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Fútbol femenino, el deporte prohibido

Hace 126 años se jugó en Inglaterra el primer partido oficial de fútbol femenino. Una historia de agravios y prohibiciones que se sigue escribiendo al calor de la lucha feminista por la igualdad.

Unos años antes de la campaña de las sufragistas, el corsé victoriano oprimía mucho más que los torsos de las mujeres inglesas; casi desprovistas de derechos civiles, ellas transitaron el fin de siglo en pie de lucha y encontraron en el fútbol un terreno donde sentar las bases de la emancipación.

Ridiculizado, desalentado e incluso prohibido, el fútbol femenino tiene raíces tan profundas como el masculino. Mientras las “public schools” formaban a los muchachos de las élites en fútbol, rugby y otras disciplinas, el deporte femenino avanzaba reñido con un sentido común que lo limitaba a espacios privados y siempre con pollera y corsé, una incomodidad tolerable para el tenis, el golf y el criquet, pero no para el fútbol.

En 1881, un grupo de futbolistas desafió la norma y salió de gira por el Reino Unido atrayendo a pequeñas multitudes que oscilaban entre la curiosidad y la hostilidad. Cuando se imponía lo segundo, les arrojaban cosas durante los partidos o directamente invadían el campo de juego para agredirlas. De ahí que estas pioneras son prácticamente desconocidas, tanto porque se trató de una experiencia brevísima como por el uso de seudónimos como medida de seguridad.

Más de una década después de eso apareció un aviso en el Daily Graphic convocando a chicas para formar un equipo de fútbol. Nettie Honeyball (otro seudónimo, seguramente) reunió a la treintena de jóvenes que respondieron y convenció a un jugador del Tottenham Hotspur para que las dirigiera. También consiguió una mecenas: Lady Florence Dixie, hija del marqués de Queensberry y una reconocida periodista y activista feminista, se convirtió en presidenta del primer club de fútbol femenino, el British Ladies Football Club (BLFC).

LAS PIONERAS

Durante tres meses entrenaron dos veces por semana en un parque público y el 23 de marzo de 1895 se jugó el primer partido oficial de fútbol femenino reconocido por la FIFA.

Diez mil espectadores se dieron cita a las cuatro y media de la tarde para ver el cruce entre Londres Norte y Londres Sur (no había otros equipos, así que el BLFC se dividió en dos planteles). Las mujeres que salieron a la cancha del Crouch End Atlethic lo hicieron vestidas con blusas de mangas holgadas arremangadas y la pollera obligatoria pero con el escandaloso agregado de unos pantalones tipo babucha ajustados en las rodillas. También usaron los sombreros de rigor, toda una molestia porque se caían a cada rato y el juego debía detenerse hasta volver a colocarlo adecuadamente.

Hay una ilustración del partido que la FIFA recoge en su web donde, además de la ropa de las jugadoras, se puede ver a la muchedumbre de pie a su alrededor porque el lugar tenía sólo una tribuna mínima destinada a la prensa que asistió a cubrir el acontecimiento.

“Un futbolista requiere velocidad, juicio, habilidad y agallas. Ninguna de estas cuatro cualidades se vieron en el encuentro”, dijo el Daily Sketch. El Daily Post también sentenció: “Nos alegramos de que las mujeres no sepan jugar al fútbol pero aunque supieran, siempre será inapropiado”. El Bristol Mercury sumó lo suyo: “Las mujeres no pueden y nunca jugarán al fútbol como debe ser jugado”, y también lo hicieron las publicaciones científicas, como el British Medical Journal, que lo calificó como una absoluta imprudencia, y remarcó la importancia de proteger los órganos femeninos.

Otro sector de la prensa saludó la iniciativa y hasta siguió con atención las vicisitudes del partido, que terminó 7 a 1 para el Norte, capitaneado por Nettie Honeyball. La corresponsal de The Guardian auguró un futuro brillante para la disciplina y el periodista de The Sportsman escribió: “Es cierto que los muchachos jóvenes podrían correr más y patear el balón con mayor fuerza pero, aparte de esto, no creo que pudieran mostrar más conocimiento o calidad en su ejecución que las mujeres”. The Standard, por su parte, fue uno de los que destacó la actuación de la arquera del Norte, Mrs. Graham, igual que el Middlesbrough Daily Gazette, que evaluó: “Si hubiera estado en el otro combinado, el resultado se habría invertido”. Claro, la señora Graham era la única que tenía experiencia ya que en realidad se trataba de la escocesa Helen Graham Matthews, una de las pioneras de la gira del 81.

PERSEGUIDAS PERO IMPARABLES

Pero esa tarde hubo otra presencia importante que permaneció oculta y recién hace tres años se develó. Fue Emma Clarke, una joven negra que salió a la cancha en una época en que imperaba el racismo y un futbolista negro en Londres era quizá lo único más raro que una jugadora mujer. Entre otras razones, el misterio que rodea a estas precursoras se debe a que Nettie Honeyball intentaba proyectar la conveniente imagen de un equipo de clase media, pero en realidad el British Ladies estaba compuesto principalmente por sectores progresistas y mujeres de clase obrera, cada una ganaba un chelín a la semana más comida y alojamiento. Esa pista falsa de Nettie se sumó a la mala prensa y a la discreción lógica en torno de una actividad que si no desempeñaban bien, funcionaba como demostración de inferioridad; pero si se hacía con destreza, motivaba serias evaluaciones sobre la sexualidad y la honra de la crack en cuestión. Contradicción con la que sigue lidiando una sociedad que no puede compatibilizar la imagen femenina con la de una atleta.

Con todo, el BLFC despertaba interés, así que inició una serie de giras con presentaciones multitudinarias y generosas recaudaciones que destinaba a fines benéficos. Su historia termina en 1897, con la disolución definitiva, pero el fútbol femenino tuvo su siguiente capítulo en 1914, cuando estalla la Primera Guerra Mundial y las mujeres reemplazan a los varones en el trabajo formal. Miles y miles por todo el país forjaron vínculos entre ellas, ganaron su derecho al ocio y se volcaron, otra vez, al fútbol. Cada fábrica, a lo largo y ancho del Reino Unido, tenía su equipo. El fútbol femenino ganó popularidad, los encuentros generaban importantes recaudaciones y así como el BLFC destinaba sus ganancias a causas benéficas, esta segunda ola obrera colaboraba con los trabajadores de las minas de carbón que comenzaban a organizarse en el reclamo por sus condiciones.

Ellas no sólo se rehusaron a volver a la cocina cuando terminó la guerra, además se estaban metiendo en política. Fue cuando la Asociación de Fútbol inglesa tomó cartas en el asunto, prohibió la actividad en su versión femenina y recomendó lo mismo al resto de las federaciones europeas.

Y así lo hicieron hasta 1971. Fueron cincuenta años de persecución, clausuras, multas y detenciones porque en todo ese tiempo y hasta el día de hoy las mujeres nunca, jamás, ni por un solo día, dejaron de jugar al fútbol.

Escrito por
Lucrecia Álvarez
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