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La Revista

SOBRE LA EJEMPLARIDAD

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Por Felipe Pigna. Director General. José de San Martín es uno de los hombres más nombrados y más homenajeados de nuestro país y a la vez, paradójicamente, uno de los menos conocidos en toda su dimensión. Las miles de calles que llevan su nombre, las centenares de plazas, los tantos monumentos y bustos poco nos dicen de este hombre que lo dio todo por su país, que se comprometió hasta sus últimos momentos con la suerte de sus habitantes. Extraordinario estratega militar, que se inició en la carrera de las armas a los 11 años y a los 15 ya era un oficial con mando de tropa; pero también un hombre comprometido con su tiempo, enorme lector y fundador de bibliotecas, pintor y concertista de guitarra y padeciente permanente de todas las ingratitudes que se pueden sufrir. Calumniado hasta el extremo, perseguido, ninguneado y exiliado, su aguda mirada del país fue acallada; sus opiniones políticas, ocultadas; su visión del ejército y el rol de las fuerzas armadas en la sociedad civil, censurada. En las escuelas de mi infancia y adolescencia, se enseñaba, con una dosis tóxica de aburrimiento, por un lado, la llamada “historia institucional”, esto es, la sucesión de gobiernos desde la Primera Junta hasta el Directorio, con lo que se definía como “obra de gobierno”, obviamente despejada de todo aspecto económico y social y del más mínimo contexto mundial, y, por el otro, las contemporáneas –e incomprensibles sin su entramado político– campañas de San Martín, de quien se nos quería hacer creer que era “sólo” un militar profesional y, como tal, no se mezclaba en la política. La historia desmiente este concepto absurdo del San Martín apolítico. Las diferencias antagónicas con sus grandes enemigos, Rivadavia y Alvear, no casualmente ídolos sagrados de los autodenominados “liberales” locales, en realidad conservadores autoritarios, fueron disimuladas por los gestores de la historia oficial del mismo cúneo ideológico, ninguneadas hasta hacerlas desaparecer, al igual que su correspondencia con caudillos como José Artigas y Estanislao López y la muy frecuente con Rosas. Llama la atención el desconocimiento de la mayoría de sus biógrafos liberales del libelo calumnioso atribuido al rivadaviano Carlos María de Alvear titulado Primera parte de la vida del general San Martín, donde le asigna crímenes y actos de corrupción que nuestro Libertador jamás cometió con el objetivo de desprestigiarlo en Europa cuando comenzaba su exilio. La construcción de un relato histórico broncíneo lo alejó de sus compatriotas, que no podían dejar de verlo como una estatua, como alguien perfecto al que, se sabe, los mortales no podemos imitar. El inolvidable Alfredo Alcón me contaba las angustias que tuvieron que soportar con Leopoldo Torre Nilsson para filmar El santo de la espada en épocas del dictador Juan Carlos Onganía. Los censores de entonces cuestionaban las escenas en las que San Martín aparecía con sus problemas de salud y prohibieron una de ellas en la que el Libertador vomitaba sangre, un hecho frecuente en aquellos años de su vida. Así se fue modelando una biografía falsa que escapaba a la ejemplaridad: ninguno de nosotros podía acercarse siquiera a tanta perfección, abnegación y corrección; así que muchos optaron por no intentarlo siquiera. A mi generación no le fue permitido querer a San Martín, sentir por él la empatía que tanto promovía. Sólo estábamos habilitados a “honrarlo” y “respetarlo”, a cantar la “Marcha de San Lorenzo” sin que nos explicaran, no ya las causas geopolíticas o la estrategia del combate sino, aunque sea, qué quería decir “Febo”. Los chicos de hoy tienen más suerte, lo pueden querer, incorporar a sus afectos. Dando una charla sobre el querido don José en una escuela pública, un chiquito de tercer grado me dijo: “A mí me gustaría ser como San Martín, pero tengo que cruzar los Andes… es un lío”. Otro le contestó con toda su mágica sabiduría infantil: “No hace falta, con que quieras al país, no robes, no mientas y te importen los demás, ya está”. En su maravillosa simpleza entendió claramente el concepto de ejemplaridad. Como se ve, cualquiera de nosotros –si quiere, claro– puede tener virtudes sanmartinianas.

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