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Literatura, pandemia y después

Tres escritoras y dos escritores analizan los modos en que la crisis de la covid-19 atraviesa y transforma los actos de leer y escribir, las formas de producir literatura y los temas sobre los cuales se escribe.

Por una de esas extrañas cuestiones con las que el mercado publicitario dicta la vida de cada persona, durante la cuarentena impuesta a raíz de la pandemia de covid-19 se repite una y mil veces qué hacer con todo ese tiempo disponible. Hay una publicidad, sobre todo, que se lleva los laureles. Es la que señala que ese tiempo ocioso (¿?) ofrece la posibilidad de hacer aquello que veníamos postergando: aprender un idioma, ampliar el conocimiento culinario o… escribir un libro. Sí, sí, ahí está la clave: con un virus al acecho y tiempo libre para eludirlo, zas, cualquiera se convierte en un García Márquez.

Es indudable que la cuestión transita otros caminos. Y nada mejor que recurrir a cinco profesionales de la palabra escrita –Adriana Fernández (una de las voces más particulares dentro de la literatura infantil y editora del Grupo Planeta), Daniel Ares (narrador argentino radicado desde hace veinticinco años en Brasil y siempre a punto de pegar la vuelta), Juan José Becerra (novelista y ensayista juninense que vive en las afueras de La Plata), Paula Brecciaroli (poeta y responsable del sello editorial Conejos) y Eugenia Almeida (notable novelista cordobesa)– para determinar qué cosas se modificaron en la tarea de escribir y de leer, esa otra forma de escribir.

ANTES Y DESPUÉS

–¿Cuál era su relación con la lectura y con la escritura antes de comenzar la pandemia y la cuarentena?

Eugenia Almeida

Eugenia Almeida: –Una relación voraz, intensa, sobre todo con la lectura. Con la escritura, una relación más escanciada por los mandatos del trabajo, del tiempo que insume ese ir y venir para los que tenemos varios trabajos. Leer siempre es más sencillo que escribir, aun si la escritura está siempre presente.

 

Juan José Becerra

Juan José Becerra: –La que se venía haciendo hábito en mí en los últimos años: escribir, leer; leer, escribir.

 

 

Adriana Fernández

Adriana Fernández: –Antes de la pandemia, no leía ni escribía todo lo que deseaba. Siempre estaba la falta de tiempo como motivo concreto, pero también debe haber de esos otros, un poco insondables, supongo.

 

Daniel Ares

Daniel Ares: –Era una relación apretada, muy ajustada a las corridas del día.

 

 

Paula Brecciaroli

Paula Brecciaroli: –Mi relación con la lectura estaba atravesada por la necesidad y la obligación. La editorial y el trabajo de reseñar libros me imponían un ritmo que dejaba poco espacio para lecturas erráticas. Mi escritura solía quedar postergada por lo laboral. Pero como la sinceridad se impone, diré que esa postergación era una forma elegante de la vagancia.

Y entonces llegaron la pandemia y la cuarentena, trastocando todo.

Becerra es el único que dice que su relación no se vio afectada en lo más mínimo.

Para Fernández, en cambio, se modificó notablemente porque se modificaron otras cuestiones: “Lo primero que cambió fueron las condiciones de mi trabajo como editora y responsable de un área editorial: se instaló en el día y lo cubrió casi todo. Pero hay algo que es innegable: en pandemia no nos trasladamos de un lado a otro. Y eso, en términos matemáticos, es una ganancia de tiempo. Algo ahí se modificó para bien en mi caso. Así que puedo decir que apareció un tiempo para lectura y uno para escritura”.

Ares hace hincapié en la sensación de tiempo sin culpas: “Sin duda, la cuarentena y el aislamiento en sí mismos, recortados del contexto, resultan el estado ideal para la lectura y la escritura. No hay mucho más que hacer, salvo leer y escribir. Cómo llegamos a este estado, no es lo ideal, pero el estado sí”.

