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La Giralda

Emblema de la calle Corrientes de otros tiempos, plagada de librerías y de teatros, La Giralda fue reducto de escritores y poetas. Hoy es parte del paisaje de cortinas metálicas que generó la pandemia.

Con barbijo, con alcohol en gel en la mochila, manteniendo la eterna distancia de dos metros. Sintiendo que estoy dentro de un film catástrofe protagonizado por Brad Pitt, camino cabizbajo por el centro de la ciudad. ¡Cuántos bares cerrados! ¡Cuánto cambió Buenos Aires en tan poco tiempo!

Me paro frente a sus ruinas, mientras dos docentes con máscaras especiales suben las escaleras mecánicas de la estación Uruguay del subte. Todavía está el viejo cartel de Coca Cola en el vidrio de una de sus vidrieras. Me siento en el umbral. La Giralda me acompañó en la vida durante muchos años y ahora está cerrado y siento pena y  culpa. ¿Cómo pude dejar morir a un lugar así? ¿Por qué no hice nada? En La Giralda, por ejemplo, conocí a Ricardo Zelarayán, a Eduardo Belgrano Rawson, a Roberto Raschella, a ese mozo alto, morocho y gigantesco, que durante años me atendió y siempre me hizo la misma eterna pregunta. ¿Cómo anda Ricardo? Se refería a Ricardo Zelarayán, su ilustre amigo. Yo no sabía cómo decirle que Ricardo había muerto hacía ya muchos años. Pero no lo hice. No me gusta dar malas noticias. Así que seguí soportando aquella pregunta durante años. Y siempre respondía lo mismo. “Muy bien, Ricardo anda muy bien.” Recuerdo aquellos años de muchas tertulias, de grandes charlas de literatura argentina hasta que aparecía el sol del día sábado y seguíamos casi hasta el mediodía. La Giralda no cerraba de noche. Imagínense hoy. Esa forma de vida es impensada: un bar lleno de gente, mucho ruido y humo de cigarrillo. Muchos libros, diarios y revistas. Hoy casi nada de eso existe. Rememoro viejas épocas, no tan viejas en el tiempo. Pero ahora en el siglo XXI todo sucede más rápido. Tengo cincuenta años pero siento que tengo ochenta. No termino de adaptarme a la vida nueva durante la pandemia.

¿Seré un sobreviviente, un amante incondicional del siglo XX? No importa. Ahora el bar está cerrado y no hice nada. Estoy mirándolo con un barbijo y una máscara en la mano, como si estuviera dentro de una película de cine catástrofe. Supermercados, librerías, pizzerías, restaurantes, cerrados. El bar Metro, de Cerrito y Lavalle, también con las persianas bajas. Camino como si estuviera dentro de una novela de Stephen King. Es hermoso caminar por Buenos Aires. Me pregunto durante cuánto tiempo más podré caminar usando una máscara. Las pocas librerías de usados tienen alcohol en gel en cada estante, porque casi que no se puede tocar un libro sin que exista la peligrosidad del virus de Manaos, de China o de donde sea. Cada vez que tomo un libro de una estantería siento el peligro inminente de muerte. Estoy en la librería Kafka. Pero enseguida empiezo a estornudar porque soy alérgico al polvillo doméstico y en la librería Kafka el polvo sobra. Hay joyas en sus estantes. Casi todos los libros de Daniel Guebel. ¡achís!, de Pablo De Santis, achís, de Sergio Bizzio. Baratos, regalados, me desespero. Hay ediciones preciosas de estos autores y de Di Benedetto que no vi nunca antes. Trato de comprar todo lo posible porque a todos los admiro y son la alegría de mi vida. Pero sé que me estoy jugando la vida, en cada estornudo puede ingresar en mi nariz el virus que terminará matándome. Lo sé. Lo admito, a cada estornudo alérgico se me sacude el barbijo y deja agujeros por donde puede ingresar el fin a mi organismo. No me importa, lo admito. La literatura es un virus. Compro todo lo posible, guardo los ejemplares en la mochila y regreso a casa a encerrarme. ¿Debería pasar por el supermercado y comprar arroz y queso?

Escrito por
Washington Cucurto
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Escrito por Washington Cucurto
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