos debí cancelar varios compromisos de actuaciones en vivo nuevamente por la cuarentena, así que me encuentro craneando proyectos nuevos. Estoy grabando varias ideas discográficas que tienen que ver con la música étnica, el free jazz y un disco de canciones propias en que musicalicé poemas de autores latinoamericanos importantes, y una obra que estrené a fines de los 80, Tierra de nadie, la primera obra de carácter étnico, que narra hechos sobre la conquista hasta nuestros días, invisiblemente prohibida en su momento. En algunos de los hechos se encuentra un delicado equilibrio entre el mundo del jazz, texturas del pop, fusiones con la música clásica o llamada culta y también texturas contemporáneas actuales. La policromía musical que abarco es la que me da un motivo de vida muy importante y que se siente dentro de mi obra, el haber descubierto diversos artistas creadores en mi infancia juvenil me marcó la senda de una raíz cultural que siento como propia y que al mismo tiempo me permitió adoptar e incorporar otras. Lo que veo como resultado es un arte de raíz regional y universal al mismo tiempo, y que comparte el mismo amor, y ahí estoy yo… libre.

Escrito por
Daniela Lozano
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