Dentro de las actividades que realiza Almeida, está la de reseñar libros y dar talleres de lectura, lo que invariablemente la lleva a trabajar con novedades editoriales. “Con la pandemia leo con una serenidad y un cierto manejo del tiempo que antes no tenía. Y comencé a recuperar algunos libros que para el mercado son viejos o que tenía ganas de leer como recorrido personal de lectura. La pandemia nos arrancó de un paisaje en el cual uno podía sostener la fantasía de que era posible planear el futuro. Ahora, todo nuestro estado está suspendido, preocupado. Con respecto a la escritura, los primeros tres meses me fue muy difícil escribir, salvo lo que tenía que ver con el trabajo como periodista o un encargo preciso. Recién hace unas semanas pude retomar una novela y empezar a trabajar un poco en eso. Hay como un coro de voces tratando de hacer de cuenta que no pasó nada y en realidad pasó y está pasando de todo. El mundo que conocimos cambió para siempre. Y lo saludable ante eso es que las cosas no sigan como eran, que uno se pare a pensar, o aunque sea se pare a quedarse estupefacto ante esto”.

A Brecciaroli, la supuesta idea del aislamiento como “tiempo libre” la sugestionó: “Me impuse salir al rescate de libros postergados y lecturas placenteras que son ese cúmulo que habita en la mesa de luz. La sensación fue de un ahora o nunca, aunque en la realidad no existiera un tiempo de ocio real. Lo mismo pasó con proyectos de escritura. Volví a ellos con la intención de rescatarlos, corregir y editar. De algún modo, forcé un tiempo extra”.

NECESIDADES

–¿Se deja tentar por escribir sobre este momento?

  1. J. B.: –No. Pero escribí igual porque me llegó un pedido y lo acepté sin pensar. Hasta que me di cuenta de que estaba escribiendo sobre lo mismo que les estaba pasando a miles de millones de personas y dije, equivocado o no, que el tedio no puede ser una experiencia.
  2. F.: –No en términos de una escritura que “verifique” el momento. Sin embargo, durante unos días me puse a pensar en algo: me preguntaba si los chicos tendrían miedo. Una obsesión de adulta: que no sufra alguien que todavía puede ser protegido. Pensaba que si los chicos tenían miedo tal vez no supieran a qué le estaban temiendo. Se ve que, como siempre me pasa en los procesos de escritura, tiré de ese hilo y comencé a escribir algo que todavía está en proceso, un cuento para niños y niñas en el que mi obsesión es la materialidad de algunas cuestiones sin respuesta.
  3. A.: –Es medio inevitable reflexionar, pensar y tomar algún apunte. De a ratos se disparan ideas o puntas para alguna ficción, pero es tan grande el desconcierto general que no sé si escribiría sobre esto hasta no conocer el desenlace.
  4. A.: –La pandemia entra por debajo de la puerta, por las ventanas, por la radio, por los mensajes de amigos. No creo que vaya a escribir ficción sobre esto. Se coló en el trabajo periodístico, en la columna mensual en un diario, pero lo hago más en un registro de “estos son los días que nos tocan”, como pequeñas estrategias de supervivencia.
  5. B.: –Para escribir necesito distancia, filtro. Prefiero vivir esto como si fuera una experiencia literaria en la vida real. Incluso tenía un libro de poesía post-apocalíptico en proceso, pero decidí dejar de escribirlo en este contexto. El mundo de lo inmediato y lo cotidiano intoxica la escritura.

En cuanto a esa otra necesidad, la de leer sobre otras pandemias y compararlas, ya sea en textos históricos o narrativos, las opiniones están divididas.

Becerra recuerda que de muy joven leyó La peste, de Camus, y se curó de espanto sobre esos fenómenos: “No me gustó esa cosa alegórica, moralista, de moraleja de fábula sobre la condición humana”. Algo similar le ocurre a Brecciaroli: “Tampoco me informo sobre la pandemia actual. Elijo la información recortada y subjetiva de amigos y colegas. Prefiero ese relato intervenido por los demás. Me interesa más la experiencia del aislamiento”. Y Fernández es tajante: “Ninguna necesidad, no, no, ninguna”.

Sin embargo, Ares señala que en un primer momento le dieron ganas de revisar La peste, de Camus, o El diario del año de la peste, de Defoe, y hurgar un poco en la temática: “Pero pronto sentí que esta pandemia tenía características inéditas, por ecuménica, por mundial, y me pareció que todo lo escrito ya era pasado, que se podían extraer algunas analogías, pero que la realidad las superaba ampliamente”.

