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La pandemia y la vigencia del existencialismo

Hugo Horita

Pensando la pandemia. El repaso por los textos de varios autores del existencialismo nos permite reflexionar sobre el momento que estamos atravesando.

En 1924 Thomas Mann publica La montaña mágica (Der Zauberberg). La locación: un sanatorio en que la enfermedad no se exhibe como  un déficit biológico sino que recupera una autenticidad primordial que la vida artificiosa y burguesa generalmente enmascaran con sus ritos de impostación y fingimiento. Los enfermos de los nervios, y tuberculosos que habitan en la casa de recuperación son al mismo tiempo índices reveladores del ocaso de los valores burgueses en crisis y exponentes de una sensibilidad incompatible con el universo de la mercancía. La fascinación de Thomas Mann por la enfermedad, su encantamiento con la decadencia de la robusta salud burguesa era al mismo tiempo una fascinación compartida por muchos escritores reaccionarios y proto-fascistas, aunque Thomas Mann estuvo activamente comprometido con el anti-fascismo.

Diecinueve años mas tarde, bajo una Francia ocupada Sartre imagina un territorio igualmente tomado por la enfermedad contagiosa y escribe el guion cinematográfico Tifus  (el guion llego a convertirse en film dirigido por  Yves Allégret  y estrenado en 1953 con el nombre de Los orgullosos ) Esta vez no se trata de tuberculosis, no es un bacilo que a través de la inhalación de gotitas de saliva contaminada sume a los exquisitos pacientes del sanatorio de La montaña mágica en un crepúsculo existencial.  Ahora se trata del tifus, que llega por la picadura  de un conjunto de espantosos artrópodos (piojos, pulgas, ácaros y garrapatas) que asedian por los arrabales del mundo. Sartre imagina que el tifus asola Malasia, una colonia bajo protectorado británico. Para Sartre la enfermedad y el contagio ya no permiten ningún tipo de estetización y juegan, en cambio, directamente en un contexto de colonialismo y expoliación económica. Por otra parte, el texto de Sartre no es una novela-mamotreto de más de un kilo y medio como la de Thomas Mann, sino un exiguo y austero guion cinematográfico, escrito, como dijimos, bajo la ocupación y ubicado en una colonia.  La identificación de colonialismo y peste no era casual. Aunque Sartre coloca como escenario a una colonia británica, al elegir el tifus como epidemia estaba seguramente pensando en la Argelia colonial que entre 1941 y 1942 padeció un azote de tifus, en la que 1945 se produce la primera declaración de nación argelina por parte de los partidos independentistas frente a la colonización francesa, y en la que en 1954 estalla finalmente la guerra. También, por su puesto, un gran argelino, Albert Camus, se inspiró en esos mismos acontecimientos para su gran clásico La peste, de 1947. Con todo, si uno vuelve sobre aquel guion cinematográfico podrá observar que la asociación entre epidemia de tifus y colonialismo no llega de ningún modo a constituirse en un alegato anticolonialista clásico y, menos aún, en uno comprometido con las tradiciones políticas de las izquierdas de entonces. Más bien, pesan en el guion los dilemas existenciales unidos a la enfermedad,  una alianza que en la tradición filosófica tiene inicio con  la gran obra La enfermedad mortal, de Søren Kierkegaard. El alejamiento de Sartre del alegato anti-colonialista en su perspectiva clásica se deja ver en el hecho de que en el guion cinematográfico los propios originarios de la colonia, los malayos, pasan a segundo plano y el protagonismo es asumido por dos personajes blancos y europeos: una mujer que apremiada por la pobreza bajo la cuarentena se ve llevada a trabajar en un cabaret y un médico alcohólico que huye de sí mismo y de sus obligaciones de asistencia sanitaria durante la epidemia. Lo interesante en estos dos personajes –y que Sartre maneja como ningún otro– es como la epidemia los obliga a ambos a ponerse en situación de afrontar cuestiones éticas. Y esta posición en Sartre siempre es dilemática y de situación límite. Por ejemplo, el hombre inventa un tráfico de certificados de vacunación que causará incontables muertos, pero que también le reportará un dinero que entregará a su amada para impedir que ésta se arrastre por el fango. Se trata de un acto heroico individual y único que lo redime pero que se hace en detrimento de un conjunto más amplio. También ella se ve confrontada a un dilema ético de características similares: elige cargar en un autobús a un enfermo de tifus necesitado de cuidados aun a riesgo de contagiar a todos los demás viajeros. Pero, acaso, en este sentido,  en los otros textos que Sartre público en aquel año de 1943, obras fundamentales como Las moscas y El Ser y la Nada ¿no se juega también  el mismo dilema de lo indecidible entre el interés particular y el interés colectivo, entre la  salvación propia y la redención social, entre el cuidado del prójimo y la revolución en beneficio de los desconocido?  Todo bajo un indiscernible fondo religioso-protestante y marxista a la vez. La enfermedad y la epidemia, ciertamente,  es un motivo privilegiado para expresar una perspectiva  en el ámbito literario, de Sartre y Camus a Susan Sontag pero también en la tradición de la derecha conservadora con el Pabellón de los Cancerosos de Aleksandr Solzhenitsyn y su denuncia del sistema soviético. Como fuere, y pese al anacronismo de su salida heroica y redentorista Sartre pudo llegar a ver en plena ocupación que el ‘cerco sanitario’ que se impone en la epidemia permanece impertérrito más allá del periodo de cuarentena, que es,  se podría decir, un trascendental que acompaña todas las formaciones sociales de clases.

*Profesor Investigador en la carrera de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires (UBA)

Escrito por
Pablo Dreizik
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