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Córdoba se mueve

Hace cincuenta años, la rebelión popular conocida como el Viborazo hizo temblar al poder político local.

Al no ser primera en la línea de tiempo, la memoria colectiva y, en ocasiones, la historia, parecen haberle reservado un lugar secundario en importancia y trascendencia. De hecho, el Viborazo es recordado como el “segundo Cordobazo”.   

Sin embargo, fue la última gran épica popular que, hija de la ideología del Mayo Francés, unió masivamente en la lucha por la justicia social a obreros y estudiantes y sus ideales fueron más radicales que los de su antecesora. En los hechos, fue el tiro de gracia que derrocó de la presidencia a uno de esos dictadores borrachos que de vez en cuando gobiernan la Argentina. A su vez, preparó el terreno político para la transición democrática y los sueños de la corta primavera camporista. En este sentido, sus efectos y consecuencias inmediatas y perdurables fueron tanto o más elocuentes que las del Cordobazo que, en principio, minó el poder, desprestigió y evidenció el fracaso del proyecto económico y social de la autodenominada Revolución Argentina, pero no logró arrancar de la presidencia al ultamontano y represivo Onganía. 

Pero como si fuera poco, el Viborazo reivindicó con bronca, humor e imaginación política un símbolo con connotaciones bíblicas e ideológicas tan poderoso que algún día merece aunar como banderas a todas y todos aquellos que no encajan en los ideales de capitalismo, familia, género o propiedad.

LOS ANTECEDENTES 

Todo comenzó en el verano de 1971. Los ambientes estaban más caldeados que lo habitual en la ciudad de Córdoba en aquel estío. Tras el Cordobazo, la progresiva instalación en el Gran Buenos Aires de empresas como Ford, Mercedes-Benz, General Motors, Citroën y Peugeot, entre otras, tenía como objetivo último poner fin al predominio cordobés en la producción automotriz –uno de los ejes del proyecto económico de los malogrados Onganía-Vassena– y en forma concomitante tender a domesticar a la que se había manifestado como rebelde clase obrera de la ciudad. A través de la competencia y la consecuente reducción de los costos laborales, las “ovejas negras” compuestas por trabajadores y estudiantes –también se daba la particularidad de muchos jóvenes obreros que eran a su vez estudiantes influidos por los vientos de redención social que soplaban en el mundo desde la Revolución Cubana– iban a comprender que no eran esenciales para el desarrollo de los planificados tiempos de la autodenominada Revolución Argentina.  

El 2 de marzo de 1971, el presidente de facto de la Nación, general Roberto Marcelo Levingston, designó como nuevo interventor federal en Córdoba a José Camilo Uriburu, sobrino de quien pasara a la historia con el triste título de ser el primer golpista y primer dictador argentino: José Félix Uriburu. Entre los hechos más ominosos que se le recuerdan a este otro Uriburu, se encuentra la implementación de la Ley Marcial que tres días después del golpe de Estado que lo llevó al poder le permitió fusilar de manera inclemente y salvaje –y sin juicio previo– al canillita anarquista Joaquín Penina, de 29 años, acusado simplemente de distribuir volantes contra el dictador y, poco después, a Severino Di Giovanni y Paulino Scarfó. 

En una de las primeras apariciones públicas, el 7 de marzo, en ocasión de los festejos de la Fiesta Nacional del Trigo en la ciudad de Leones, José Camilo Uriburu, el flamante interventor, haciendo gala de su siniestra genealogía, afirmaba en un discurso: “Confundida entre la múltiple masa de valores morales que es Córdoba por definición, anida una venenosa serpiente cuya cabeza quizás Dios me depare el honor histórico de cortar de un solo tajo”. Levingston estaba presente. Ante el descontento social causado, tres días después, Uriburu quiso aminorar sus dichos y echó más leña al fuego al explicitar que la víbora era “la bandera roja” y no los sindicatos que eran el legado “más positivo” del peronismo.

EL PUEBLO DE PIE 

La respuesta fue un paro general que se desató el 12 de marzo. En la manifestación, fue asesinado a quemarropa por un agente de policía, que disparó desde la posición de rodilla en tierra con una pistola 45, el obrero de 17 años Adolfo Cepeda. Ese hecho indignante fue la gota que rebalsó el vaso. La mañana del 15 de marzo una concentración en la Plaza Vélez Sarsfield materializó la amenaza que obreros y estudiantes coreaban en cada manifestación posterior al Cordobazo: “Córdoba se mueve, por otro 29”.  

Y como en el Cordobazo del 29 de mayo de 1969, trabajadores y estudiantes tomaron las calles y algunos barrios como Villa Revol (toma liderada por Agustín  Tosco) y Clínicas, entre otros. Pero esta vez alimentados por las amenazas de Uriburu que, de tan retrógradas y fanáticamente anticomunistas y con reminiscencias antisemitas, resultaban risibles en el contexto de un poder dictatorial ya desgastado. Y así la multitud portaba carteles que representaban víboras y hasta algunas víboras vivas para burlarse de los dichos y ponerle nombre a la gesta. A su vez, se distribuyeron centenares de panfletos firmados por el “Comando de la Víbora Colorada del Casero Aurelio Mongo” que ridiculizaban los dichos del gobernador. Mientras tanto, otras consignas más radicales coreaban “Ni golpe ni elección / revolución”. 

El Viborazo tuvo algo de fiesta al ritmo de “Ya todos saben que vos sos un cara/ dura/ Uribu/ ru, Uribu/ ru”. Cuando pocos días después, el gobernador renunció a su cargo, el diario local La Voz publicó la caricatura de una serpiente feliz por haberse devorado al funcionario. Larga vida a esa víbora o aquella que, como la del Edén, trae el placer sexual para las y los mortales.  

El 23 de marzo, el propio presidente Levingston era también obligado a renunciar. Así, gracias al empujón de los sindicatos Sitrac y Sitram, que nucleaban a los trabajadores de Fiat y que lideraron el Víborazo, la dictadura que había empezado en 1966 fue definitivamente derrotada y debió apresurar el tiempo político de las elecciones democráticas. Pero no todas fueron buenas noticias. La serpiente que verdaderamente encarna el mal absoluto daba los primeros síntomas de una ponzoña que no tardaría en diseminarse: al día siguiente del Viborazo, la dictadura incluyó la pena de muerte en el Código Penal, intervino sindicatos y detuvo a dirigentes gremiales. El operativo estuvo al mando del entonces coronel Jorge Rafael Videla.  

Escrito por
Adrián Melo
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