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El artesano de la palabra

Tom Lupo fue poeta, psicoanalista, redactor publicitario y periodista, pero edificó su legado más emblemático en la radio. Su muerte hizo más visible el respeto y cariño que despierta su figura.

“Un día me recomendaron que no utilizara mi nombre verdadero. Era para uno de mis primeros trabajos en el rock. Y al instante pensé: ‘Tom Lupo’. Por nada, como quien dice ‘Juan Pérez’. Después, en una sesión de psicoanálisis como paciente, asociando, descubrimos una cosa… Yo era psicólogo y ese era mi primer laburo como periodista de rock. Al único tipo dentro del ambiente que admiraba por ser un gran escritor era a Tom Wolfe. Wolf en inglés es lobo y lobo en italiano es lupo. Fue mi inconsciente el que dijo: Tom Lupo”.

Así contaba Carlos Galanternik el origen de Tom Lupo. En los elementos del relato –psicoanálisis, literatura y rock- laten tres de las  señas más recurrentes de su identidad. Aunque la palabra poeta es la que con más precisión lo define. Como oficio pero, mucho más, como una forma de vida: una respiración, una mirada. Podía estar presentando a una banda en uno de sus tantos programas de radio, podía estar dando una charla en un colegio o tratando de hacer escuchar su voz en un panel televisivo pero siempre, de alguna u otra forma, planeaba en el aire, daba vueltas en círculo  como un águila, para caer violenta, sensualmente sobre la poesía.

“Siempre soñé despierto/ fabricar un poema contundente/ exquisito, arrollador, apasionante, / demoledor, fantástico, /lleno de fuego y nieve/ un poema curador/ un poema que sólo sucedió en un sueño/ mientras dormía una siesta miserable/ de la cual no tengo ningún recuerdo/ salvo este silencio”, escribió en su irresistible libro de misceláneas Entre muebles y sombras. Copetes, poesía, cuento, aforismos, graffitis y otras combinatorias, en 2004. El subtítulo sirve para acercarse a su esencia comunicacional: Tom Lupo fue un hombre de la cultura popular. Era callejero y aristocrático, pensador, lúdico, desconcertante, erudito y “mosca de bar”, como refería uno de sus héroes, Charles Bukowski. Podía escribir: “No le pidas peros al alma” y en la misma línea “La exactitud no implica la verdad/ y la conjetura no excluye el rigor”.

Hizo de todo: psicoanálisis, redacción publicitaria, periodismo –dirigió revistas bien diferentes como la rockera Twist y Gritos, la feminista Alfonsina y la moderna Banana-, televisión, pero donde más se lo recuerda es en la radio. Con todo el bagaje de haber sido un personaje clave en la movida cultural de la primavera democrática, en los 80, condujo ciclos antológicos como Submarino amarillo y el Tom Lupo show. Por ahí pasaba la música y la palabra de la flor y nata del rock de aquellos años: Luca Prodan, el Indio Solari, Andrés Calamaro y hasta Enrique Symns, un alma gemela con la que compartió noches interminables en redacciones marginales como la de Cerdos & Peces y El Cazador, conciertos de los Redonditos, bares y fondas.

 “Tuve muchos trabajos pero el único que siempre estuvo presente y nunca voy a cambiar es el de la radio. La radio es un vicio extraordinario, uno de los medios menos alienantes que existen. Todavía te exige que pongas una cuota de imaginación”, dijo. “Escribir también me resulta placentero. Y dirigir Twist y Gritos fue especialmente una grata experiencia. Pretendíamos competir con Pelo -publicación que me parecía muy banal- y convoqué gente que nada tenía que ver con el rock, como Alberto Laiseca”, contaba. Fue uno de los primeros que saltó del más humoso under a los grandes medios. En 1988 condujo 2002. Neosonido, un programa de concursos de bandas por el que pasaron –como jurado o compitiendo– desde Los Brujos hasta Bersuit Vergarabat .

Le gustaba contar que en el secundario tuvo de profesor a Haroldo Conti. “En vez de dar su materia, Educación Democrática, que le parecía una pavada,  nos leyó todo el año cuentos de escritores latinoamericanos. El primero fue uno de Dalmiro Sáenz. Sus clases torcieron mi vida”. En esos pupitres fortaleció su tendencia hacia la buena literatura y hacia la poesía. Descubrió que, ya sea atravesado por Pessoa, Freud, Lacan o Heidegger, iba a ser un hombre de la palabra. En cada sitio que estuvo –desde un evento en el interior al que iba como animador hasta cualquier programa de radio, como conductor o invitado- se preocupó por difundir poetas como Oliverio Girondo, Alejandra Pizarnik, Raúl González Tuñón y Fernando Pessoa. Amaba a Macedonio Fernández y, por extensión, a Borges. Integró Los Verbonautas, el revulsivo colectivo poético en el que brillaba Palo Pandolfo. Le gustaba recitar: grabó su voz con textos de Oliverio Girondo (Giro-Hondo, con León Gieco y Luis Gurevich), En mi propia lengua con música de Fernando Samalea y unos poemas de González Tuñón para Acqua Records. Participó en decenas de películas.

Escribió un poema hermoso que comenzaba: “Desplegar el verbo/ ensancharlo,/ como alas gigantes para abrazar la tierra torturada./ Un verbo sanador, una epoyeya, una empresa sin límites/ ¡Oh!, ironía. Si me vieran eligiendo texto con el corazón (…)”.

Fue peronista (“¡un peronista que adora a Borges!”) y tenía especial debilidad por Evita. Le gustaba citar una frase de Bertolt Brecht: “El peor analfabeto es el analfabeto político”. En 2007 entró a Radio Nacional, finalmente su última emisora. En 2015 una Traffic llevó puesto el auto que manejaba: el de la camioneta iba a gran velocidad por Figueroa Alcorta, pasando los semáforos en rojo. Quedó postrado con severos daños neurológicos, y ya no se recuperó. Este año su voz volvió de alguna manera al aire,  a través del ciclo Grabaciones encontradas, que aún se emite. Son viejas, gloriosas entrevistas presentadas por su amigo León Gieco.

Tom Lupo murió este 4 de mayo, en la misma triste quincena en que también partieron Horacio Fontova y Marcos Mundstock, en su casa. Estaba al lado de Marina Getino, su mujer, quien lo asistió delicadamente durante la larga rehabilitación. Las últimas palabras que le dijo fueron: “Yo quiero ser el que era”. Luego se durmió.

En el medio del encierro, la despedida ocurrió en las redes sociales. Fue conmovedor el volumen de cariño y respeto que circuló y sigue circulando por su figura, por su obra, por su palabra. Murió un hombre cálido, generoso, un perfecto exponente del siglo XX. Justo él, que decía, repetía, exigía: “Queremos el más allá, ¡acá!”.

Escrito por
Mariano Del Mazo
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