También Almeida admite que en los primeros días volvió a leer algunas novelas sobre las pandemias, pero remarca enfáticamente que fue sólo en los primeros días, “cuando la sensación era ser un animal en el medio de un camino, encandilado frente a las luces de vehículos que me iban a llevar puesta”. Después las abandonó: “Tenemos un background en la cabeza de lo post-apocalíptico, de lo distópico. Esas imágenes están en mí, en mi cabeza, en mis sueños, en mis pesadillas, en mis pensamientos, pero no le estoy sumando lectura a esto sino otras lecturas que me recuerden otras cosas que también son parte de la realidad”.

EL TIEMPO ES EL OTRO

Una de las condiciones indeseadas de la pandemia es el aislamiento con su natural carga de imposibilidades para debatir y cotejar lo escrito cara a cara con colegas.

Eso no fue un problema para Becerra, que nunca muestra nada de lo que escribe hasta que manda el libro a la editorial. “Me acostumbré a ese silencio y a avanzar a ciegas. Así que aprovecho la pandemia para reforzar la costumbre”, dice. Algo similar a lo que señala Ares: “Recién cuando termino algo lo paso por la lectura de un par de conocidos a los que juzgo insobornables (esos que si se aburren te largan), y luego escucho sus comentarios”.

Si bien Adriana Fernández trabaja en soledad sus poesías y sus textos para niños y niñas, el cuento que comenzó a escribir durante la cuarentena le impuso un cambio: había que verlo y escribirlo a la vez. “Por primera vez –dice– le pregunté a un ilustrador si quería que avanzáramos juntos.” En cuanto a los textos no ficcionales, sí prefiere cotejarlos, aunque hacía mucho que no se ponía a trabajar sobre ellos. “Este tiempo me permitió sentarme a escribir con ideas sobre la infancia y la poesía y en ese punto sí trabajé con cotejos, tachaduras virtuales y opiniones de colegas.”

La nueva novela de Eugenia Almeida tuvo una primera versión que pudo cotejar: “Lo hice con una persona muy querida y estoy trabajando en base a esas observaciones, pero no tuve instancias para cotejar eso con otro que me pueda indicar si la pandemia también cambió o va a cambiar eso”.

Durante la cuarentena, Paula Brecciaroli mandó mails a amigos colegas con cuentos y poemas, habló por teléfono y hasta hizo un Zoom con la intención específica de corregir la trama de la novela que estaba escribiendo: “En todos los casos, me quedé con gusto a poco. Me faltaba el ida y vuelta de la mirada, la sonoridad real de la voz. Siento que en ese espacio de intercambio necesito gesticular, mover las manos, golpear un vaso sobre la mesa”.

Entonces el tiempo y las posibilidades de cambiar los hábitos vuelven a escena. Fernández pudo dedicar más tiempo a la lectura y compró muchos más libros: “No sé si es conciencia de trabajadora de la industria o tiempo de lectura, pero es así”. Igual le ocurre a Almeida: “Estoy más libre en mis hábitos de lectura, y en los de escritura estoy tratando de acompañarme en un mínimo orden, ver qué hora del día es más propicia. Lo que tienen estos días es que parecen todos iguales, el trabajo en casa no tiene feriados ni horarios, es como un continuum tremendo de trabajo que para la escritura tuve que aprender a suspender”. Por eso se desconecta unas dos horas a la mañana y se dedica a escribir: “No sé si estos cambios de hábitos son mejores o peores, no estoy en un momento en el que pueda calibrar o valorar y sacar conclusiones. Lo más fuerte de la pandemia es esto, que suspende nuestras certezas y ese dispositivo de proyectar, de sacar conclusiones. Si me preguntaran de lo que sea, la respuesta es siempre la misma: no sé”.

