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La Revista

UNA GINEBRA PARA LUCA

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Por María Seoane. Directora de Contenidos Editoriales

El viaje de Luca Prodan de los Pirineos a los Andes tuvo la desmesura de su vida: había nacido en Roma en la primavera boreal del 53, en una familia disfuncional y burguesa, como hijo de un turco con ascendencia italiana gestado en el imperio austrohúngaro y de una descendiente de escoceses nacida en China. Luca estudió en el colegio Gordonstoun, en Escocia, al que también asistía parte de la realeza inglesa, como el príncipe Carlos. Pero Luca era de ningún lugar, como lo era su familia. Por eso se fugó del colegio, yiró por el mundo y lo buscó Interpol; por eso se fugó de Londres, donde se enteró del suicidio de su hermana. Por eso, tal vez, su único territorio certero fue el consumo de heroína. De repente aparecieron en su vida las sierras de Córdoba, esa conexión telúrica con la postal de un amigo para que Luca se salvara y la cambiara por el consumo bestial de ginebra. En las sierras cordobesas ocurrió la construcción de la banda que llamaron Sumo, integrada inicialmente por Germán Daffunchio y Alejandro Sokol. Como dijo el periodista Juan Funes, “Luca Prodan es, fundamentalmente, un artista de frontera. ¿Artista? Incluso esa palabra suena descentrada. Luca no es un artista, o sí, pero principalmente es Luca. Y siempre es un más allá: una frontera. La más literal es la geográfica, que nunca logró encorsetarlo. Decir que era argentino porque murió en la Argentina es tan errado como decir que era italiano por haber nacido en Roma. También se escurrió de la frontera del idioma: en sus canciones se deslizaba sin pudor entre el castellano y el inglés, siempre matizado por una musicalidad italiana en el tono. ¿Fue polémico cantar en inglés en la Argentina a mediados de la década del 80, con el ardor latente de la guerra de Malvinas? Cualquier conocedor de Sumo sabe que la voz de Luca es al idioma inglés lo que fue el puño izquierdo de Maradona a Peter Shilton el 22 de junio de 1986. Después está la frontera de la música. En una década en donde el mercado ya se filtraba entre todos los géneros musicales, Sumo irrumpió con la intensidad de la vanguardia. Punk, reggae, new wave, el ambiguo término de rock alternativo; de todos hay un poco, pero Sumo es muy otra cosa. Sumo es un trago que se toma solo, como Luca tomaba la ginebra. Es áspero, cálido y crudo, apenas dulce, y descoloca”. ¿Es necesario decir algo más? Tal vez es necesario leer a Luca, cuando escribió en la Buenos Aires que iniciaba el tránsito de desandar la tragedia de la dictadura en los ochenta la letra de ciertas canciones inolvidables. En ellas hay una crítica social que aún hoy es válida, cuando se desprecia el espesor de la cultura de intelectuales y ar tistas y los ceócratas que gobiernan prefieren jugar al golf y fugar millones a las guaridas fiscales, transformando la cultura del presente en una especie de jolgorio de saqueadores de una patria exangüe de tanto retorno neoliberal. Entonces, ahí aparece la vigencia de Luca cantándole, por ejemplo, a la rubia tarada. Una versión ochentosa de las chetas o chetos de Nordelta del hoy pero sin el poder que hoy los viraliza en las redes. “Caras conchetas, miradas berretas/ y hombres encajados en Fiorucci/ oigo ‘dame’ y ‘quiero’ y ‘no te metas’/ ‘¿te gustó el nuevo Bertolucci?’ /La rubia tarada/ bronceada, aburrida,/ me dice ‘¿por qué te pelaste?’/ Un seudopunkito, con el acento finito/ quiere hacer el chico malo./ Tuerce la boca, se arregla el pelito,/ se toma un trago y vuelve a Belgrano./ ¡Basta! Me voy, rumbo a la puerta/ y después al boliche a la esquina/ a tomar una ginebra con gente despierta. / ¡Esta sí que es Argentina!” Luca murió en 1987, cuando Bertolucci se había entregado a Hollywood con El último emperador, lejos de la épica de Novecento. Cuando valía vestirse de marca más que marcar ideas. Así fue que Luca murió de sobredosis de ginebra y, tal vez, de realidad.

 

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