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LA PREVALENCIA DE EROS

Las pandemias nos vienen acosando desde hace siglos. Una de las primeras de que se tenga registro –más allá de las referencias bíblicas– fue la llamada peste o plaga de Atenas, en el año 430 antes de Cristo. La enfermedad entró por el puerto de El Pireo y se expandió rápidamente en una ciudad que estaba superpoblada, concentrada e inmersa en la guerra del Peloponeso, enfrentando a su histórica rival, Esparta. Tucídides es el primer humano en narrar lo que le ocurre a una sociedad en medio de una emergencia como esta: “Jamás se vio en parte alguna azote semejante y víctimas tan numerosas; los médicos nada podían hacer, pues de principio desconocían la naturaleza de la enfermedad. Además, fueron los primeros en tener contacto con los pacientes y morían en primer lugar”. Murieron más de 15 mil personas, entre ellas, el jefe de la ciudad, el estratega Pericles.

La peste bubónica, llamada así por las bubas o grandes ronchas que provocaba, asolará Europa en 1348. Esas erupciones eran pestilentes y de un color oscuro, por eso también se la conoció como la peste negra. Los médicos, con los rudimentarios conocimientos de entonces, tardaron un tiempo en detectar el vector que propagaba la pandemia, hasta que descubrieron que se trataba de las pulgas que parasitaban a las ratas, un animal más que habitual en los feudos, los nacientes burgos y ciudades. El fin de la peste trajo cambios profundos en la sociedad de la época. Puso en crisis tanto a la superstición como a las religiones dogmáticas, que se demostraron ineficaces para contribuir a terminar por sí solas con el flagelo. También quedó en evidencia la ineficacia y la peligrosidad del concepto de enclaustramiento promovido por el feudalismo y le dio un nuevo impulso al avance de la ciencia y el pensamiento.

Luego vendrán centenares de pandemias que afectarán a gran parte del mundo y a nuestro país, como el cólera en 1868 y la fiebre amarilla de 1871, que se cobró más de 14 mil vidas, la mayoría, seres humanos de los sectores populares, afrodescendientes, y la mitad, niños. En esta emergencia, el Gobierno nacional, encabezado por el presidente Domingo F. Sarmiento y el vice Adolfo Alsina, huyó de la ciudad dejando a su suerte a los 180 mil habitantes de la “París del Plata”. La ciudad se dio su propio gobierno integrado por personalidades como Roque Pérez y los doctores Francisco J. Muñiz y Adolfo Argerich, entre otros. Los tres nombrados morirían heroicamente socorriendo a las víctimas. El Estado “ausente” tuvo aquí uno de sus mejores ejemplos, pero no el último. En 1956, durante la dictadura cívico-militar de Pedro E. Aramburu e Isaac F. Rojas, se produjo un brote de poliomielitis o parálisis infantil. La “Libertadora” había eliminado el potente Ministerio de Salud creado por el gran sanitarista Ramón Carrillo en tiempos de Juan D. Perón y, coherente con esta indolencia, ignoró la pandemia y presionó inicialmente a los medios afines para que no difundieran los casos, que rápidamente llegaron a 6.500. Cuando la situación se tornó inocultable, el gobierno actuó tarde mientras la gente, desesperada, pintaba las paredes y los árboles con cal y les colgaba a los niños bolsitas con alcanfor. La vacuna descubierta por Jonas Salk resultó efectiva y llegó con relativa rapidez a nuestro país.

La presente pandemia, inédita por su universalidad, pone en evidencia la crueldad de un sistema preexistente. La vergüenza ajena que día tras día nos dan personajes siniestros, como el “líder del mundo libre” Donald Trump o nuestro vecino el impresentable Jair Bolsonaro, que demuestran un profundo desprecio por sus congéneres, tiene su versión doméstica y a pequeña escala en quienes repugnantemente hostigan a profesionales de la salud y empleadas y empleados de supermercados. Afortunadamente, no son la mayoría y florecen las acciones solidarias, las compras y atenciones para la gente de la tercera edad, las voluntarias y voluntarios en tantos rubros esenciales. La peste y la crisis, que en este caso van de la mano, sacan lo peor de las sociedades. Trabajemos para que prevalezca Eros sobre Thánatos, la vida sobre la muerte y sus agentes, los “vivos” de siempre.

Escrito por
Felipe Pigna
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