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La Revista

ZONA DE OBRAS

En dos décadas el tango transformó un proceso de abandono y brutal repliegue en un período de expansión y multiplicación de propuestas. A continuación, una aproximación a las causas que lo hicieron posible y a sus protagonistas.

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Nota de Tapa 2 (Tango)
Nota de tapa (Tango)
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Por Sebastián Feijoo. Cantores, dúos, tríos, cuartetos, quintetos, sextetos, septetos, ensambles, orquestas, orquestas típicas, orquestas típicas ampliadas, orquestas atípicas. Dedicados a lo instrumental, a la canción o a las dos cosas. Ortodoxos, heterodoxos, con influencias del rock, del punk, del folklore, del jazz, sinfónicas y de la música clásica contemporánea. La escena de tango hoy ofrece una cantidad y diversidad de propuestas estéticas que hace algunos años habría resultado inimaginable. Contra modas y tendencias y a veces hasta eludiendo el sentido común del mercado, el tango reconstruyó su tonicidad a partir de más músicos, más bailarines, más público y sobre todo de la determinación por recuperar un lenguaje y la necesidad de expresarlo en presente. El tango del siglo XXI no se entrega a un eco evocativo: construye obra y la defiende todos los días.

Hablamos de una música de tres siglos. Y como toda expresión cultural de gran impacto y peso simbólico pasó y pasará por mejores y peores momentos, y al mismo tiempo fue y será terreno fértil para múltiples polémicas. Repasando la historia del tango resulta evidente que los anuncios de su paso a la inmortalidad –en la menos feliz de las acepciones– fueron invocados en forma cíclica. Con la llegada de la Guardia Nueva, con la muerte de Gardel, con el declive de las típicas y con la consolidación de Piazzolla, por citar algunos momentos críticos. Afortunadamente, el género nunca sucumbió al fervor de los sepultureros recurrentes. Pero sí es evidente que perdió la centralidad en la vida de los argentinos y buena parte de su caudal creativo. El proceso de declive general se hizo notorio a partir de los 60 –aunque siempre encontró obras valiosas y resistencias tenaces– y fue el resultado de múltiples factores. Desde el reordenamiento de las industrias globales del entretenimiento hasta las políticas culturales internas de postergación. Pero entre fines de los 80 y principios de los 90 la situación de retracción y dispersión se hizo particularmente grave.

Para mediados de los 90 la mayoría de los grandes maestros ya no estaban. Y los que quedaban luchaban en condiciones desiguales ante un mercado que los dejaba de lado o los empujaba a condiciones de producción ingratas. El Nuevo Quinteto Real y Salgán-De Lío hacían de las suyas, Leopoldo Federico lograba poner en funcionamiento su típica una vez al año, Julián Plaza trabajaba con diversas formaciones inestables, Rubén Juárez no se rendía y Luis Cardei protagonizaba un fenómeno para pocos, entre otras propuestas. Figuras inmortales como Osvaldo Pugliese y Roberto Goyeneche ya transitaban el crepúsculo de sus carreras. Esa situación general de retracción se hacía todavía más compleja porque no aparecían nuevos músicos. Un muro nunca declarado parecía separar a las nuevas generaciones y el tango. Leopoldo Federico lo explica a su manera: “Les preguntaba a mis amigos que enseñaban bandoneón y me contaban que aparecían muy pocos alumnos. Casi toda gente grande que iba como para darse un gusto y tocar unos tanguitos en la casa. Yo me angustiaba y me preguntaba cómo iba a seguir esto”.

 

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