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La Revista

UNA HISTORIA DEL SINDICALISMO COMBATIVO

La CGT de los Argentinos fue una  breve pero fundamental experiencia  del movimiento obrero nacional. A cincuenta años de su fundación, un repaso por la construcción de un modelo sindical que acompañó su tiempo y que signó a generaciones de dirigentes.

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Nota de tapa - Mayo 2018 -6

Por Pablo Galand. La clase trabajadora argentina no reprueba una forma determinada del capitalismo, las cuestiona a todas (…) La clase trabajadora tiene como misión histórica la destrucción hasta sus cimientos del sistema capitalista de producción y distribución de bienes.” El 1 de mayo de 1968, a poco más de un mes de haberse constituido, la CGT de los Argentinos (CGTA) dejaba en claro su posicionamiento político e ideológico en el primer número del semanario de la flamante central obrera, dirigido por Rodolfo Walsh. Nacía así la experiencia sindical más combativa a nivel institucional que protagonizó el movimiento obrero argentino en el siglo XX y que en su momento jugó un rol central para la caída del dictador Juan Carlos Onganía, que había asegurado que su mandato “no tenía plazos sino objetivos”.

La CGTA fue el polo de atracción de los sectores sindicales –predominado por el peronismo combativo– que lideraron la resistencia contra las políticas antiobreras de los diferentes gobiernos militares y semidemocráticos que se sucedieron desde el golpe de la Revolución Libertadora en 1955. Aquel “Programa del 1º de Mayo” tenía como antecedentes los documentos de La Falda (1957) y Huerta Grande (1962), en los que el movimiento obrero se manifestaba no sólo por cuestiones reivindicativas, sino que además impulsaba un proyecto político bien definido. “La CGTA fue la materialización política de que el movimiento obrero no sólo debía ser un sector corporativo que discutiera salarios o condiciones de trabajo sino que se veía a sí mismo como un actor político que debía terciar en la disputa de poder y en cómo se distribuía la producción de riqueza”, sostiene Ana Natalucci, investigadora del Conicet y especialista en temas sindicales y sociales.

EL MAPA SINDICAL

Tras el derrocamiento de Arturo Illia y la irrupción de la autodenominada Revolución Argentina, en 1966, el movimiento obrero se encontraba dividido en tres grandes grupos: los participacionistas (de diálogo fluido con el gobierno de Onganía), el vandorismo (liderado por el metalúrgico Augusto Vandor y mentor de la estrategia “pegar para negociar”) y los combativos (los más férreos opositores a la política liberal que puso en marcha la dictadura a través del ministro de Economía, Adalbert Krieger Vasena). A este último sector pertenecían dirigentes como Amado Olmos (Sanidad), Raimundo Ongaro (gráficos), Jorge Di Pascuale (farmacéuticos), Antonio Scipione y Lorenzo Pepe (ferroviarios), Ricardo De Luca (Navales) y Julio Guillán (telefónicos). A su vez, desde las regionales del interior emergían dirigentes que tendrían un protagonismo central en los futuros conflictos, como el cordobés Agustín Tosco (Luz y Fuerza) y el tucumano Benito Romano (azucareros).

A pesar de sus diferencias, los tres sectores pugnaban por la normalización de la CGT, intervenida desde el golpe de Estado. Claro que los objetivos que se buscaban con esa normalización eran bien distintos. Como indica el historiador Darío Dawyd, autor del libro Sindicatos y política en la Argentina del Cordobazo, la disputa era por “si se buscaba una CGT reconocida por los militares y puesta a colaborar con ellos, o se buscaba una central dispuesta a enfrentarlos”.

En sus primeros meses en el poder, la dictadura había intervenido varios sindicatos que, justamente, pertenecían al sector de los combativos. Valiéndose de esa situación, la estrategia de los participacionistas y vandoristas fue que solamente los sindicatos no intervenidos participaran del congreso normalizador, que luego de muchas idas y venidas comenzó a sesionar el 28 de marzo de 1968, en la sede de la UTA. Carlos “Pancho” Gaitán era por entonces un joven dirigente del gremio naval y recuerda las febriles negociaciones de aquellos días. “Ellos (por el vandorismo y los participacionistas) se tomaban de la formalidad de que los sindicatos intervenidos no podían participar del congreso para marginarnos de la conducción de la futura CGT. Pero se impuso la posición de que debían participar todos los sindicatos, estuvieran o no intervenidos. Como condición, se estableció que todas las organizaciones tenían que tener la cuota al día. Pero como había muchos gremios que no podían hacer frente a ese compromiso, ahí mismo se hizo una ‘vaquita’ para poner al día a los sindicatos que estaban en deuda. Gracias a eso, logramos el quórum con los gremios combativos adentro”, señala Gaitán. Con la inclusión de los gremios intervenidos, los combativos pasaron a obtener la mayoría en el congreso. Vistos en minoría, el vandorismo y los participacionistas decidieron retirarse del congreso y se instalaron en el edificio de la CGT en Azopardo para que no quedara en manos de sus adversarios. Pocos meses después, el vandorismo conformaría su propia CGT pero sin la inclusión de los participacionistas. Con el dominio del congreso, los combativos pasaron a definir la nueva conducción. El gran líder de este sector había sido Amado Olmos, pero dos meses antes del congreso falleció en un accidente automovilístico. “La pérdida de Amado fue un golpe muy fuerte, nos hizo tambalear. Nos puso realmente en duda si íbamos a poder continuar. Costó discusiones internas, sobre todo con respecto a quién podía suplirlo como representación del sector”, asegura Gaitán. Pero desde su capacidad de oratoria, en el congreso empezó a tomar forma la figura de Raimundo Ongaro, un joven dirigente que dos años antes había logrado arrebatarle la conducción del gremio gráfico al radical Antonio Mucci, que luego sería el primer ministro de Trabajo de Raúl Alfonsín. Finalmente, la nueva CGT quedó constituida con Ongaro como secretario general y Antonio Pafundi como secretario adjunto. “La gran virtud de Ongaro era su capacidad de persuasión”, afirma Lorenzo Pepe, que compartió muchas horas con el líder de los gráficos en aquellos años. “Era un hombre de convicciones muy fuertes a partir de su formación cristiana. Eso se percibía en la pasión que ponía en sus intervenciones. En los discursos, sabía combinar muy bien los momentos de reflexión con los de arenga. Ese tipo de dirigentes penetra mucho en la gente, y así era Raimundo”, añade. Ongaro se definía a sí mismo como un místico, y esa particularidad generaba resquemores entre algunos dirigentes. Gaitán cuenta una anécdota al respecto. “En una ocasión, un grupo de dirigentes que fueron a visitar a Perón en Madrid le plantearon sus dudas con respecto a Ongaro, que decía que podía hablar con Dios. A lo que Perón les contestó: ‘Prefiero que hable con Dios y no con Onganía, como hacen otros’.”

(sigue en la edición impresa)

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