Becerra, por su parte, es tajante: “Los hábitos son los mismos. Leo y escribo con deseo, o no escribo ni leo”. Aunque Ares retoma la noción de tiempo: “Apenas comenzada la cuarentena sentí que tenía todo el tiempo para escribir, y acabé con dos novelas que arrastraba desde hace años, y que si bien estaban bastante avanzadas, precisaban todavía de mucho trabajo. Todo funcionó bien, una tras otras, terminé las dos. Las corregí y las corregí, y alcancé ese punto en el que uno ya no puede hacer mucho más por ellas. Luego quedé medio vacío y ya sin tantas ganas de arrancar otra. La incertidumbre por la situación y el porvenir tampoco ayudan”. Y lo mismo señala Brecciaroli sobre la modificación del uso del tiempo: “El trabajo virtual tiene otra flexibilidad y la idea de llegar tarde es más laxa. Para mí fue esencial recuperar la trasnoche, ese espacio privilegiado de escritura y de lectura. Es un horario que antes estaba encorsetado por las horas de sueño y vigilia. Ahí sí, siento que gané algo”.

CAMBIA, TODO CAMBIA

Tiempos, miedos, esperanzas, vacilaciones, incertezas. Todo el mundo sabe que el mundo no será el mismo que antes cuando todo esto termine. El mero uso del zarandeado término “nueva normalidad” es una prueba fulminante de ese cambio. ¿Qué va a pasar con la literatura? Juan José Becerra dice que es imposible saberlo. Adriana Fernández afirma que la literatura no puede no cambiar, aunque no sabe si dará cuenta de estos días: “Como editora, puedo decir que aparecen textos escritos en la cuarentena, pero no leí nada todavía. Sí creo que hay algo que parece estar forzando a escribir sobre esto, y eso no me interesa demasiado. La literatura se arruga un poco ante todo, hace gestos. Eso es lo único seguro”.

Para Daniel Ares, si hubiera cambios, tal vez se limiten a lo temático: “Esta pandemia seguramente dispare mucha ficción, y creo que habrá cambios en el modelo de edición y comercialización, pero también como efecto general. Por lo demás, la literatura seguirá siendo lo que siempre fue: el intento de conmover apenas por escrito. Eso no va a cambiar nunca”.

En lo personal, Paula Brecciaroli piensa en cómo la afectará el estado de incertidumbre y la imposibilidad de planificación: “Podría empezar proyectos nuevos, probar escribir cosas que no intenté antes, sin ambiciones específicas, ni de publicación”. Y en cuanto a la literatura en general, cree que eso mismo puede generar todo lo contrario: “La idea de que lo que se escribe es suficiente por producirse en lo inmediato me preocupa. No tanto en cómo afecta a la producción literaria, sino cómo afecta los procesos de corrección y reescritura”.

Eugenia Almeida dice que ella cambió, aunque no puede decir en qué y hasta qué punto: “Es como estar en un remolino en un río. No hay forma de describir y que esa descripción no sea una mentira, una estrategia tranquilizadora”. Y afirma que la literatura en general va a cambiar por el simple y tremendo hecho de que los grandes eventos sociales cambian a la gente, para siempre: “La Segunda Guerra Mundial, la dictadura militar en nuestro país, el genocidio armenio, la aniquilación de los pueblos originarios, todas esas cosas nos cambiaron y sin embargo ninguna había sido mundial, ni siquiera la Segunda Guerra ocurrió en todo el mundo. Esta pandemia sí, la magnitud de lo que está pasando es algo inédito. Entonces va a cambiar la literatura. ¿Cómo? No sé”. Pero arriesga una hipótesis recurriendo al ensayo Los prisioneros de la torre, de Elsa Drucaroff: “Allí, ella plantea cómo en la narrativa argentina el hecho de la dictadura reapareció en textos con otro formato que a lo mejor no tiene que ver con la dictadura en sí, sino en relatos de fantasmas en el que hay alguien que no está, que está desaparecido y uno debe enfrentarse a esa ausencia. Los grandes eventos tienen esos efectos, pueden cambiar la literatura a un nivel más superficial y pueden cambiar la literatura de otro modo. Ya no seremos los mismos. La novela que estoy escribiendo es un policial prepandemia. Aun si los personajes que están ahí no tienen la menor idea de cómo podría cambiar el mundo en el futuro, yo sí, y eso de algún manera se transmite”.

Escrito por
Miguel Russo
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