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HACER TEATRO HOY

Entre lo comercial y lo alternativo, entre la cartelera y la docencia, entre la crisis económica y los solventes recursos humanos. Los protagonistas de la escena teatral exponen sus realidades.

Por Damián Fresolone. En una gran ciudad o en un pueblo, un gran teatro es el signo visible de la cultura”, dijo Laurence Olivier, actor británico de mediados del siglo XX; y, sin duda, la Ciudad de Buenos Aires es reconocida a nivel mundial por la calidad de sus producciones teatrales y por la cantidad de salas y espacios destinados a grandes puestas en escena y a pequeños proyectos artísticos. Pero hay, también, una realidad imperante que excede a la creatividad, a la capacidad y al recurso humano del artista: la coyuntura económica. Esther Goris, Norman Briski, Corina Fiorillo y Liliana Weimer, grandes referentes del espacio, analizan la actualidad de la industria teatral.

FRENTE A LA CRISIS

Verónica Llinás y Darío Barassi protagonizan Carcajada salvaje, una comedia que ha recibido tanto desde la crítica profesional como del boca en boca una extraordinaria valoración. Su directora, Corina Fiorillo, primera en recibir el premio Ace de Oro, comenta: “Cuando me llegó el material me fascinó. Christopher Durang es un autor increíble, tiene una acidez y un humor irónico ideal para confrontar la realidad actual. Nadie podría encarar mejor este material que esta dupla. Y se nota en la respuesta de la gente: aplausos y risas. Estoy muy conforme con el resultado y más en el contexto actual”. Fiorillo, que trabaja en los circuitos teatrales oficial, comercial y alternativo, no desconoce la realidad del sector y asegura que más allá de las diferencias en los modos de producción y en los públicos a los que van dirigidos, los circuitos tienen la misma problemática: la falta de dinero de la gente. “El recorte se hace en aquello que podemos prescindir; no podemos prescindir de comer ni de comprar los remedios, pero sí de divertirnos. Pero también somos un pueblo que ante la crisis y la emergencia reacciona con el arte como expresión viva de resistencia. El artista intenta hacerle frente de la mejor manera que puede. Hasta se volvió a hacer teatro a la gorra, algo que se había dejado; es una manera de decir ‘¿querés ver teatro? Vení igual y poné lo que puedas’”, grafica la directora y referente de El Ópalo.
Desde la misma vereda del off, el reconocido actor, director y dramaturgo Norman Briski, que dirigirá el unipersonal Potestad en el espacio Caras y Caretas y desde hace 30 años está al frente de la sala y escuela de teatro Calibán, cuenta su realidad: “Mi lugar sigue estando activo, a pesar de los gobiernos, intendentes e inspectores, como diría Discépolo. Ocurre que mi teatro siempre estuvo en la marginación; la idea de la recaudación, la rentabilidad y la convocatoria no infiere tanto como en otros teatros. Calibán es pequeño, se nota menos la crisis, la marginación tiene leyes propias. La gente viene a ver si el teatro le puede dar alguna cosa frente a la realidad que vivimos”.
La docencia es, para muchos actores, un camino paralelo al de la profesión y una fuente de ingreso complementaria. Briski reconoce que las inscripciones de los alumnos a los seminarios y talleres se redujeron casi un 20 por ciento en los últimos dos años. “Es donde más lo notamos. Porque en la sala no trabajamos por la cantidad ni tenemos pretensiones de creer que el teatro es llegar al éxito”, explica.
Por su parte, Esther Goris, que junto a Pablo Rago, Laura Novoa, Nicolás Pauls y Sofía Gala representa Atracción fatal –actualmente de gira por Chile, Uruguay y el interior del país–, reconoce que los resultados no fueron los mejores: “La obra no marchó como se esperaba durante el año y tiene que ver con algo más general: el teatro no funcionó. Si bien hubo dos o tres sucesos, la generalidad del sector no fue así. Cuando este camino de no superar las expectativas es compartido por casi todos, no podemos distinguir si una obra gustó más o gustó menos, en este caso no se puede hablar de otra cosa que de crisis económica. No sé si llamarlo crisis o recesión, pero es claro que la gente cuando no tiene dinero para pagar la luz, lo primero que recorta es el teatro y otras salidas”.
El Abasto Social Club es uno de los espacios más reconocidos de teatro independiente de la ciudad de Buenos Aires, con 16 años de historia. Lo gestiona Liliana Weimer, que además está al frente de la Asociación Argentina del Teatro Independiente (Artei), colectivo que nuclea a casi cien salas porteñas. “Nos encontramos en estado de emergencia a causa de la inflación desenfrenada, los alquileres de las salas y los tarifazos de los servicios. Todos estamos sufriendo eso. Como asociación, además, encaramos la lucha por un presupuesto, tanto de la Ciudad como de Nación, acorde a la realidad. Los aportes del Estado nos llegan muy tarde, entre seis u ocho meses después de haber comenzado el funcionamiento”, señala.
Por otro lado, se encuentran las cooperativas teatrales, que, según Weimer, están viviendo los mismos problemas: recursos que no alcanzan, quiebres continuos, actores que tienen que dividirse en distintos trabajos y, por lo tanto, menos producciones para la cartelera.

CALCULADORA EN MANO

Frente a los problemas comunes que vive el sector teatral, distintas son las herramientas que cada uno de los eslabones de la cadena artístico-productiva emplea para mermar la crisis. Salas cada vez más modestas en infraestructura, promociones de descuentos o 2×1, combos para volver al mismo espacio a ver otra obra un día en la semana y el ya mencionado teatro a la gorra son algunas de las acciones más comunes para atraer al espectador deseoso de arte.
Fiorillo cuenta cómo se transforman las producciones: “Se está volviendo mucho a lo primario. Al oficio del artesano teatral, aquellas puestas que tienen mucho que ver con el arte del actor actor y menos con despliegues escenográficos, hoy en día impagables para el teatro independiente”. Además, cuenta que es indispensable constituirse como asociaciones, como colectivos, de actrices, de directores, de salas independientes, y de esa manera, con la fuerza unificada, luchar para que los subsidios sigan existiendo y sean más dignos. “En época de crisis, para fomentar la convocatoria, usamos la herramienta de difusión del pobre: Facebook, Twitter e Instagram. Todos nos hemos hecho expertos en redes para poder difundir nuestros espectáculos”, concluye.
La presidenta de Artei reniega de la pasividad gubernamental: “Es fundamental el rol del Estado en el sostenimiento de la cultura nacional. Hay que seguir luchando para que los presupuestos sean actualizados, deben ser dignos, porque si tanto prestigio ha ganado la cultura independiente es porque el movimiento crece y particularmente por poner nuestro cuerpo. Los actores, los directores y los gestores de los espacios estamos haciendo un gran esfuerzo y agudizando nuestro ingenio para que los espectáculos funcionen y continúen un tiempo respetable en cartelera”.
El teatro, como parte del gran sector conformado por las industrias culturales, está golpeado, está en crisis, está en emergencia. Pero la explicación económica no alcanza. Artísticamente hablando, un pueblo sin teatro, un pueblo sin cultura, es un pueblo muerto.

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