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“Inglaterra sigue atenta a cómo se arma Argentina”

En el marco del bicentenario del primer izamiento de la bandera argentina en las Islas Malvinas se encuadra esta entrevista. Con sentimientos latentes, se enlazarán algunos acontecimientos ocurridos a lo largo de estos dos siglos de disputa por una soberanía que, mediante el diálogo y la diplomacia como única herramienta, debería llegar más temprano que tarde.

Durante la segunda década del siglo XIX, luego de la partida de los españoles, las Islas Malvinas quedaron deshabitadas. El 6 de noviembre de 1820, hace exactamente 200 años, el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata decidió ejecutar una demostración de soberanía enviando al coronel David Jewett a tomar posesión de las mismas. Así es como, ese día, se izó y flameó por primera la bandera argentina en las islas.

El paso siguiente fue el nombramiento del gobernador y, casi paradójicamente, a partir de ese momento, desde Gran Bretaña comenzaron a interesarse nuevamente en las islas del sur y en su posesión física y política. De allí en adelante, la historia que ya conocemos: la ocupación británica de 1833, la consecuente colonización, el sinuoso y frustrado camino diplomático y el cruel atajo de la guerra decidida durante el último gobierno de facto. Sobre estos últimos años se centra la nueva obra de Marcelo Larraquy, La guerra invisible.

En marzo de 1982, más de un siglo y medio después de la demostración de soberanía por parte de Jewett, el izamiento de una bandera argentina en las Islas Georgias del Sur puede tomarse como el quiebre de la calma militar que se vivía hasta el momento. En La guerra invisible, Larraquy cuenta que para fines de 1981 la Armada argentina tenía planeado el Proyecto Alfa, que consistía en infiltrar militares entre un grupo de obreros que viajarían a las islas de la mano del empresario argentino Constantino Davidoff para retirar chatarra. Si bien la operación militar se suspendió, la expedición del empresario arribó el 19 de marzo a Puerto Leith en un barco de la Armada. Allí se izó la bandera y se cantó el himno nacional. Pero un grupo de científicos británicos fue testigo del momento y la noticia llegó a Londres.

A lo largo del libro, Larraquy describe minuciosamente la compra al gobierno francés, la entrega (con sus faltantes) y la utilización en el epicentro bélico de los aviones Super Étendard y los misiles Exocet. Pero también, visibiliza la dificultad con la que se encontró Argentina para la adquisición de material militar: la Comunidad Europea y Estados Unidos habían resuelto un bloqueo comercial al que se fueron uniendo distintos países.

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